Desde que los epicúreos tomaron al hedonismo como objeto de estudio, el deseo humano de “ausencia del dolor” cambió unas cuantas veces. Los filósofos lo entendieron mejor que nadie y buscaron explicarlo con argumentos que a veces nos gustan y otras… no tanto.

 

El hedonismo tiene una larga tradición en la historia de la filosofía. Un linaje con nombres propios que comienza en el siglo IV a. C. con dos figuras: Epicuro de Samos y Arístipo de Cirene. Epicúreos y cirenaicos son los primeros que ven al placer como un objeto de estudio y a la vida misma como la finalidad del pensar. Unos dirán que los placeres estables –el pensamiento, la libertad– tienen privilegio por sobre los placeres en movimiento –la comida, la bebida, la sexualidad–, yotros, lo contrario. Pero ambos pensarán la cuestión del exceso y la jerarquía de los placeres entre sí. En el Renacimiento, luego de la Edad Media, donde quedó reducido a sectas heréticas como los gnósticos licenciosos y los Hermanos del Espíritu Libre, figuras como Lorenzo Valla y Michel de Montaigne volverán a traer todo el corpus de la antigüedad. Esa lectura en clave humanista revitalizará un pensamiento para el mundo real y sensual.

 

 

En la modernidad, a partir de los siglos XVIII y XIX, los filósofos libertinos, vitalistas eilustrados colocarán al cuerpo en un primer lugar, aquí La Mettrie, el marqués Sade y Nietzsche serán representantes claves de estas tendencias. Posteriormente, en el siglo XX, el denominado “freudomarxismo” unirá ciertos conceptos de índole marxista con la matriz psicoanalítica, constituyendo una filosofía liberadora, entusiasta y alegre que opera como una crítica de la represión social: una suerte de filosofía libertaria del psicoanálisis.

 

 

En este caso, Wilhelm Reich y Herbert Marcuse, los pensadores de la llamada nueva izquierda, tendrán su punto máximo en el hedonismo libertario de Mayo del 68 y la contracultura californiana en los Estados Unidos.

 

 

Hacia fines del siglo XX y comienzos del XXI, dos figuras como Michel Foucault y Michel Onfray repensarán el cuerpo, el placer, la sexualidad y la ética de la vida como obra de arte. En este sentido, el neoepicureísmo contemporáneo de Onfray se rige a partir de la máxima de un moralista francés llamado Chamfort: “Gozá y haz gozar, sin hacer daño a nadie ni a vos mismo: esa es la moral”. Esta ética del cuidado de sí apunta al joie de vivre de los latinos, el gozar de la vida, cuyo primer placer, como decía Epicuro, es la ausencia del dolor.

 

 

Muy lejos de los malentendidos y deformaciones vulgares –consumismo, exceso o lujo–, el hedonismo fue filosóficamente, desde sus inicios, una terapia contra los males del alma y el cuerpo, y un arte de vivir mejor, percibiendo de manera racional la gastronomía, el vino, la sexualidad y la existencia en toda su dimensión.

 

 

 

Erotismo y gastronomía

 

 

El hedonismo tiene dos grandes desarrollos o aplicaciones: el erotismo y la gastronomía. Dentro de la sexualidad, la tradición del sensualismo y la voluptuosidad, llamada “fáunica” (en contraposición al paradigma espiritual e idealista de Platón al amor romántico), es la piedra angular de miles de imágenes.

 

 

Por lo tanto, el cine es un receptáculo ideal del deseo representado. En ese sentido, la pornografía, una industria que se estima mueve más de 13 mil millones de dólares al año sólo en California, es un territorio colosal y sistematizado: desde estilos y estéticas diversas, más o menos hardcore, hasta un star system consolidado y marcado por estrellas singulares como Nina Hartley, Belladonna, Sasha Grey o Princess Donna.

 

 

Hay que ser ciego para no ver que la pornografía, y el discurso libertino implícito en torno a ella, ya forma parte de la cultura hedonista en clave popular. Del sátiro al fauno, de Satanás a Don Juan, del libertino erudito al bisexual, de los anormales al sodomita, de la prostituta a la actriz porno, esa genealogía filosófica y estética implica en gran medida una reflexión sobre lo otro de la razón, aquello que Michel Foucault llamaba la transgresión: los cuerpos indóciles.

