Fans de un ídolo pop que se lo comen, paseos por los cementerios famosos, fantasmas en casas victorianas, extraños linyeras que aparecen de pronto. Todo sirve para darnos el gusto de que, a veces, se nos hiele la sangre.

 

¿Qué hacer cuando nos asalta el miedo? ¿Y si deliberadamente queremos leer para que se instale? En Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, el terror no aparece por las vías más convencionales.

 

 

Y, sin embargo, toda la imaginería del género convive en estos cuentos sumamente perturbadores que hacen de cada atmósfera un escenario propicio para que haya que contener el grito. Ya sea por las alucinaciones de una joven que una y otra vez se despierta con el cuerpo marcado por cicatrices sin poder explicar por qué (“Ni cumpleaños ni bautismos”) o en la visita aparentemente inofensiva de un grupo de amigos a una especie de ciénaga (“La virgen de la tosquera”), en estos relatos un sentimiento tan normal como la envidia puede desatar algo incluso más monstruoso que lo sobrenatural. Porque el terror aguarda precisamente donde se esconden los verdaderos temores. Como en el cuento “El carrito”, en el que los vecinos de un barrio de clase media preocupados por la crisis empiezan a perderlo todo tras la llegada de un linyera que, como un maleficio, los enfrenta a su peor miedo: ser pobres. O en el relato “Carne”, en el que un par de chicas fascinadas con un ídolo juvenil –de esas capaces de acampar y esperar durante días a que la silueta esmirriada del cantante las salude vagamente desde el balcón de algún hotel– deciden ni más ni menos que comérselo, literalmente. (Advertencia: difícil volver a ver a las fans de Justin Bieber con la misma inocencia.)

 

 

Cuentos para leer de día –o, al menos, con la luz encendida– en los que el miedo no se cuela por la ventana que se suponía tenía que estar cerrada sino justamente por esa otra que dejamos abierta sin temor.

 

 

Todos tus muertos

 

 

Siguiendo con el disfrute de lo macabro, pero esta vez lejos de la ficción, Mariana Enríquez (que además de escritora, es periodista) acaba de publicar Alguien camina sobre tu tumba, sus crónicas de viajes a distintos cementerios del mundo. Porque habrá quienes elijan escaparse unos días al mar o a las sierras, pero también los que prefieren pasar sus vacaciones visitando huesos. En una suerte de guía turística macabra y a la vez pintoresca, Enríquez explora cementerios y osarios de Latinoamérica, los Estados Unidos, Europa y Australia, con un anecdotario tan insólito como imperdible.

 

 

Desde las reacciones entre místicas y desesperadas de otros visitantes (parece que los cultores de lo mortuorio no son pocos), pasando por mausoleos de famosos y tumbas inmortalizadas en tapas de discos, Enríquez se hace cargo del morbo y la necrofilia y resignifica desde una prosa ácida estos espacios inundados de muerte. Como esa vez en la que un cementerio termina resultando el mejor lugar para tener sexo o cuando, bajo el manto inofensivo del turismo, se adentra en las catacumbas de París con un solo objetivo: robarse un hueso.

 

 

No es otra película americana

 

 

Una joven institutriz, una mansión y dos niños obsesionados con los muertos: los ingredientes perfectos para un relato de terror. Pero esta no es una historia cualquiera sino Una vuelta de tuerca, el clásico de Henry James que fue el puntapié inicial para toda una tradición literaria: la del “terror psicológico”. Publicada en 1898, la novela marcó un antes y un después en el género de fantasmas porque la ambigüedad de la trama (contada desde la mirada de la institutriz, jugando con el enigma del punto de vista) hace que incluso su existencia pueda ser puesta en duda. Los niños están traumados por una experiencia pasada vinculada a su anterior niñera, muerta en extrañas circunstancias.

 

 

 

Pero ¿qué hay de cierto en que vean fantasmas? ¿Y si todo estuviera en la imaginación de esta joven que llegó sola a cuidar a dos chicos a una casa victoriana? La novela fue adaptada al teatro e inspiró varias películas, entre ellas Los otros, del español Alejandro Amenábar, en la que Nicole Kidman es la madre de los niños, presos de algún tipo de fotofobia. Y aunque en algunos casos hayan sido más bien homenajes, si el “Veo gente muerta” del chico de Sexto sentido está entre tus latiguillos preferidos del cine de terror, no viene mal saber de quién es deudor. Con una trama que no da tregua y apuesta a la tensión in crescendo, Una vuelta de tuerca es uno de esos clásicos que justifican ser una y otra vez reeditados, de los que siguen vigentes porque logran que en sus páginas se instale la pesadilla, y no queramos despertarnos.