Seducir es el imperativo de la época. Y a lo bestia, sin sutilezas, ya que no tiene nada que ver con el amor, como en los tiempos de Cleopatra o Lord Byron, cuyos huesos van a crujir bajo la tierra en caso de que les lleguen noticias de wandas y fabianes. 

 

 

Todo amante ha de estar pálido. Ese es el color que conviene al amante.” La frase, imperdible para mi gusto, fue acuñada por Ovidio, el gran maestro romano nacido 43 años antes que Cristo, en su libro Ars Amandi (Arte de amar).

 

 

Pienso en la gente que aún no ha tomado vacaciones, o en aquellos que sí lo hicieron y les ha tocado mal tiempo. O en algunos otros a quienes les patearon el hígado los excesos etílicos de este nuevo año de cifra par y equina. No olvidar que estamos entrando en el año chino del caballo, que promete cambios extraordinarios.

 

 

Así lo explica la gurú Ludovica Squirru, cuyo éxito en el mercado no cesa, a diferencia del gran maestro de la época imperial romana, quien, a causa de sus escritos, murió a los 60 años, de tristeza, en el exilio. En fin, señores: nuestro tema es la seducción.

 

 

Precisamente por eso el mercado –palabra insustituible que, nos guste o no, rige el sistema que nos cobija y expulsa– está ligado ineluctablemente al tema que nos ocupa. Lo fundamental en estos tiempos que corren es seducir, cualquiera sea la órbita en que esta conducta pueda ejercerse, aunque por lo general se la relaciona con el erotismo, el amor, el sexo, esas cuestiones carnales. A veces la carne se sublima, se omite y suele ser peor el remedio que la enfermedad.

 

 

Lo cierto es que todo el tiempo un sujeto debe estar alerta. Seducir en el orden laboral, profesional, doméstico, público y privado, vender y venderse. Seducir es una orden interna que cada persona lleva per se, intuitivamente, como una suerte de mandato que debe cumplir. Y el que no, pierde. Esas son las reglas del juego. Seducir, nos dice el diccionario, proviene del latín seducère: engañar con arte y maña, persuadir suavemente para algo malo. Es también atraer físicamente a alguien con el propósito de obtener de él una relación sexual y embargar o cautivar el ánimo.

 

 

Imposible no recordar aquí Sueños de un seductor (1972), de Woody Allen, cuando Woody no escapaba con niñas de la edad de Soon Yi Previn, su hijastra (de él y de Mia Farrow en la vida real), a la sazón de 20 años, 35 menos que Allen. El tiempo lo borra todo.

 

 

Hoy la dulce coreana alcanzó los 43, edad de la plenitud, y espera lo más tranquila, si los ciclos se cumplen y no le cae una torre encima por la calle, los dinerillos que heredará de su exitoso marido. En Sueños de un seductor, el personaje de Allen se aferraba a la imagen de Humphrey Bogart, el gran seductor de la década del 40 (Casablanca), para lograr levantar a alguna mujer con la autoestima por el piso, luego de haber sido abandonado por la suya. Sus desventuras de antihéroe se encuadran en una hilaridad e ironía de sello exclusivo. Una escena: sentados en un sofá, Woody trata de besar a Diane Keaton siguiendo los consejos de Humphrey. En el filme, Keaton es la mujer de su íntimo amigo. Humphrey le indica que avance y le pase la mano por el hombro, tratando de abrazarla. En la torpeza deliberada de sus movimientos, Woody se abalanza para besar a Keaton y esta rompe una lámpara. Ella dice: “Te pagaré la lámpara”. Él: “Olvídalo”. Ella: “Al menos te daré 10 dólares, acéptamelos”. Él: “Bueno, te doy 5 dólares y estamos a mano”. Creo que esta escena es un tanto premonitoria, en clave de comedia, de los canales por donde pasa hoy la seducción en la vida real. Boda fulminante y fulminante divorcio mediático Jelinek-Fariña. ¿Seducción? Nones. Simulacro total. Dinero y humo. Negocios dudosos. Boda mediática y divorcio ídem botinera Wanda Nara-Maxi López-Mauro Icardi. ¿Seducción, amor, erotismo, sexo, drogas, rock and roll? ¡Nada de eso! Jugador con más futuro económico mata galán rubio con botín magro.

