Después de 17 años al frente de La viola, puso un bar en Palermo que recrea ese mítico universo rockero que conoce desde adentro. El hombre que se codea con los más grandes de la música local e internacional no para y va por más.

 

–Logró muchísima empatía con los músicos, parece uno más. 

 

–Siempre fui así en todos los ámbitos, pero se dio el mito de que era amigo de los músicos. Indudablemente si estás hace veinte años en un ambiente cualquiera y no te hacés de amigos es que sos un mal tipo. Pero son pocos: Andrés Calamaro, Babasónicos, Adrián sobre todo, y Los Auténticos Decadentes. Después conozco la historia de varios y podemos hablar una hora, pero ser amigos es otra cosa.

 

 

–Quien lo mira desde afuera, lo ve del palo.

 

 

–Indudablemente, así como dicen que el periodista deportivo es un futbolistafrustrado, yo creo que el periodista de rock o de música es un músico frustrado. Intenté ser músico a los quince años y me di cuenta de que no tenía ningún talento. Me habían enseñado a comer cuatro veces por día en casa y vi que iba a tener que comer dos(risas). Fue una frustración que recontra superé.

 

 

–¿Necesariamente el rock implica descontrol?

 

 

–Yo creo que en una época fue así, pero si analizás las nuevas bandas del rock argentino, son más sanas que un equipo de fútbol. Hoy músicos consagrados se levantan a las ocho de la mañana para llevar a sus hijos al colegio. Fito, Vicentico, Andrés… son todos tipos que van al gimnasio, que se levantan temprano. Un día pueden salir de copas, pero ya la hicieron. Las bandas jóvenes ni siquiera la hacen, la nueva generación está mucho más alejada que los históricos cuando tenían veinticinco años.

 

 

–¿Usted en ese recorrido se zarpó mucho?

 

 

–Mucho menos de lo que la gente cree. Yo laburo en un canal donde si no marcás tarjeta todos los días, no estás. Me acuerdo de estar con Calamaro en su departamento a las dos (…)