La exitosa serie de Netflix estrenó su segunda temporada y se confirmó como la ficción de la era pospolítica, donde la sonrisa de un funcionario puede ser un gesto amable o una sentencia de muerte.

 

La misma sonrisa puede provocar confianza o terror. Si en la semántica electoral se le recomienda a l candidato que deje asomar los dientes pero no demasiado, la misma mueca amigable causa pánico cuando el Homo Politicus termina mostrando los colmillos: el hombre con fiable se transforma en perro salvaje. En la serie House of Cards, el cast illo de naipes nunca se desmorona para Francis “Frank ” Underwood (Kevin Spacey), un feroz político de Washington que, en el corazón del poder absoluto, se las ingenia para obtener siempre lo que quiere: más poder. Ahí donde las per versiones del Maquiavelo moderno provean morbo para el ciudadano-fisgón que fantasea con espiar las roscas de la Casa Blanca, Underwood promete entretenimiento como el villano infatigable en la persecución de sus propósitos. Se habrá d icho que House of Cards es revolucionaria como primera ficción de calidad realizada para internet, que Netflix pulverizó las exigencias del rating al estrenar los trece capítulos de sus dos temporadas en forma repentina y simultánea o que las confesiones del protagonista a la audiencia mirando a cámara suponen una módica rebelión televisiva que destruye el concepto de “cuarta pared”.

 

 

Pero el éxito de la serie radica en su descarnada visión de una era pospolítica , donde no hay futuro mientras estos tipos sean los que gobiernen el mundo. En la primera temporada, estrenada por streaming el año último, su nombramiento fallido como secretario de Estado fue el empujón para sus intrigas de mercenario, manipulando a propios y ajenos: con la habilidad del gatopardo, lo que se le insinuaba como un fracaso fue un peldaño en su escalera al éxito. Ahora va por todo: ¿qué pasaría si un villano semejante ocupara la presidencia de la “mayor democracia del planeta”? En la segunda temporada, estrenada este 14 de febrero en todo el mundo, Underwood mira a cámara en pleno juramento como vice y se maravilla ante las posibilidades del sistema: “Estoy a un paso de la presidencia y ni un voto estar orgulloso o aterrorizado”.

 

 

Si hace cuatrocientos años Shakespeare imaginó que el rey Ricardo III le hablara directamente al público para asustar con los dictados de su maldad pura, este Underwood no es menos que aquel en su regocijo bufonesco y en su diabolismo infeccioso. “El Ricardo de Shakespeare es un maestro del lenguaje persuasivo más que un profundo psicólogo o un criminal visionario”, escribió el crítico Harold Bloom en La invención de lo humano: “Su mayor originalidad es la relación asombrosamente íntima del héroe-villano con el público”. Con Ricardo o con Underwood entramos en un vínculo desesperadamente confidencial cada vez que nos dejamos convencer con sus promesas, en el momento en que lo vemos revolcarse con su amante o tramar la muerte de un adversario y, justo cuando nos sentimos a salvo de su maldad, se da vuelta y nos mira a la cara, como si exigiera la orden de exilio o ejecución contra cualquiera de nosotros con las mismas palabras que Shakespeare imaginó para su rey tullido y maldito: “¡Basta de contemplaciones con el público! ¡Caiga su cabeza!”.

 

 

Del Palacio de Buckingham a la Casa Blanca, las intrigas del poder son parecidas. La serie es una adaptación de una miniserie británica emitida por la BBC en 1990, ahora producida por David Fincher, el director a quien un crítico bautizó como “el rey de la decadencia brillante”. De la mugre de la política emergen siempre impolutos Underwood y su esposa, Claire (la impávida Robin Wright), impecables para la gala benéfica o la entrevista en el noticiero. No hay suciedad que los salpique mientras sigan adentro del lodazal donde sólo se trata de cazar o ser cazado.

 

 

 

En los recoletos ambientes de su departamento o en sus oficinas bien montadas, jamás habrá cháchara inútil o tiempo regalado al disfrute: cada diálogo estará unido a una transa que podrá arruinar a un candidato o dejar a un pueblo sin trabajo.

 

 

Como Scandal, The Good Wife o Veep, que también abordan los entretelones del poder, House of Cards convierte el Salón Oval en una sucursal de la Estrella de la Muerte, donde el mal se encarna en el hombre público que dirige la vida de millones. “Como Game of Thrones, y antes Deadwood o Los Soprano, House of Cards pone grandes ojos y oídos sobre los protocolos del poder”, escribió Matt Zoller Seitz en la revista New York: “Escena tras escena, podemos ver a una persona decidiendo el destino de otra sin pedirle permiso”. Los inocentes serán pisoteados y los villanos resultarán victoriosos.

 

 

Siempre. No hay pretensiones documentales en tanto el melodrama político opera por exceso: el chantaje, la prebenda, la coima, el secuestro y hasta el asesinato funcionan apenas como recursos legítimos para alcanzar los objetivos, sin dilemas morales, juicios ni castigos. El ladrón piensa que todos son de su condición.

 

 

“Mírenme: soy como ustedes.” El político se gira hacia la cámara y, con su mejor sonrisa Colgate, pulida y ensayada durante horas frente al espejo, promete. O confiesa. Sea que pida votos o que cuente sus miserias, en esa esquizofrenia narrativa se esconde el hallazgo de House of Cards: le dio formato televisivo al tantrillado “doble discurso”. Si los expertos en detectar mentiras instruyen sobre las muecas que delatan desprecio, en la boca torcida hacia arriba se insinúa el desdén, y el colmillo que asoma lo muestra más como un tiburón que como un hombre: la fotogenia electoral (“algo irracional extensivo a la política”, según Roland Barthes) lo delata.

 

 

El éxito de la serie  radica en su descarnada visión de una era pospolÍtica, donde no hay futuro mientras estos tipos sean los que gobiernen el mundo.