La ley del mentalismo dice que todo es mente y que el hombre crea la realidad con su pensamiento. De allí a buscar la manera de fabricar un mundo perfecto e ideal hay un solo paso. Y buenas noticias: es posible.

El Kybalión es un documento que resume los siete principios del hermetismo, atribuidos a Hermes Trismegisto, un sabio que según creencias metafísicas dejó una serie de legados de conocimiento cuya existencia se remonta a Egipto antes de la época de los faraones. En su primer axioma, el Kybalión establece la Ley del Mentalismo, que postula que “todo es mente”. Bajo esta visión, el mundo de la materialidad sería el resultado de una creación mental, y por lo tanto el hombre, como derivado de una Mente Universal, crearía su propia realidad con sus pensamientos. ¿Qué tanto esto es así?

 

 

¿Podemos crear realidades con nuestros propios pensamientos? ¿Podemos materializar lo que deseamos?

 

En los últimos años, con la aparición de una nueva corriente de pensamiento y espiritualidad fundamentada en la física cuántica, Rhonda Byrne, una productora de televisión australiana, saltó a la fama con El secreto (2006), un libro convertido posteriormente en documental que presenta la denominada Ley de Atracción, que ha resultado ser una poderosa fuente de dividendos para su creadora. A pesar de ser muy cuestionada desde el mundo científico, esta ley se basa en la creencia hermética del mentalismo y de cómo los pensamientos (conscientes o inconscientes) influyen sobre las vidas de las personas, argumentando que somos unidades energéticas y que existe un espacio de pura energía que devuelve a todo emisor una onda similar como materialización de realidad.

 

 

 

No todo es lo que deseamos

 

Lo cierto es que los físicos cuánticos especulan con que existe una estructura de materia sutil que podría llegar a entenderse como una forma de “materia psíquica”, tal como la denomina el revolucionario autor y parapsicólogo inglés Rupert Sheldrake. Según él y otros autores, este campo de energía exótico podría llegar a ser influido desde lo individual y lo colectivo, como especie consciente que somos y como proyección misma del campo consciente universal.

 

 

Según la teoría que daría validez a la Ley de Atracción, nosotros podríamos programar conscientemente todo aquello que deseamos. Pero entonces, ¿por qué las cosas nunca resultan como las deseamos? Simple, los problemas principales para no efectivizar este poder serían el miedo y los frenos propios de un condicionamiento que nos dice “no soy capaz de hacerlo”. Ambos actúan como fuerzas emocionales poderosas y boicotean el deseo real y efectivo de nuestro pensamiento consciente.

 

Somos más creyentes de todos aquellos límites que nos imponemos sobre nosotros mismos que de las fronteras ilimitadas de lo que podríamos llegar a realizar, si nos lo proponemos, como deseo profundo y sentido.

 

Por lo tanto, si mi miedo y mi condicionamiento inconsciente superan mi deseo de materializar algo, seguramente atraeré a mi vida aquello que temo y me condiciona. Las situaciones personales desfavorables (y de una sociedad y del planeta entero) están presentes en la realidad como fuerzas de influencia muy poderosas cuando son contrarias a lo que realmente queremos.

 

La raza humana en su conjunto genera mentalmente patrones aleatorios emocionales y mentales que, como datos codificados dentro de un llamado de conciencia local, son enviados como “mensaje” desde todos los rincones del planeta a una matriz de conciencia planetaria.

 

 

Cuando eventos mundiales repercuten en el orden de la humanidad –como en el caso de los atentados ocurridos en los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 o la convocatoria universal por la paz que hiciera recientemente el papa Francisco–, los patrones aleatorios emitidos por cada ser humano se ordenan formando un campo coherente de información que alcanza un grado de orden colectivo (efecto de campo) que produce efectos medibles en el campo magnético que envuelve a la Tierra y que Sheldrake denominó “campo de resonancia mórfico”. Algo que podríamos entender como un campo de conciencia y memoria que identifica a la especie humana y que sería similar a una cinta magnetofónica que graba todo lo que el ser humano registra con su presencia existencial. Cada registro grabado enel espacio-tiempo se denomina “suceso”, y cada uno de ellos tendría un efecto concreto en la materialización de la realidad.

 

Esta exteriorización de energía psíquica y emocional es una orden de manifestación a un campo que responde a todo lo que emitimos como parte de otra ley hermética, la de causa y efecto. ¿Por qué entonces no se materializan nuestros deseos? Sencillamente porque emitimos con más fuerza aquello que influyó en nosotros de forma inconsciente y que representa una fuerza contraria a todo lo que realmente deseamos. Todos los seres humanos somos como radios emitiendo una infinidad de mensajes con nuestra mente y emociones. Una vez el místico Gurdjieff aseguró que debemos encontrar las condiciones bajo las cuales el deseo del corazón se una al deseo del pensamiento para hacer una fuerza conjunta que pueda convertirse en la realidad del ser.

 

 

La matriz que crea la realidad

 

Todos los experimentos cuánticos están demostrando la existencia de una matriz de materia exótica, imposible de detectar con los instrumentos científicos conocidos, pero que se sabe que está presente porque produce un efecto sobre la realidad cada vez que se intenta detectarla.

 

Esta red de creación podría entenderse como un tejido en el éter que responde a nuestro propio poder humano, el que no se consigue mediante tecnología, sino a través de nuestro pensar y nuestro sentir.

 

La matriz funciona como un puente indivisible entre nuestro mundo interior y el mundo exterior, ya que no existe un adentro y un afuera. Este espacio es un espejo que responde a todo aquello que emitimos cuando pensamos y sentimos.

 

Al igual que un eco en un cañadón, es nuestro propio sonido emitido el que nos responde con creación aquello que gritamos. Todos estamos conectados por una telaraña de conciencia que nos enseña que todo lo que deseamos, pensamos, soñamos y sentimos repercute en nosotros mismos, nuestro entorno, en los demás y lo creado.

 

El físico cuántico John Wheeler propuso que somos “participantes” de un universo participativo. ¿Qué significa esto? Que somos los obreros de un universo en eterna construcción y que necesita de constructores para su propia obra. Wheeler nos enseñó que somos parte de una creación que se recrea a cada instante gracias a nuestras contribuciones conscientes o inconscientes de creación. Formamos parte de un universo que se observa a sí mismo y se construye a sí mismo y en el cual vos y yo somos parte unificada de la ecuación. Cuando te veo, me veo a mí mismo y observo el Todo.

 

 

¿Por qué las cosas nunca resultan como las deseamos? Por culpa del miedo y los frenos propios de un condicionamiento que nos dice “no soy capaz de hacerlo”.