El uruguayo ganador del Oscar, de visita en Buenos Aires, presentó su nuevo disco, Bailar en la cueva. 

 

No fuimos los periodistas ni aquello que le preguntamos, probablemente ni siquiera haya sido el contenido de las respuestas. Lo interesante, lo verdaderamente interesante de conocer a Jorge Drexler, son las maneras. En este artista salido de la clase media progresista uruguaya y llegado a los más altos honores de la industria (Oscar a la Mejor Canción, el tema del Mundial de Sudáfrica 2010) hay una velocidad, un tono y un modo de ser que evidencian una pelea más o menos encubierta por representar lo que su esencia simboliza, por sostenerlo, por creérselo y hacérnoslo creer. Es un caso único, está inventándolo todo con reglas propias, quizás tomando algún recurso de los referentes de la música popular hispanoamericana, que sin embargo no han conseguido sus logros aunque sí otros extintos, de épocas en que el mercado era muy diferente. Hoy Drexler pelea una batalla perdida: tratar de ser en un medio que vive de parecer.

 

 

En la sala de reuniones de un hotel céntrico, un grupo de periodistas recibimos a un radiante Jorge Drexler que entra, nos saluda con un beso y se sienta:

 

 

–Bueno, muchas gracias por venir. No sé qué les iba a decir… qué formal, ¿no?

 

 

–Empezá con lo mismo con lo que empezaste en todas partes –bromea alguien.

 

 

–(Ríe brevemente) No, a ver…

 

 

–¿Querés que te preguntemos? –le insiste.

 

 

 

–Eh… estoy tratando de hacerme un poco con la situación, con el lugar primero (…)