Parte de la santísima trinidad rockera que completan David Bowie e Iggy Pop, el líder de The Velvet Underground que luego triunfó como solista se fue dejando discos imprescindibles para el género.

 

De chico pensaba que tenían un plan, que eran unos alienígenas que habían creado un plan no sabía para qué. Pero de más grande me avivé de que no era un plan lo que tenían, ni siquiera se habían puesto de acuerdo en muchas cosas, simplemente estaban conectados. Los tres: David Bowie, Iggy Pop y Lou Reed.

 

 

Se conocieron en el 71, cuando Bowie estaba de gira promocional por Estados Unidos porque Hunky Dory se había convertido en el disco del año, en parte gracias a “Changes”, y ya estaba maquetando The Rise and Fall of Ziggy Stardust. Declarado fan de la Velvet Underground, estaba buscando a Lou en Nueva York, cuando se cruza con Iggy, recién separado de los Stooges, y pegan onda (tanta, que fue Iggy quien le dio su nombre al personaje de Ziggy Stardust). Iggy lo lleva donde Lou y ahí nace todo. En 1971 Lou estaba semirretirado de la música: Velvet Underground era historia y se ganaba la vida en el negocio de su padre.

 

 

Una mierda. Entonces Bowie le consigue un contrato y Lou Reed se va a Londres fuera de forma, mal colocado, deprimido y sin rabia para grabar su primer disco solista, lo que resulta en un fracaso liso y llano y en un regreso a Nueva York más triste por haber Hecho quedar mal a su amigo que por su propia frustración. Un año después, cuando Bowie terminaba lo de Ziggy Stardust, recibe un llamado de Lou pidiéndole que le dé una mano con un demo bastante deshilachado, tanto que el Duque llama a su álter ego, su soulmate, su brother Mick Ronson (guitarrista principal de The Spiders From Mars) para pulir las aristas de ese pequeño engendro.

 

 

Allí nace Transformer, el que para muchos es el mejor disco de Lou Reed y para otros es el mejor disco de la historia del rock. Yo sólo me atrevo a afirmar que sin él no hubiesen existido los New York Dolls (así que al punk le hubiese faltado una pata) y a Iggy Pop todo le hubiese costado el doble. Sucede que es más que un disco: son muchos, y más allá de la música, uno encuentra en Transformer demasiadas puertas entreabiertas en las que apoyar la ñata. Empezando por “Vicious”, a pedido de Andy Warhol, que quería una canción que se llamara así y cuando Lou le preguntó a Andy a qué llamaría “vicioso”, Warhol dijo que le pegaría con una flor, de ahí: “Vicious you hit me with a flower, baby you are so vicious!” y las endiabladas guitarras de Mick Ronson por atrás que hacen de “Vicious” el A1 ideal, el comienzo soñado para cualquier disco que quiera hacer historia.

 

 

Después llega “Andy’s Chest”, que remite al episodio en que Warhol fue baleado en su estudio por una amiga confirmando que en la Factory no sólo se drogaban y practicaban sexo extremo sino que, cada tanto, alguno se iba al carajo. Pero bueno, eran los 60 en la Gran Manzana, todos estaban buscando los límites. Y aquí el primer atisbo de abismal ambigüedad que ofrece Transformer, “Perfect Day”, la que parece ser una casi tonta canción de amor y empieza hablando de una pareja paseando por el parque y va desdibujando la escena después del primer estribillo, cuando la sospecha hace estragos en el cerebro, hasta terminar con el sórdido “uno cosecha lo que siembra”, confirmando que no está hablando literalmente de un día perfecto. Y por si a alguien le quedaba lugar para dudarlo, después de Trainspotting se convirtió definitivamente en una elegía de la heroína y sus estragos. Ocurre que Transformer, como su nombre lo indica, es una oda a la ambigüedad, esa creativa ambigüedad a la que eran tan afectos en esos tiempos tan glam, épocas de píldoras y amor libre en todo el mundo occidental, así que los extremos empezaban a tocarse. En este disco está “Walk on the Wild Side”, que se estrenó en la BBC (donde no entendieron bien que cuando Lou dice “so he was she” habla de un travesti loco y cuando dice que “but she never lost her head, even when she was given head” habla de una chica fan de las fellatios) generando el regocijo de las mentes abiertas de los jóvenes de 1972 y la indignación de las mentes cerradas. Pasó lo mismo cuando Luis escribió “Las golondrinas de la Plaza de Mayo” y las golondrinas eran las madres con los pañuelos en la cabeza.

 

 

 

Transformer fue desde el comienzo eso, justamente, un disco que no todos comprenderían, y eso lo hacía genial. Porque además estaban “Satellite of Love”, que simula otra canción de tonto amor y es la desdichada lucha interior de un ser poseedor de celos tan enfermizos que es capaz de poner en órbita un satélite para seguir a su amada hasta en el baño. O “Wagon Wheel” –que siempre se dijo que era de Bowie–, seguida de “New York Telephone Conversation”, grabada en vivo por Lou y David con la segunda voz en falsete permanente de Bowie, que deja de ser hipnótica para convertirse en un vestigio de otra dimensión que dicen que todos transitamos en algún espacio de nuestro ser. Y así todo hasta llegar al final vaudevilesco de “Goodnight Ladies”, que en verdad no iba a estar en el disco pero a todos terminó gustando para el final a toda orquesta.

 

 

No podemos dejar de prestar atención a la tapa: una foto fuera de foco deLou sacada por Mick Ronson, (¡cómo les gustaba a Bowie y a Ronno Ronson el fuera de foco!). Y, ya que hablamos de ambigüedad, una contratapa de drag queen y taxi boy con banana en el pantalón a pantalla partida. La banda, que sin ser numerosa es sencillamente devastadora, estaba integrada por Lou Reed en guitarra y voz; más las guitarras espaciales de Ronson y Herbie Flowers, quien era además bajista de Bowie, de Elton John, de T. Rex y después lo sería de George Harrison, y nada menos que Klaus Voormann, el bajista de los Beatles por separado, el tipo que tocó con Lennon, Harrison, Ringo y nunca con Paul porque, según dicen, Sir Paul tenía celos profesionales.

 

 

 

Entonces, ahora que Lou Reed apagó la luz y entregó el equipo dejándonos huérfanos de padre espiritual a todos los que crecimos queriendo ser como él en algún distrito de nuestra vida, rescatar sus discos se convierte en el Food x Tought para todos, en el alimento para esa mezcla de moléculas y químicas inorgánicas que todos tenemos y que algunos llaman espíritu. Me puse triste. Mejor me voy.

 

 

 

LOU SIN TRANSFORMER NO HUBIESEN EXISTIDO LOS NEW YORK DOLLS y a Iggy Pop todo le hubiese costado el doble. Sucede que es más que un disco: son muchos.