Lo peor que le podría pasar a un ser humano actual en una isla desierta no sería quedarse sin comida sino sin batería. ¿Cómo sobrevivir sin tuitear o mostrar ese paraíso en Facebook?

 

 

Nada mejor que el verano, cuando los cuerpos y las mentes febriles del estío se exhiben en plenitud, para pensar en la vanidad, ese sentimiento de superioridad frente a los demás que suele provocar un trato despectivo y desconsiderado hacia el prójimo. Un paso antes de la soberbia, es uno de los siete pecados capitales, y destila ante el otro un desagradable tufillo de altanería y arrogancia. Porque, en verdad, ¿qué haría un sujeto solito y solo sin espectadores de ninguna especie, en una isla desierta, desprovisto de un iPhone, por caso, para mostrarse, tuitear, instagramear, facebookear… en fin, pavonearse? Seguramente frustrarse, porque no tendría un semejante a quien subestimar, y hasta humillar, regodearse con sus fantasías de superioridad para llegar a comprobar por sí mismo su propia estupidez.

 

 

Retomo aquello de “pavonearse” porque, precisamente, un pavo real con la cola desplegada puede considerarse como la exacta medida de la vanidad total. La majestuosidad de esta ave llamó la atención del hombre desde épocas antiguas, incorporándola a la cultura popular y a la religión de diferentes períodos históricos. En Roma, por ejemplo, el pavo real acompañaba la imagen de las diosas importantes. Y ya que hablamos de Italia, recordemos que parió entre otros especimenes humanos a Nerón, al Duce y a Silvio Berlusconi, hoy un tanto chamuscado.

 

 

Este pájaro, símbolo de la vanidad absoluta, proviene de la India (uno de los países con más pobres, cuna de Mahatma Gandhi y del budismo, que anula el ego entre otras cosas), donde es el ave nacional. Una paradoja, por cierto. La Argentina, en cambio, que posee unos cuantos ejemplares a quienes podemos asociar con esta ave, ¿a quién tiene como pájaro nacional? ¿Al ñandú, corredor de las pampas y ponedor de huevos enormes? ¿Al tero, que lanza chillidos en un lugar y pone los huevos en otro? ¡No!

 

 

Nuestro país eligió como ave representativa al modestísimo hornero, que es poco agraciado y construye su nido con barro. Pero hay de todo en la viña del señor. Cuando en el resto del mundo –y aquí dentro, claro– algunos compatriotas abren sus alas doradas intelectuales en tuits recolectores de colas, lolas y orgasmos virtuales (15, 20, etcétera en menos de 24 horas) o despliegan en sus espaldas y otros sectores corporales tatuajes a lo William Blake en Dragón rojo, aquella película de la serie de Hannibal Lecter, resulta inevitable pensar en el pavo real como ave representativa de una cantidad importante de gente que transita el universo de las celebrities. Menos mal que la revista Time eligió como personalidad de 2013 al papa Francisco, que predica exactamente lo contrario a la modalidad pavorrealesca: abandonar los lujos y vanidades del Vaticano y del capitalismo corrupto y caminar junto a los pobres de toda pobreza, siguiendo la senda marcada por “il poverello” de Asís.

 

 

Vanidad de las palabras “Acaso no exista más expresa vanidad que la de escribir tan vanamente sobre ella.” Así comienza Montaigne su ensayo sobre la vanidad. En lo que refiere a la vanidad de las palabras, el ensayista sostenía: “Un antiguo retórico decía que su oficio consistía en abultar las cosas haciendo ver grandes las que son pequeñas”. Agregaba luego una anécdota de su época, la segunda mitad del siglo XVI, que ilustra esta cualidad vulgar de los humanos.

 

 

“Una vez vi a un gentilhombre que no comunicaba su vida sino por las operaciones de su vientre: en su casa se podía ver, en exhibición, una hilera de bacinillas de siete u ocho días. Aquello era su estudio, sus discursos; cualquier otra declaración le repugnaba.”

 

 

No estamos tan lejos de aquel envanecimiento escatológico, sólo que hoy se permiten leer algunas expresiones escatológicas como “arte extremo”. La crítica Elena Oliveras afirmó en diciembre de 2013: “El arte contemporáneo, que en su mayor parte rompe el paradigma tradicional, no es para todos. ¿Acaso todos perciben que laslatas ‘Merde de artista’ de Piero Manzoni (que contienen excrementos en su interior y se venden según el peso al valor del dólar del día) son obras de arte? Y a casi un siglo del mingitorio de Duchamp, ¿cuántos son los que piensan aún que es cualquier cosa? Hoy no todo se dirime en lo sensible o en la tranquila contemplación”.