 

 

Seductores number one

 

 

Desde que Ovidio escribiera sus recomendaciones para seducir señoritas como se debe, mucha agua ha corrido bajo el puente. Nadie debe olvidar a Casanova, un verdadero cultor del arte de seducir y amar en el siglo XVIII. En sus Memorias, Casanova cuenta cosas que están muy lejos del simulacro de plástico que circula en el XXI. Sensualidad profunda, cuerpos grabados a fuego en sus recuerdos, hombre entregado: seductor y seducido, escribe: “Encuentro dulce el olor de las mujeres que he amado, y cuando más fuerte olía alguna, más dulce me resultaba a mí. Se diría que es un gusto depravado y una falta de tacto el reconocerlo sin rubor: feliz aquel que sabe procurarse placeres sin perjudicar a otros”. Ya en el siglo XIX otros grandes seductores como Lord Byron, poeta romántico y moderno investigador del universo amoroso hétero y bisexual, no retrocedió jamás ante las oportunidades que el destino le brindó, pese a los tropezones de su caminar. En uno de sus múltiples viajes conoció a la condesa Teresa Gamba Guiccioli, en Ravena. Joven y bella, estaba casada con un señor muy mayor. Lord Byron escribe por aquel entonces La profecía del Dante y Los cantos del Don Juan. Es tal la seducción y el desborde sexual cuando le hace el amor a Teresa a orillas del Adriático que la joven seducida escribe, para sorpresa de Byron, estos versillos: “Lord Byron, mi bienamado/ inflamada de pasión/ busco delirio constante/ en tus dotes de varón/ por Dios os juro my lord/ no vi nada semejante”.

 

 

Un acto de generosidad del seductor al despertar el ánimo de la condesa y volcarla a la escritura. Y si de seductoras de la historia hablamos –esta vez ligada íntimamente al poder–, no olvidaremos jamás a Cleopatra, que no dejó títere con cabeza. Desde Julio César a Marco Antonio, este último su logro más contundente y su condena. La reina sedujo hasta el último instante de su vida. Se cuenta que el encuentro con Marco Antonio se produjo en Tarso, hoy una población de Turquía. Plutarco la recuerda en su nave real, saliendo del mar como una verdadera Afrodita. La puesta en escena, de una espectacularidad poco común, incluía música de tamboriles y aroma de incienso en el aire. La historia, llevada al cine y protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, tuvo récords de taquilla. En la década del 90 el tema de la seducción en el ámbito amoroso comenzó a tratarse de manera científica.

 

 

Autores como Helen Fisher han propuesto, a partir de estudios paleontológicos, etológicos y etnológicos, una teoría del desarrollo de las relaciones amorosas que nos permite comprender el origen y la función de la conducta de seducción sobre el emparejamiento de los individuos, sobre la base de la puesta en marcha de impulsos sexuales y vínculos primarios que son desencadenados por determinados estímulos. Las conductas de cortejo o seducción intentan activarlos con la finalidad de atraer física y sexualmente a parejas potenciales.

 

 

En los seres humanos, las pautas de seducción entre ambos tienen un fuerte impacto sobre la atracción física sentida hacia la otra persona. Estas pautas, según los etólogos, podrían ser comportamientos evolucionados a partir del ritual de elección de pareja o cortejo de atracción típico de los mamíferos. Muy lindo todo.

 

 

Los humanos somos animales mamíferos. Aunque culturalmente parecemos negarnos a ser lo que somos. De modo que podemos suspirar con tranquilidad respecto del análisis de Fisher sobre la seducción y el cortejo. Me pregunto con cierta preocupación ¿qué harán los veganos, tendencia híper-VIP en la actualidad? ¿Cómo encajan en el encuadre de Helen Fisher? Y otro interrogante que dejo a los lectores. ¿Cual sería en pleno siglo XXI (y en estas pampas) el equivalente de seductor a la manera de aquel playboy de antología del siglo pasado? ¿Porfirio Rubirosa? ¿Fabián Doman, quizá? Chi lo sa?

 

 

“La seducción en este tiempo parece puro simulacro”.