Quién pudiera tener la sofisticación y la oportunidad para llevar una auténtica escultura como accesorio. El último fetiche aspiracional tiene el nombre y apellido de una artista hermosa e irreverente, como sus creaciones.

–¿Los sombreros de alta costura todavía son un producto meramente aspiracional?

 

–Es insólito, pero es así; querer hacer un negocio de esto es el antinegocio absoluto.

 

–Debe de haber tenido otras razones.

 

–En realidad tuve un par de locales de ropa vintage y coleccionaba sombreros, pero siempre el clásico sombrerito antiguo, que es horrible. Pero incluso hasta el día de hoy nunca me interesó la moda, yo estudié Bellas Artes y lo de los locales se dio así durante un par de años, hasta que quise dejarlo para hacer algo mío, con mis manos. Entonces hice un curso, y después me enteré por una amiga que está en el Colón que venía una italiana a dar un taller de sombreros. Conseguimos que esta mujer se quedara un mes enseñándome como pudo, con lo básico, porque acá no hay nada.

 

–¿En qué sentido?

 

–No hay materiales, no hay moldes, no hay nada, nada… ni siquiera libros.

 

–Un mercado virgen.

 

–Sí, no había un sombrerista salvo Lagomarsino, que me encanta pero no hace alta costura. Hicimos prensa y estuvo buenísimo, me armé un taller enorme y lo que sucedió es que hice mil tapas y muchas notas de moda, me llamaban todas las productoras de moda, pero no había clientas.

 

–¿Por qué no compraban?

 

–Porque es caro; se cose a mano y las telas son todas de afuera, hay un material que tengo que encargar a Filipinas, y de ahí va a Estados Unidos, y de ahí acá. Ese es el tema y yo lo re entiendo: a todos nos encantan pero a la hora de comprar, si tengo dos mil pesos, me compro una cartera.

 

–¿Se están animando más las mujeres?

 

–¡No! (risas)

 

–Este invierno yo vi más sombreros en la calle.

 

–Puede ser… hay más gente que está haciendo sombreros, es verdad, pero en alta costura es un fenómeno editorial. Probablemente lo más estratégico hubiera sido empezar con cosas simples e ir llevándolo un poco más alto ,pero arranqué directamente con alta costura cuando acá realmente no tenés demasiado motivo para usar alta costura. ¿Cuántas fiestas hay? ¿Tres al año? ¿Cuatro?

 

–Entonces, ¿quiénes son sus clientes hoy?

 

–Me va muy bien con los extranjeros, cuando tuve el local en el Faena se vendía todo, en un momento mandaba dos colecciones por año a Japón y también me iba bárbaro, pero me empezó a dar lástima no hacerlo acá, aunque sea de hobby, y ahora trabajo con pedidos personalizados porque no está naturalizado y a nadie se le ocurre decir: “Me visto de negro o de jean pero me pongo un sombrero y estoy bárbara”. No pasa y es una pena.

 

 

–¿Usted asesora?

 

–Sí, definitivamente. Porque acá no tenemos ni idea, yo cuando empecé realmente no sabía cómo se usaban.

 

–¿Hay que venir con el vestido?

 

–Está bueno si primero pensás el sombrero. Tengo clientas viejitas que son re cancheras, se llevan lo más insólito que te puedas imaginar y después eligen la ropa, a ellas no tengo que asesorarlas, ya saben. Cuando viene una clienta con el vestido es difícil porque no saben bien cómo combinar, pero también me divierte ir llevándolas.

 

–¿En qué está trabajando ahora?

 

–Estoy empezando a laburar diseños livianos. A mí como usuaria a veces me resulta incómodo llevar algo tan pesado, por eso me encantó este material que no pesa nada, y ahora tengo un par de clientas que se empezaron a copar.

 

–¿Piensa hacer una línea urbana en algún momento?

 

–No. Es que la moda en sí no me divierte, me gustan los sombreros porque podés hacer lo que se te canta, no tenés que estar pendiente. Pero si en algún momento me fuera superbién con esto que es lo que yo hago y entonces me propusieran hacer una línea urbana de capelinas, siempre con mi estilo, obviamente, yo chocha.

 

–Mientras tanto, podemos esperar diseños cada vez más sofisticados.

 

–Y, ahora estoy trabajando en negro porque me permite hacer más disparates y no se ve tan excéntrico. Quizá sea eso; tendría que proponerme hacer algo más estándar pero no puedo.

 

 

 

 

“Trabajo con pedidos personalizados porque no está naturalizado y a nadie se le ocurre decir: ‘Me visto de negro o de jean pero me pongo un sombrero y estoy bárbara’. No pasa y es una pena.”