 

 


¿Modestia o qué?

 

 

Hace muchísimos siglos, antes de que Sócrates filosofara y Platón escribiese sus pensamientos, vivió en Grecia Diógenes, el cínico. Muy revalorizado por algunos hedonistas actuales, como Michel Onfray, Diógenes vivió como un vagabundo en las calles de Atenas, convirtiendo la pobreza  xtrema en una virtud. Se dice que vivía en una tinaja, en lugar de una casa, y que de día caminaba por las calles con una linterna encendida diciendo que “buscaba hombres” (honestos). Sus únicas pertenencias eran un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco (hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y se desprendió de él). Ocasionalmente estuvo en Corinto,donde continuó con la idea cínica de autosuficiencia: una vida natural e independiente a los lujos de la sociedad.

 

 

Según él, la virtud es el soberano bien. La ciencia, los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar. El principio de su filosofía consiste en denunciarpor todas partes lo convencional y oponer a ello su naturaleza. El sabio debe tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades. Por lo cual Diógenes, tan campante, se masturbaba sin parar en público y ni qué hablar de la exhibición de otras necesidades. ¿Modestia o vanidad? Dejo el interrogante abierto. Y la respuesta a los lectores.

 

 

La hoguera

 

 

Vanity Fair es el nombre de una de las revistas más importantes del mundo. De origen estadounidense, es el ícono mayor del mundo de las celebridades y marca tendencia en cultura, estilo de vida, moda y hasta política.

 

 

Annie Leibovitz y Mario Testino, dos de sus colaboradores, suelen aportar lujosos retratos de las celebridades del planeta. Vanity Fair también publica entrevistas a fondo: allí Jennifer Aniston contó su divorcio con Brad Pitt. Y también en esas páginas Tom Cruise y Katie Holmes se mostraron con su hija, Suri Cruise, a la que habían ocultado tanto de los medios que hasta corrían rumores de que no existía. Pero la edición de octubre de 2006 aclaró todo y, de paso, se convirtió en el segundo número más vendido de la revista. 

 

 

Steven Petrow, escritor y periodista gay, columnista de The New York Times, escribió una columna hace un par de meses llamada “Hoguera de mi vanidad” en la que contó que, pese a todos sus intentos estéticos para parecer joven, se daba por vencido. Admitió que a sus 56 años es decididamente una persona que está más cerca de ser viejo que joven en un mundo donde reina esencialmente la imagen de la juventud y hay 500 periodistas mucho más jóvenes a su alrededor triunfantes en la ley de oferta y demanda.

 

 

Fausto –el de Goethe– ya lo había intentado en el siglo XIX vendiendo su alma al Diablo. No necesitamos recordar esa leyenda, que en estos tiempos que corren parece más vigente que nunca. Una vez más, Oscar Wilde, con su extraordinaria lucidez e ironía, acuñó a fines del siglo XIX esta frase extraordinaria que nos viene como anillo al dedo, para ayudarnos a entender algo acerca de la condición humana y la vanidad: “El primer deber en la vida es ser tan artificial como sea posible. En cuanto al segundo, aún no se ha descubierto”. Y para quienes amen el bolero, ese insuperable invento de la música kitsch, que refiere al amor y sus avatares, aquí va la letra de “Vanidad”, tema que en la década del 30 nos legó para siempre el chileno Armando González Malbrán: “Vanidad, por tu culpa he perdido/ un amor vanidad, / que no puedo olvidar. Vanidad, con las alas doradas/ yo pensaba reír/ y hoy me pongo a llorar/. Me cegué, la arranqué de mi vida/ pero yo, la volvería besar/ Vanidad, con las alas doradas/ Yo pensabareír/ Y hoy me pongo a llorar”. Bueno, no nos pongamos tristes. No es para tanto. Al fin y al cabo, sólo se trata de un modestísimo bolero.

 

 

El pavo real, símbolo de la vanidad absoluta, procede de la India, cuna del Mahatma. El pájaro nacional argentino es el modesto hornero. Parece un mal chiste.