Mucho humor y una exitosa dupla con Sebastián Wainraich la convirtieron en la voz más representativa de una nueva generación de locutoras.

 

Quien la escucha en Metro y medio no se animaríaa etiquetar a Julieta Pink como una “minita” de las que se ríe tontamente de lo que dicen sus compañeros y se pone en el rol de seducida y abandonada. Porque aunque ella siempre soñó con estar ahí, no lo soñó a costa de pagar cualquier precio. Ser la-chica-hueca festejachistes hubiera sido forzar algo que no era, y ese sí que era un precio alto.

 

 

Julieta Rosales no creció jugando a la ama de casa (sin embargo se hace cargo de un leve machismo que la llevó a apropiarse de ese rol de adulta). Tampoco se disfrazaba con la ropa de su mamá (aunque en mayo ella misma será madre de un varón). Jugaba a ser Julieta Pink: la locutora que trabaja en la radio soñada y a quien la gente identifica por su voz más que por su cara.

 

 

Por eso todos los días, de camino a la Metro, se acuerda de lo afortunada que fue al conseguir aquel pequeño trabajo en la vieja X4 y de lo generoso que siempre fue con ella su partenaire, su marido de mentiritas, Sebastián Wainraich. “Siempre decimos que lo nuestro es un matrimonio con lo mejor del matrimonio y sin el garche (risas). Mostrás lo mejor que tenés, la parte más divertida. Los garrones no los llevás a la radio. No hay punto de conflicto: no hay hijos que ir a buscar, no hay reproches. Es un matrimonio de ficción (…)