El objeto de deseo varía con cada sujeto. Podrá ser de índole intelectual, sensorial, emocional o sexual y siempre será ejercido con la única herramienta con la que contamos: el cuerpo.

Alguien se atreve a decir que ignora lo que es el deseo? Si así fuera, estamos ante una rara avis interra, no frente a un ser humano. Toda persona que se precie de tal y se mueva en los parámetros de lo que la cultura ofrece en el mercado global, desea. Hay para todos los gustos, se sabe.

 

 

Antes de que se produzca la colonización de Marte (no es un delirio, ¡ojito!), que se está planeando, hablemos de esto que, por ahora, conocemos como deseo.

 

Ya se podrá experimentar más adelante alguna concepción diferente acerca de este ¿sentimiento?, ¿emoción?, ¿anhelo?, ¿apetencia?, ¿impulso?, ¿excitación?

 

Enumero estos sustantivos porque cada uno de ellos está semióticamente involucrado en la denominación de deseo.

 

Sin embargo me reservo una palabra para definirlo que también está dentro del significado de deseo: movimiento.

 

El deseo implica siempre un movimiento hacia algo que se apetece. Algo que provoque en una persona un movimiento productivo. Quien no siente que algo se mueve en su interior para aspirar a la consecución de algo deseado es, como escuchamos decir hace poco a la filósofa nativa Sofía O. de S. respecto de su ex marido: “Una planta”. O, quizá, pueda alguien carecer de toda opinión posible sobre cualquier tipo de preguntas y entonces debamos adherir con humor a una frase imperdible de otra filósofa famosa de estas pampas, Karina Olga J.: “Lo dejo a tu criterio”. Lo que varía –de acuerdo con cada sujeto– es el objeto de deseo, que podrá ser de índole intelectual, sensorial, emocional o sexual. Y siempre será ejercido con la única herramienta con la que contamos: el cuerpo.

 

El objeto de deseo conmueve al sujeto de tal modo que lo motoriza para tratar de obtenerlo. Para saciar la sed, por dar un ejemplo, uno busca agua. Si no estamos en situaciones extremas, lograremos obtener al menos un vaso. En cambio, el deseo referido al conocimiento intelectual o científico parece no tener fin. Tampoco parece tan fácil dar por terminado el tema del deseo en el plano amoroso, en el cual hay una necesidad infinita de retroalimentación.

 

Es más, dicen los que saben que la gracia está en no consumarlo jamás en la praxis del terreno erótico. Así le pasó al pobre Alcibíades, alumno de Sócrates, quien nunca accedió a los requerimientos del joven y, sin embargo “le comía el coco” con su discurso seductor.

 

Para eso están escritas, desde Platón en adelante, las múltiples leyendas y teorías sobre el lúdico Eros, fruto de la unión entre Poros (el ingenio) y Penia (la pobreza). Esa doble pertenencia a la Carencia –siempre tras su objeto de deseo– y a la Habilidad hace que se las ingenie para conseguir lo que desea, aunque siempre de manera fugaz. Eros es una fuerza perpetuamente insatisfecha e inquieta, posee la insaciable atracción que Oscar Wilde describió como nadie: “Logro resistirlo todo, menos la tentación”.

 

El amo de Jasmine

 

Se ha teorizado mucho sobre la cuestión del deseo. San Agustín hablaba del deseo como cupiditas, un sentimiento que motiva la necesidad de poseer el objeto que se desea, y renunció, por eso, a toda aspiración carnal. Eligió el verbo divino, sublimar en el Evangelio.

 

Para Lacan, gran lector de Agustín, el deseo es el deseo del otro. Un problema teórico que no vamos a profundizar aquí. Pero sí podemos dar un ejemplo bien claro del deseo del otro.

 

Por estos días, Woody Allen nos regaló su extraordinario filme Blue Jasmine. Allí, la protagonista, Jasmine, interpretada por una Cate Blanchet de antología, parece un sujeto no constituido como tal. No demuestra signos claros de tener yo ni superyó. El otro es aquí el sistema. Y Jasmine es esclava de ese amo despiadado. Ella desea sólo lo que el sistema es.

 

Una compleja maquinaria de engaños, mentiras, simulacros, estafas sentimentales y económicas. Manda el consumismo llevado a la exasperación. Jasmine consume marido, objetos carísimos de marcas ultra-VIP, amigas hipócritas, consume sin sosiego lo que el amo manda.

 

Amo marido, amo hipocresía total de costumbres, tendencias, hábitos, sociales tan vertiginosos como vacíos. Cuando todo esto se derrumba, Jasmine se pierde en la locura más absoluta. Por fortuna, la historia y la literatura nos abren un amplio panorama de personas deseantes cuyas vicisitudes nos ayudan a confiar en que mientras haya deseo –entendido como movimiento productivo– habrá cambio, progresión hacia lo nuevo, lo diferente, lo distintivo. Con o sin final feliz. Aquí van dos historias como muestra.

 

 

Mata Hari, mutar por deseo

 

Prueba de que muchas veces nada es lo que parece y de que el deseo es más fuerte, mucho más que el amor que canta Fernán Mirás en Tango feroz, hubo en la historia personajes verdaderos cuya vida despistó al más pintado. Por caso, la maravillosa confusión que supo crear la famosa Mata Hari (1876-1917). ¿Espía? ¿Amante fogosa? ¿Bailarina exótica? Todo junto. Pasó a la fama como espía y fue fusilada en París durante la Primera Guerra Mundial.

 

En verdad había nacido en Holanda con el nombre de Gertrud Margaretha Zelle, nombre de ama de casa. Pero era rara: 1,75 de estatura, piel morena y oscuros ojos orientales, y se propuso ser efectivamente una bailarina exótica, contrariamente a lo que deseaba su familia.

