Hay deseos de muchas clases. El de una bailarina puede ser pesar menos que una pluma. El de una transgresora, amar a una mujer embarazada. Y el de un niño, que su hermosa madre lo mire. No, no son disparates, son las tramas de tres novelas increíbles.

Contar calorías todos los días. Achicar la cintura, comer y vomitar, entrenar hasta el agotamiento con tal de bailar y bailar. Para que su partenaire la alce en el aire como a una pluma, para que su cuerpo grácil, reducido a su mínima expresión, gire en un trompo impecable para luego salir a saludar nada menos que al escenario del Teatro Colón, a inclinarse a los aplausos, a entregarse a la ovación. El gusto, la primera novela de Leticia Martín, sigue los pasos de una bailarina profesional cuyo único objetivo es conseguir siempre el papel principal. Tanto que en pos de lograrlo va suprimiendo cualquier otro placer y voluntad. Un deseo que oblitera cualquier otro apetito, cualquier otra pulsión. En ella ni siquiera el sexo logra ser liberador. Porque en mitad de lo que se suponía un encuentro para el goce, de pronto recuerda esas pocas migas de galletitas que comió minutos antes porque no pudo aguantar más, las que está dispuesta a volver a hacer pasar por su esófago mientras deje correr el agua del baño, cuando eso que iba a parecerse a algún disfrute, por fin, acabe.

 

 

Con una escritura sumamente pulida que abreva en la poesía, y sin mencionar ni una vez la palabra anorexia, Martín crea un personaje que es una suerte de El cisne negro vernáculo, cuya obsesión le obtura cualquier deseo y al mismo tiempo la hace triunfar en lo único que le importa: una ecuación libidinal que, para ella, literalmente vale la pena.

 

 

¿Pero cuánto vale? Porque la carne de repente se queja, su psiquis se quiebra y sus 47 kilos y pocos gramos ya no logran sostenerla. Entonces querrá huir lejos, a cualquier parte, sin siquiera poder llevar consigo algún espesor en la propia carne.

 

 

 

Escrito en el cuerpo

 

 

Pocas escritoras tienen, como Gabriela Wiener, al deseo explícito como motor. Si hay quienes dejan su marca en todo lo que tocan, Wiener subvierte todo lo que escribe (y lo bien que le sale). Periodista peruana radicada en Barcelona, se hizo conocida por su estilo como cronista “gonzo” con temáticas siempre al límite: exploró el universo swinger (y hasta contó en una crónica cómo junto a su marido acompañaron a hacerse un aborto a una amiga suya que fue su compañera sexual en varios ménage à trois), el sadomasoquismo y algunas otras prácticas poco convencionales, muchas de las cuales quedaron registradas en su libro Sexologías. Su prosa también es arriesgada: irónica, brutalmente precisa, siempre alerta.

 

 

Acostumbrada a poner (literalmente) el cuerpo, Wiener abordó en su último libro, Nueve lunas, nada menos que su propio embarazo. Esa experiencia en la que el cuerpo, inevitablemente, vuelve a ser protagonista. Con dosis parejas de sexo, humor y emotividad, escribe sobre esos nueve meses en los que pasó de buscar morbosamente en internet videos de violencia gore a seducir vía chat a otras mujeres embarazadas (y de descubrir también todo un género dentro del porno dedicado a ellas). Pero también a buscar trabajo en su doblemente precaria situación de inmigrante y encinta o a descubrirse en su casa pensando en posibles nombres para su hija, revolviendo frenéticamente el guardarropa sin lograr dar con una sola prenda que le entrara. Con un estilo original y sin retaceos y un manejo del lenguaje que ya es su sello de autora, Wiener escribió un libro tan honesto como sólo puede serlo el deseo.

 

 

 

Esa mujer

 

 

En su novela La insoportable levedad del ser, Milan Kundera dice algo asícomo que buena parte de las accionesde nuestra vida están dirigidas a unos“ojos ideales” que, puedan realmentevernos o no, son los que quisiéramoscomo testigos: nuestra mirada idealizada.

 

 

En Una muchacha muy bella, Julián López recrea precisamente esa pretensión de ser vistos que tienen todos los niños, ese deseo que se resume en el runrún trillado del “mamá, mirame”. Y al protagonista de esta novela, su mamá lo mira. Y cómo. “Tenía un modo extraordinariamente sensual de ser para sí y, claro, ahí estaba yo con mis siete años, también para mí.” ¿Acaso el ejemplo más claro del bello Edipo freudiano? Sí, pero no sólo. Porque en la pluma de López la intensidad del vínculo de un chico con su madre es la condición de posibilidad para la aparición de todo un universo que los incluye y excede: el trasfondo político de los años setenta en la Argentina, la ausencia de un padre cuya brocha de afeitar aún permanece en el botiquín del baño, las idas y venidas poco claras de una madre demasiado hermosa y demasiado joven, esa “muchacha muy bella” a la que alude el título de la novela.

 

 

Y de cómo la impresión sensible de esos años de niñez cobrará otro sentido cuando esos “ojos ideales” desaparezcan para ya no poder volver a mirar, ni a su hijo ni a nadie más. Un libro que sin golpes bajos y con una prosa exquisita revisita el universo de una infancia de chocolatines Jack y Titanes en el ring, con la belleza de esas cosas chiquitas destinadas a evaporarse, que a veces sólo la literatura vuelve inmortales.