Uno hace lo que puede, y estas tres historias lo confirman. Mariana Dimópulos habla de una madre muy especial; Sebastián Robles rescata lo bueno de la última década maldita y Eduardo Berti creó un universo único en el que habitan mujeres con secretos fuera de lo común.

 

Qué pasa si es el propio deseo al que hay que seducir? ¿Y qué si un recién nacido y su madre no logran establecer esta relación de encantamiento mutuo que hace que la vida se ensanche, crezca, continúe? La protagonista de Pendiente, la tercera novela de Mariana Dimópulos, recorre su vida amorosa desde un presente que la encuentra como madre recién estrenada, recién devuelta a su casa después de un mes de convalecencia en un hospital tras sobrevivir a una complicación posparto. Y con un hijo al que, pese a que lo intenta, no puede acercarse, y cuyos pies –aunque la fascinen– no alcanza siquiera a rozar.

 

 

Entonces recuerda las muchas veces en que fue seducida y sedujo: por un primo lejano que reaparece de vez en cuando durante más de veinte años, por aquel sociólogo con el que soñó un futuro compartido y por ese médico ruso de espaldas anchas con el que hoy se proyecta, el (quizás) padre de ese hijo suyo a quien sólo él parece poder cuidar. Con una prosa exacta e ideas que subvierten los lugares comunes de la femineidad, la pareja y la maternidad, Pendiente es además un tratado sobre el deseo: el que se impone, el que se pierde, el que no lega. Y sobre qué hacer (o no) cuando lo que se creyó desear se escapa entre los dedos, como una bolsa de caramelos con agujeros.

 

 

 

 

 

 

Cómo conseguir chicas

 

 

El escenario son los noventa, esa década denostada a posteriori que para muchos fue, en su adolescencia (además de sinónimo de convertibilidad, privatizaciones y corrupción) el apogeo de su educación sentimental. Allí convive el call center como un salvavidas desinflado contra el desempleo o los boliches a los que se entraba según el antojo del patovica de turno, con la seducción torpe de los primeros amores y esos viajes a la playa entre amigos, con sus irremediables desencantos. En Los años felices Sebastián Robles no demoniza esa década que para muchos fue infame, aunque tampoco es neutral: allí aparecen los cambios sociales y políticos pero como un subtexto casi imperceptible, con la intensidad de quien los percibe en medio de su primera cita, de su primera relación sexual, de estar estrenando la vida toda. “¿Cómo narrar una época sin olvidar que la odié profundamente pero también la amé en secreto?” se pregunta, honesto, el autor en la contratapa de la novela (que curiosamente tuvo su génesis en un blog y que salió más que airosa en el nuevo formato). La respuesta está en esas páginas en las que se suceden referencias a veranos en Pinamar (con la inestimable ayuda de la tarjeta sin límites de compra de un amigo con padre rico), el atentado a la Amia o el rodaje de la película en la que Alterio gritaba “¡La puta que vale la pena estar vivo!” con otras experiencias: las de la intimidad de un grupo de amigos en su transición a la adultez (esa promesa tan cercana y siempre incierta) y las de una generación que alternaba recitales internacionales con el rock de Cemento, todo desde la mirada de un chico de Villa Ballester, de los que tienen a la Capital como norte, de los que saben de primera mano qué es tomarse un tren más un par de colectivos. Con los mejores ingredientes de una novela iniciática, Los años felices es un ejercicio de memoria afectiva y una última visita a aquello que en algún tiempo fuimos, con la sonrisa cómplice de lo que ya no somos.

 

 

 

 

Entre mujeres

 

 

Nadie lo esperaba. Pero desde que ve a Xiaomei, la hija del ciego que vende pájaros en el mercado, su universo se detiene y su mutación comienza: a partir de entonces, sólo quiere ser como ella. La imita en el peinado, en la ropa, en los modales, intenta cruzársela de algún modo. Quiere seducirla, dejarse seducir. Ser mujer en la China en la década del 30 no era precisamente fácil y menos para Ling, una adolescente en cuya casa se cumplen a rajatabla las férreas tradiciones patriarcales, con una familia en la que incluso se estilan los matrimonios arreglados (ya sea con vivos o ¡con muertos!). Ella, que nopuede salir a dar sola un paseo por ese temor colectivo que parecen infundir “los hombres” (un plural indefinido pero siempre amenazante), cae bajo otro influjo: el de una mujer. En El país imaginado, novela ganadora del Premio Emecé, Eduardo Berti creó un universo que no se emparienta con nada de lo que actualmente se está escribiendo en la Argentina. Una historia conmovedora, situada en un espacio recóndito y letal, en el que ambas jóvenes encontrarán el modo de forjar un vínculo estrecho y oculto como el nu-shu, el idioma secreto de las mujeres en China, el mismo que Xiaomei le enseñará a su ahora protegida: signos bordados en silencio en sus pañuelos, para poder comunicarse entre ellas sin la intromisión de los varones, los dueños de la palabra. Y entre tanto, el fantasma de una abuela que sigue opinando desde el más allá y la certeza de que eso prohibido que crece y desgarra y angustia se parece bastante más al amor que a la amistad.