 

¿Qué hizo nuestra holandesita sin zuecos? Lo primero, casarse con un militar unos cuantos años mayor (ella tenía 20 y él 40), el capitán McLeod, quien fue destinado a la India, a Java y a Bali.

 

Mientras el señor mayor se emborrachaba, nuestra futura espía-bailarina escrutaba los movimientos de las sensuales muchachas javanesas y se compraba sin parar ropa y collares orientales. Se armó unos disfraces buenísimos, con brazaletes y ropa bien bizarra.

 

Como no tenía demasiadas lolas (sólo dos, pequeñas) consiguió un corpiño rarísimo de acero, cubierto de gemas, y un tapa-pubis haciendo juego. Así, dejó a su marido emborrachándose y se marchó a París, donde se volvió mucho más misteriosa.

 

Claro, siempre se llevó mejor con los hombres que con las mujeres, y se rodeó de militares y diplomáticos variados. De un día para otro había cambiado su nombre por el de Mata Hari, más sugerente que el de maestrita buena, y comenzó una activa vida de bailarina sexy que enloquecía a los señores de poder. Pasaba de un amante alemán a otro francés sin cansarse.

 

Se dice de ella que cuando fue sometida a juicio público por espía, se defendió diciendo: “Puta, sí. Traidora, jamás”. Final de la historia: fue condenada al paredón de fusilamiento. Murió abriéndose el pecho desnudo debajo de un tapado de visón, gritando: “¡Viva Alemania!” sin que se le moviera un pelo. Hay quienes afirman, sin embargo, que con la misma valentía se despidió así: “Adieux, mon amour Vladimir”, a un joven oficial de 23 años, a quien ella mantenía con el dinero que le daban los poderosos.

 

Espía o bailarina, tuvo un final valiente y atrevido, como la vida que se había inventado por puro deseo, sin arrepentirse de nada.

 

 

Rumalda Murillo, o el deseo cumplido

 

Lejos de los desaires y muy cerca de Cupido y de la diosa Fortuna, Rumalda Murillo, nacida en 1877 en el corazón de Entre Ríos, en un paraje cercano a Gualeguaychú, comenzó a pergeñar desde muy niña la idea de ser la dueña de un imperio. A los ocho años dibujaba en la arena blanca la casa grande en la que soñaba vivir. Criada por sus hermanos varones y unos tíos que le enseñaron a leer, a escribir y a manejar el revólver y el rifle, desde chica se vestía como un muchachito.

 

Por eso, en la zona le decían “la varón-ésa”, manera de llamarla que con el tiempo devino en la baronesa. Rumalda se disfrazaba de hombre, como tantas mujeres del siglo XIX, porque de ese modo podía cumplir mejor sus deseos plenamente femeninos, en un mundo signado por la cultura masculina. Muy peleadora y puro fuego, había quienes la llamaban Polvorita: su pasión, su deseo insobornable por la vida, era tan fuerte como su mal carácter.

 

Un día, a los 16 años, Rumalda emprende un recorrido por el interior de su provincia, pasa luego a Corrientes, donde permanece un tiempo, y por fin llega a Misiones. Se instala en pleno monte misionero, duerme a la intemperie, se maneja a los tiros y cada día se pone más brava y más linda. Tiene el pelo negro, hasta la cintura, ojos oscuros y siempre bien abiertos. Tanto, que descubre a un alemán magnífico llamado César Walter Imperinatto –culto y aventurero– que llega a Misiones a cazar yaguaretés. Lo reconoce pese a que es colorado y se confunde con el color de la tierra misionera. Rumalda se enamora perdidamente de ese alemán pelirrojo que porta diploma universitario y sabe varios idiomas, aunque ignora el guaraní que ella le enseñará luego en un inquietante experimento lingüístico. Al poco tiempo, su compañero de aventuras aprende a decir n’gaú (que quiere decir “de mentira”) y cambia su nombre alemán por el de Juan Caldo Abrassatto, bien itálico y fogoso, en homenaje a la rama italiana de Rumalda. (Caldo Abrassatto le enseñó a su amada a fumar en pipa y ella llegó a tener una colección de pipas mayor aún que la de Madame de Pompadour, quien alcanzó a atesorar 300.) La llamó también “mi baronesa”, porque Rumalda le recordaba a Karen Blixen, la encantadora y audaz autora de Lejos de África, pero en versión negra.

 

 

A cambio, Rumalda le hizo conocer el secreto de sus habanos de hoja, casi tan buenos como los Cohiba cubanos. Caldo Abrassatto quedó perdido de amor por la morocha, que solía alzarlo en brazos, lo vestía como a Lawrence de Arabia pero al estilo guaraní, con vincha y plumas, y le alababa el pelo rojo y los ojos azules con desafíos de este estilo: “Abrassatto, el mío amor-e/, quédate en el monte impío/ para siempre, sin temor-e/ Europa te aburrirá, ¿eh?/ vive conmigo la vidaaa/ que n’gaú es divertidaaa”. Y el alemán le creyó y se quedó con Rumalda para siempre. Ella le devolvió el apellido Imperinatto de puro generosa para que juntos cumplieran su deseo –el de ella– de ser la dueña de un imperio.

 

Construyeron una casa blanca de dos planta en la que instalaron un parque lleno de yaguaretés. Una selva propia y encantada, a la manera de los cuadros de Henri Rousseau, exótica y naif como la pasión que los abrasó de por vida.

 

 

Eros es una fuerza perpetuamente insatisfecha e inquieta, posee la insaciable atracción que Oscar Wilde describió como nadie: “Logro resistirlo todo, menos la tentación”.