Las herederas de uno de los imperios de moda más fuertes del mundo cuentan, desde su atelier en Nueva York, qué se siente ser hijas de un ícono de estilo y cómo se define el glamour en la mujer actual.

 

Son las once de la mañana, y las oficinas de Carolina Herrera en el piso 17 de un enorme edificio en la Séptima Avenida en Nueva York –también conocida como “Fashion Avenue”– hierven en actividad y excitación. Secretarias y asistentes entran y salen, delgadísimas modelos se pasean por los pasillos envueltas en largos vestidos de taffeta, seda y chiffón, y la propia diseñadora, impecable en una pollera gris, suéter azul y el pelo cuidadosamente casual, supervisa y da instrucciones seguida de su equipo y su perro Gastón. Esta es una emperatriz de la moda y, como tal, tiene sus princesas. Sus hijas menores, Carolina Adriana y Patricia, no sólo están colaborando con ella desde hace un tiempo, sino que, según buena parte de la prensa especializada, han dado un aire fresco y juvenil a la marca y se han convertido en rostros importantes de la compañía.

 

 

Carolina participó en la creación del perfume 212, en 1996, y desde entonces ha servido como su principal promotora y vocera. Patricia, la menor, dejó su puesto como editora de moda de Vanity Fair y se integró en el equipo de diseño de su madre. Las dos, obviamente, están bien preparadas para su rol. Cuando recién se asomaban a la veintena, pasaron a formar parte del distinguido Fashion Hall of Fame –una larga lista que incluye a las mujeres más elegantes del mundo, de Marella Agnelli a Kate Moss– y es difícil que pase un mes sin que alguna revista de moda no les dedique algún artículo hablando de su chic natural, su belleza, sus estupendos modales y su aparentemente agitada agenda social. Sus matrimonios fueron tratados por la prensa como si fueran bodas reales. Patricia se casó en 2002 en la Iglesia de San Ignacio de Loyola, en Park Avenue, con el empresario Gerrit Livingston Lansing Jr., descendiente de una familia que ha tenido, entre otros, a un miembro de la Corte Suprema, varios congresistas en Washington, un alcalde de Nueva York y hasta uno de los gestores de la Declaración de Independencia estadounidense. Carolina desató, para su pesar, la histeria de las revistas del corazón españolas cuando en junio de 2004 llegó al altar con Miguel Báez, “El Litri”, uno de los toreros más célebres y admirados del país.

 

 

–¿Ustedes han traído un público más joven a la marca?

 

 

Carolina: –Hoy en día la gente joven está más interesada en la moda que antes. A los 16 o 18 años, a mí me daba lo mismo tal o cual diseñador, ni siquiera sabía quiénes eran, estaba en otra onda, preocupada por mi novio o por salir de noche con mis amigas. Nunca me importó de qué marca era el vestido que llevaba puesto.

 

 

Patricia: –Ahora eso ha cambiado por efecto de las celebridades.

 

 

C: –Ahora los jóvenes están obsesionados con la moda y sus personajes.

 

 

–¿Eso les parece bien o mal?

 

 

C: –A mí me parece muy mal.

 

 

P: –A mí también, porque ahora todos se quieren ver igual. Antes encontrabas a alguien que compraba todo en Gap, pero tenía su propio estilo.

 

 

C: –Ahora la obsesión es con las marcas (…)