 

 

No está de más recordar, precisamente, que el término “libertino” viene de libertinus, palabra usada en latín para denominar al esclavo liberado por su amo, el emancipado. A partir de allí se la usa en sentido peyorativo como impío, incrédulo, ateo, licencioso, desvergonzado o lujurioso. El modelo de libertino aparece en escena a partir de la figura literaria de Don Juan, de Tirso de Molina, luego reciclada múltiples veces en Bryon, Molière, Mozart y otros. Para el libertino la razón es el cuerpo, y todo aquello que vaya en contra o normativice sus pulsiones, instintos y deseos es inmoral.

 

 

Por otra parte, en el ámbito gastronómico, desde hace ya casi una década existe y convive con todos nosotros un auge de la cultura del vino y la gourmandise en general. Algunos índices en el panorama: un número descomunal, in crescendo, de estudiantes de gastronomía, sommelerie y hotelería, el incremento en el consumo del vino fino (y la baja del vino de mesa, el antológico tetra), el mantenimiento de la moda de los habanos en detrimento de los cigarrillos –se fuma menos, pero mejor–, la aparición de los canales de TV gourmets, la gran oferta de revistas de placeres y los restaurantes cada vez más sofisticados que nacen permanentemente en diferentes polos gastronómicos (Palermo, Puerto Madero, Las Cañitas, etc.).

 

 

Curiosamente, o no, la cultura del placer parece también asociarse a la tendencia del well-being, es decir, que no se la ve reñida con la salud sino que la complementa. Placer y salud parecen ir de la mano. A este healthism lo vemos en la apertura de las cadenas de gimnasios, en el énfasis del cuidado corporal, en la extravagancia cada vez mayor de los spa, en el consumo incremental de aguas saborizadas y en la ley antitabaco, entre muchos otros factores. Ambos espacios, placer y salud, ponen el foco en lo mismo, en igual territorio de impacto: el cuerpo. Hoy nuestro cuerpo, los placeres y la salud que le proporcionamos, es lo que parece interesarnos. En esa línea, las mujeres parecen tomar la delantera por sobre los hombres; los grandes cocineros y sommeliers regordetes y pipones de antaño dejan su espacio a cada vez mayor número de mujeres sexy, jóvenes e inteligentes que se asemejan a modelos de grandes diseñadores.

 

 

El vino y la gastronomía no resultaron ajenos a grandes filósofos de la modernidad. Los dos libros más importantes y pioneros en esta materia fueron el Manual de anfitriones y guía de golosos (1808), de B. A. Grimod de la Reyniére, y la Fisiología del gusto (1826), de J. A. Brillat-Savarin. La gran tradición del pensamiento gastronómico fue unificada de manera extraordinaria en un libro de Michel Onfray llamado La razón del gourmet (1995). Lo que señala el filósofo francés a través de sus reflexiones es que la mesa es un reflejo de la vida. Hoy todo parece volver a colocarse sobre la mesa pero ya sin el clima de época, por fuera de los momentos aciagos en los que estos filósofos escribían, con la Revolución Francesa en su conciencia, con el aire de Casanova, con la abundancia y el descuido de lo saludable, deslindado del mero placer. El exceso orgiástico requiere, así mismo, de una normativa que lo regule. Y estas morales gastronómicas lo eran.

 

 

 

 

Hoy la mesa es nuevamente protagonista, y el gusto (sentido bastardo si los hay) ha recuperado su lugar o bien ha tenido por vez primera el espacio que se merece a la par de la vista y el oído (los sentidos privilegiados). Tal vez el carácter “oscuro” del gusto junto al olfato tenga que ver con su “animalidad”, a diferencia de la vista y el oído. La colocación en una primera línea del gusto y el olfato resulta un excelente disparador para que podamos mirarnos como los animales que somos y, paradójicamente, aceptar que nuestro diferencial viene de la gastronomía y el erotismo. Los que nos une, nos separa. Allí el hedonismo tiene mucho que decir todavía. Después de todo, pensar el deseo y el placer es lo que en gran medida da sentido.

 

 

Curiosamente, o no, la cultura del placer parece también asociarse a la tendencia del estar bien, no se la ve reñida con la salud sino que la complementa. Ambos espacios, placer y salud, ponen el foco en lo mismo, en igual territorio de impacto: el cuerpo.