Es nuestro compañero inseparable desde el fondo de los tiempos. Mutante en cada época y episodio donde pongamos la mirada, acompaña y atraviesa toda la historia universal en el terreno de lo real, en el de lo imaginario, en el plano individual, en el colectivo, en lo tangible y en lo espiritual.

 

 

Propongo, digo, es un decir, escribía César Vallejo, que –sin temor alguno– levante la mano aquel que nunca tuvo miedo. Es preciso recordar que según el Diccionario de la Real Academia Española, el miedo es, en su primera acepción, la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario, y en una segunda, el recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. De modo que si algún distraído alzó su mano alegremente con la inconciencia de los tontos pasará en el acto a integrar la lista de los que transitan esta vida en calidad de planta con la impasibilidad que exhibe un cactus en el desierto. Ojo: también puede tratarse de un psicópata, que de ellos está lleno el reino de este mundo. Tengo una mala noticia, señores: todo sujeto que se precie de tener al menos en la cabeza las neuronas bien puestas, a nivel consciente e inconsciente, cualquiera sea su condición social y cultural, conoce la sensación desagradable de padecer miedo.

 

 

Temor y temblor

 

 

Es que la fenomenología del miedo acompaña desde su aparición a la criatura viviente animal y humana. Recordemos aquí, por ejemplo, cómo disparan en estado de alerta instintivo las especies animales antes de que un tsunami estalle. Imaginemos el temblor del primer hombre ante el espanto de los rayos y truenos en los albores de la humanidad. Y vale la pena preguntarse si la emoción humana de terror frente a los rayos que asolaron las playas de este verano de 2014, no es, borgeanamente hablando, la misma. El tiempo cronológico existe, pero el temor y el temblor son seguramente los mismos.

 

 

 

El miedo, esa emoción fundamental, es también una actitud colectiva y transhistórica. Las sociedades humanas han compartido este sentimiento/ choque y han modulado sus orígenes, su expresión y su alcance a lo largo del tiempo. El miedo a la muerte o a la enfermedad ha cambiado mucho a lo largo de la historia, y también el relacionado con la guerra, la herejía o el crimen. En su obra El miedo en Occidente (siglos XIV- XVIII), Jean Delumeau, especialista en historia del cristianismo, nos propone una historia del miedo en Europa occidental. En un mundo paralizado por la angustia frente a la muerte y el Infierno, trata de comprender el rol del miedo, planteando dos cuestiones simples pero esenciales: quién tiene miedo y de qué. Delumeau examina los temores generales: al mar, a los aparecidos, al Infierno, al Demonio. Un “país del miedo” poblado de fantasmas mórbidos, donde el rechazo al hereje se mezcla con el miedo al pobre que comparten los distintos estamentos, y donde las masas campesinas mezclan miedos irracionales (el Infierno) con temores muy materiales (a los perceptores de impuestos y a los predicadores heréticos). A partir del miedo originario a la muerte, la primera parte del libro examina los temores generales de la mayor parte de la población: al mar, a los peligros naturales, a los territorios desconocidos, a la noche, a los aparecidos o a las alimañas. También se evalúan las reacciones colectivas de miedo al desorden durante la peste, las sediciones y las revueltas. Estos temores colectivos y sociales se reproducen en nuestra sociedad global, salvando las distancias, cuando participamos, en tiempo real, de terremotos, huracanes, inundaciones. Las catástrofes naturales y el peligro de una guerra nuclear constituyen un temor constante. La segunda parte del libro analiza la presencia de un discurso del miedo en la cultura dirigente, principalmente entre el clero como representante del sentimiento obsesivo de un Occidente que se siente amenazado y cree en el final de los tiempos.

 

 

El capítulo más inquietante está dedicado a la mujer como aliada del Demonio. Frente a los miedos escatológicos vinculados a los movimientos milenaristas, la Iglesia trató de develar los miedos concretos mediante una persecución contra los “agentes de Satán”: musulmanes, judíos, idólatras (indígenas americanos), herejes (o conversos) y mujeres.

 

 

Joanna Bourke, autora de El miedo: una historia cultural, revela que el miedo, como un sentimiento colectivo e individual, varía con las épocas y los contextos históricos. Esta investigadora sostiene que el principal transmisor actual del miedo son los medios de comunicación, pero en todo caso se precisa de la credulidad de la sociedad para que el pánico estalle. Un caso paradigmático estudiado por la autora es el pánico colectivo desatado por la retransmisión de La guerra de los mundos por Orson Welles en 1938, cuando una ficción radial sobre un ataque alienígena a la Tierra desató la alarma incontrolable entre los estadounidenses.

 

 

El miedo en la literatura constituye un género narrativo en sí mismo (cuentos de miedo, novelas de terror) ampliamente cultivado, sobre todo a partir del siglo XIX, por autores de inspiración romántica como Edgar Allan Poe o Howard Phillips Lovecraft. La literatura ha generado personajes específicos para retratar el terror y el miedo, como Drácula o el monstruo de Frankenstein, creado por una mujer, Mary Shelley.

 

 

Creo que es el personaje de Drácula quien inspira más terror por sus características de inmortalidad vampírica, y –sabemos– la inmortalidad provoca más pavor que aquello que termina. Entre las grandes películas del género que rozan el horror conviene recordar, entre otras, El bebé de Rosemary, dirigida por Roman Polanski en 1968. Era tal el suspenso y el terror que provocaba la sola idea de ver un bebito engendrado por el Demonio en el plano de “la realidad” que la mayor parte del público asegura haberlo visto, cuando en verdad Polanski sólo muestra una toma que se acerca a la cuna y cambia de plano.

 

 

El miedo, el dolor, el sufrimiento y el pánico –ligado a lo más alto de la angustia– tienen en la pintura moderna diversas expresiones. Un cuadro paradigmático es el del pintor expresionista Edvard Munch, autor de El grito, aunque los ejemplos se podrían multiplicar a casi todas las épocas, como en el caso de el Bosco y Brueghel en el siglo XVI o las cárceles de Piranesi (siglo XVIII), laberintos asfixiantes de inasible terror.

 

 

Algunas reflexiones que quizás ayuden a enfrentar el pánico: asustados, pero entrenados. Vivir en el riesgo: Ulrich Beck denomina sociedad del riesgo a la de nuestra época en la medida en que es ahora el momento en que por primera vez la especie humana se enfrenta a la posibilidad de su propia destrucción y extinción.

 

 

 

Elias Canetti dice en Masa y poder: “Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido. Deseamos ‘ver’ qué intenta apresarnos; queremos identificarlo o al menos poder clasificarlo. En todas partes, el hombre elude el contacto con lo extraño”.

 

 

Todas las distancias que los hombres han creado a su alrededor radican –para el autor– en este temor a ser “tocado”. Sólo inmerso en la masa, asegura, el hombre puede liberarse de este temor. Es la única oportunidad en que este miedo se convierte en su contrario, dice Canetti. ¿Pasar la tarde en la Bombonera apretados entre la multitud “palpitando” codo a codo el clásico Boca-River? Habrá que retomar la vieja costumbre de ir a la cancha y amucharse en la tribuna. Al menos para aspirar a una suerte de alivio: el sentimiento liberador del fervor y el temor compartido.

 

 

 

“El principal transmisor actual del miedo son los medios de comunicación, pero en todo caso se precisa de la credulidad de la sociedad para que el pánico estalle.”