Catalina quiere ir a Miami para poder presumir ante sus amigas. Mr. Gwyn es un escritor famoso y adulado que se harta de todo. Y Mallarino es un caricaturista que disfruta de un homenaje hasta que ocurre lo inesperado. Tres egos que conviene conocer.

 

Cartagena, Colombia, principios de los 90. Allí se cría Catalina, en el seno de una familia de clase media (casi una rareza en una sociedad de marcados extremos sociales), quien a sus 11 años alterna sus días entre las visitas furtivas a una casa ocupada por una joven pareja nómada y la fascinación por los consumos de sus amigas que, a diferencia de ella, sí pueden viajar a Miami. Allí las vanidades tienen la forma de una remera de Mickey o de películas inéditas recién importadas: el acceso a la cultura pop enlatada que con la primicia da cuenta de una pertenencia social distinta, livianamente feliz, acomodada.

 

 

Pero al padre de Catalina, un abogado prestigioso al que incluso le ofrecen entrar en política, lo que le preocupa no es ese status sino otro: el que aumenta con su fama de experto en ciencias ocultas, responsable de que Catalina sepa que su papá “a veces se muere” y punto. Así de sencillo, así de inexplicable. Y son precisamente esos “trances” que ella no comprende los que funcionan como disparador para que descubra otros misterios, los de lo cotidiano cuando se vuelve ajeno, desconocido, siniestro.

 

 

Con una escritura repleta de localismos, tan sensible como impiadosa, Lo que no aprendí de Margarita García Robayo, nacida en Cartagena y radicada hace más de una década en la Argentina, explora la intimidad de una familia desde los ojos de una niña enfrentada a un mundo adulto en el que las verdades se retacean y sobran los secretos. La novela está separada en dos partes, perola segunda ocupa poco menos de veinte páginas: una suerte de epílogo que viene a resignificar toda la historia anterior, mezcla de confesión de la autora y cuestionamiento de la voz narradora, que pone en jaque las pocas certidumbres hasta entonces construidas. Y eso es quizás lo más arriesgado y al mismo tiempo lo más afectivo de Lo que no aprendí: cuando sobre el final intuimos que nosotros, como lectores, tampoco aprendimos. Y quizás nunca lo hagamos.

 

 

 

La habitación cerrada

 

 

Se encuentra con sus clientes en una habitación, ellos deben desnudarse y hacer lo que prefieran durante una hora bajo su mirada atenta. Así todos los días durante meses. ¿Para qué? Para que cada uno de ellos se vaya con su retrato, pero no pintado, sino escrito. Mr. Gwyn, el protagonista que da nombre a la novela, es un autor famoso que, harto del universo editorial, decide que va a dejar de publicar pero, aunque lo intenta, no logra que lo abandone la pulsión por escribir. Entonces se le ocurre un modo a la vez creativo y oculto que le permitirá seguir viviendo de la escritura sin alentar su vanidad: “pintar” a los otros con palabras y a pedido de ellos mismos, con el perfil bajo de los retratistas que trabajan por encargo.

 

 

Muchas novelas abordan la angustia del escritor y sus manías, pero ninguna como esta logra hacer de un tópico más bien remanido una obra tan original y de tanta belleza. Parece no haber tema que el italiano Alessandro Baricco (famoso sobre todo por su novela Seda) no logre convertir en poesía. Y esta no es la excepción. Los personajes que desfilan por el atelier del escritor son mujeres, varones, jóvenes, viejos, y de todos nos llevamos, si no el retrato, una extraña forma de sensibilidad en estado puro: el sello de Baricco.

 

 

 

Pinta tu aldea

 

 

Javier Mallarino es el caricaturista político más importante de su país, capaz de impulsar o destruir carreras con apenas algunos trazos en una viñeta. Lo viene haciendo desde hace años. Y cuando cumple 65, recibe su merecido homenaje: en un teatro repleto, figuras de la cultura hablan maravillas de su obra, los reflectores lo apuntan, los aplausos se mezclan con los cientos de miradas que lo auscultan.

 

 

Entre ellas, la de su ex mujer (que por primera vez en años se verá tentada con un intento de reencuentro) y la de una joven que se presenta como periodista interesada en entrevistarlo para revelar, más temprano que tarde, que sus intenciones son otras: saber qué pasó  en su casa cuando siendo una niña amiga de su hija ambas se quedaron dormidas en una cama y ella despertó con el vestido enmarañado, un gusto amargo, y los gritos de su padre clamando venganza. Las reputaciones, del colombiano Juan Gabriel Vázquez –ganador en 2011 del Premio Alfaguara– es una novela distinta, en la cual los egos compiten con las verdades y la arrogancia con las sospechas. Porque cuando la vanidad es grande, no hay nada menos seguro que una certeza.