Con su diversidad de climas y paisajes, este país es casi un continente en sí mismo. Pero lo que más atrae son sus playas, especialmente las de los pueblitos, y si están lejos, mejor aún.

 

Viajando por la orilla del salvaje Atlántico brasileño, unos cincuenta kilómetros por arriba de Salvador, Bahía, llegarás a uno de esos lugares que son al mismo tiempo una rareza, una justa mezcla de salvajismo y mundanidad y uno de esos “secretos mejor guardados” que a todos nos hacen sentir especiales. Sí. Existe. Se llama Imbassai.

 

 

El distrito de Imbassai forma parte del Estado de Bahía y se encuentra localizado en la parte norte del litoral, muy cerca de los centros turísticos de Costa do Sauipe (al norte) y Praia do Forte (al sur). A diferencia de sus vecinas, demasiado urbanizadas para ser exóticas, Imbassai es un pequeño poblado con callecitas ocultas entre la vegetación de la Mata Atlántica. En uno de esos recodos, la posada Vila Angelim, con sus tropicales jardines y sus cabañas privadas resguardadas por románticos mosquiteros, te hace dudar por un momento. ¿Brasil o África? Brasil, claro.

 

 

 

Lo mismo te sucederá cuando la noche te lleve a buscar algún delicioso restaurante de comida bahiana. Para el pequeño tamaño del poblado, los restós, lejos de ser pretenciosos, son de una sofisticación tranquila que remite a Ibiza o a la Costa Amalfitana. El restaurante Las Tres Marías, propiedad de un español afincado en este lugar hace años, y cuya casa goza de una de las mejores vistas sobre el mar, ofrece platos que misturan lo bahiano con lo europeo en un equilibrio delicioso. Te sentás en su mediterránea terraza, conversás con su simpático anfitrión y volvés a dudar. ¿Las Baleares o Brasil? Brasil, claro.

 

 

 

 

 

 

 

Adiós a las dudas

 

 

Sucede que comenzás a bajar el camino a la playa y ya no hay dudas, nunca antes estuviste allí. La playa es una lonja triangular de arena blanca, con una orilla sobre el río que marcha rápido al encuentro del océano, y otra orilla en el mar. Las sombrillas, las reposeras y los puestos de pescado fresco, recién grillado, te habilitan a nadar en las turbulentas aguas del Atlántico, hasta que te agotás. Y entonces das cinco, seis pasos, y el río te espera; dulce, tranquilo y templado. El lugar es maravilloso; la gente, cosmopolita, y el secreto… para no divulgarlo.