La filosofía hedonista propone el placer como fin supremo de la vida. Nada de esfuerzos, dolor o resignación. Aquí, tres libros que desde el ensayo o la crónica de viajes nos acercan a un mundo en el que los deseos sólo se cumplen. Interesante, ¿no?

 

Dandis are not dead. La frivolidad como modo de oponerse al sentido común, el hedonismo para escapar de cualquier pretensión de vida útil, la inutilidad consagrada al principio del placer: los dandis sabían lo que hacían. Surgidos en el siglo XIX como figuras en ellímite del arte y la vida, su influencia logró llegar hasta nuestros tiempos. Un dandi es quien piensa en la ropa comouna manera de disidencia, para llamar la atención pero siempre con un aire de elegancia.

 

 

Alguien para quien la estética es una suerte de ética. El gran libro del dandismo reúne tres textos de autores franceses fundamentales sobre el tema. El primero es “Tratado de la vida elegante”, de Honoré de Balzac, un manual mordaz y brillante para el “hombre de mundo” que se dedica a la “ciencia de no hacer nada como los demás, haciendo todo parecido a ellos” o bien “el arte de gastar las rentas como un hombre de talento”, ironizando sobre las posibilidades de una existencia basada en puras comodidades. El segundo es “El pintor de la vida moderna”, de Charles Baudelaire, en el que el autor de Las flores del mal se dedica a separar de la moda lo que puede contener de trascendente y poético, acompañado por una verdadera defensa de lo ocioso (“Ser un hombre útil siempre me pareció algo repugnante”).

 

 

Y, por último, “Del dandismo y de George Brummell”, de J. A. Barbey d’Aurevilly, que suma la dimensión viajera y cosmopolita de la cultura dandi. Como dice Alan Pauls en el prólogo: “Hay una comunidad dandi. Es una legión extraña, laxa, de gente circunspecta, tirando a nerd, más parecida a la de los vampiros, que sólo se reconocen cuando se ven”. Textos para pasarla muy bien o morir de envidia en el intento.

 

 

La conjura de los necios

 

 

Con valores permisivos, personalistas y hedonistas, un nuevo individuo ha emergido de la sociedad de consumo. Una sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de las necesidades, el sexo y el sentido del humor, en la que se desarrolla el nuevo prototipo del hombre contemporáneo. ¿Qué proclama?

 

 

Un mundo en el que el valor fundamental es el de la realización personal: alcanzar el máximo de deseo con un mínimo de represión. Tentador, ¿cierto? Pero, ¿cómo compatibilizar un hedonismo que se ha vuelto legítimo con los valores heredados del trabajo, la familia y el esfuerzo? En La era del vacío, Gilles Lipovetsky plantea que asistimos a una nueva revolución: la individualista. Atrás ha quedado la ética de la responsabilidad y la austeridad, y el narcisismo se alza como símbolo del nuevo hombre: “¿Qué otra imagen podría retratar mejor la emergencia de esa forma de individualidad dotada de una sensibilidad psicológica, desestabilizada y tolerante, centrada en la realización emocional de uno mismo, ávida de juventud, de deporte, de ritmo, menos atada a triunfar en la vida que a realizarse continuamente en la esfera íntima?”. Con un lenguaje llano y accesible, Lipovetsky analiza distintos fenómenos de la vida moderna, desde el furor de las zapatillas hasta los fast foods o el boom de la autoayuda, con una mirada precisa y, al mismo tiempo, impiadosa.

 

  

Viajar para vivir

 

 

“Tengo el trabajo que muchos quisieran: soy periodista de viajes. Hace catorce años que me pagan por viajar.” Así arranca El mejor trabajo del mundo, el libro de crónicas en el que Carolina Reymúndez narra sus experiencias viajeras, esas a las que Fernando Pessoa se refería como “perder países” (es decir, conocerlos). Con una prosa bellísima, muchas millas acumuladas y casi tantas horas de vuelo como de esperas en aeropuertos, Reymúndez cuenta las vicisitudes de una vida nómada a sueldo en la que ver paisajes maravillosos, alojarse en hoteles insólitos o degustar los platos de un famoso restaurante suizo en el que se come totalmente a oscuras son nada menos que una obligación. Desde su viaje iniciático a Tánger en busca de una entrevista con el escritor Paul Bowles (amigo de William Burroughs, Allen Ginsberg y Truman Capote), de la que casi veinte años más tarde busca el casete en el que inmortalizó su voz, hasta su encuentro en el DF mexicano con el hombre más rico del mundo, o sus andadas en todos y cada uno de los países de Europa (incluida una experiencia de yoga nada menos que en la Capilla Sixtina), el libro no da respiro. Porque a veces, para poder contar con lujo de detalles los mejores modos de viajar, al hedonismo hay que hacerlo propio, aunque se trate de un trabajo. El mejor del mundo, claro.