La autora de Farsantes y Ciega a citas revela que no le gusta su manera de escribir y, sin embargo, no puede dejar de hacerlo. Ácida y frontal, confiesa que mientras crea sus historias no hace otra cosa que llorar, llorar y llorar.

#FarsantesArde

 

 

 

El numeral funciona como puerta de entrada a ese rincón del universo de Twitter en el que se aglomeran los fanáticos de la tira de Pol-ka. Ella, como tachando los palitos en la pared de una celda, está contando las horas para ver la planilla del rating mientras lee todo lo que en la red social dicen. No padece el número, le genera adrenalina. “Me encanta el rating. Si un día no hay más rating me muero. Cuando estudiaba, lo que más me gustaba era el día que entregaban las notas.” Claro, era de las de mejor promedio siempre. Una joven responsable con sus estudios y con todo en su vida. Tanto que amó trabajar en un call center: picadora de carne para muchos, pero para ella el trabajo con menos preocupaciones que había tenido nunca y que, encima, le dejaba tiempo para escribir. “Nada de lo que pasaba era responsabilidad ni culpa mía. Atendía el teléfono, daba un par de indicaciones para arreglarle a alguien una computadora y cortaba. Era lo mejor que me había pasado en la vida.” Cómo no entender a esa joven que buscaba un poco de paz mental cuando amanecía cada mañana desde los seis años con un despertador que sus padres le habían regalado porque consideraban que ya estaba en edad de levantarse sola. Ella lo cuenta entre risas. Será que no le parece que merezca otro tono o que es su manera de lidiar con aquello que a cualquier hijo de vecino lo llevaría a años de terapia. O será que, tal vez, exagera un poco para hacer el relato más tremendo y generar risas incómodas. Sólo ella lo sabe. Y lo sabe bien. Porque si hay algo que Carolina Aguirre sabe hacer es generar cosas todo el tiempo. Vive de escribir. Es guionista de una de las tiras éxito del momento, autora de Ciega a citas (blog convertido en serie de televisión) y de la novela El efecto Noemí, entre otros trabajos. Pero repetirá durante la entrevista, con total convicción una y otra vez, que escribe mal. “Soy una pesimista, inconformista y pienso que siempre está todo mal. Creo que es la clave del éxito pensar así. Yo me levanto todas las mañanas y pienso ‘qué mal que escribo’, todo el día pienso lo mismo, te lo juro. Y a veces, cuando veo el programa y veo una escena que me parece muy buena, voy y busco el guión porque no lo puedo creer. Pienso: ‘¿Esto lo escribí yo? ¡No puede ser!’.”

 

 

–¿Pero escribir no es el placer de su vida?

 

 

–¡No!, ¿qué placer? El que dice que es placentero escribir, escribe como el orto.

 

 

–¿Por qué lo hace entonces?

 

 

–No puedo hacer otra cosa, no me interesa nada más. Pero lo sufro como un perro todo el tiempo. Lo único que hago es darme la cabeza contra la pared y decir “Dios mío, lo mal que está esto, no puedo creer que esta gente me esté pagando” (risas).

 

 

–¿Le pasó también escribiendo El efecto Noemí?

 

 

–¿Vos sabés todas las veces que tiré todo y me puse a llorar? A veces lloraba mientras escribía. Porque eso tengo yo, ese es mi capital número uno: estoy sufriendo como un perro y pienso que es una basura pero sigo escribiendo. Nunca, jamás en la vida, dejé algo por la mitad y me fui. Creo que escribir es como hacer una masa. Vos ponés todos los ingredientes y empezás a amasar. Y hay un momento en el que no se une; y amasás, amasás y pensás “cagué la receta”. Pero descubrí un día que si seguís amasando hay un momento en el que se hace un click y se une todo. Bueno, hay que esperar el momento. Lo que pasa es que no todo el mundo tiene la tolerancia, la frustración o la capacidad para aguantar la angustia hasta que se arma la masa. Yo lloro y sigo. Lloro, lloro, lloro y sigo. Cuando reconozco esa escena pienso que no pude haber escrito algo que esté tan bien, entonces voy y miro para comprobarlo. Y cuando veo que el diálogo es tal cual, ¡a la mierda! “No lo puedo creer, soy un genio”, pienso. Después se me pasa. A los diez minutos veo la escena que sigue y digo “ayyyy”. Y cuando miro Farsantes siento que han hecho un trabajo tan genial los demás que se ha sobrepuesto a mi escritura (risas).

 

 

 

–¿No le resulta un poco esquizofrénico escribir sobre tantos personajes todos los días?

 

 

–Bueno, eso es lo que me gusta de la tira, esa ingeniería enorme que tiene. Son ciento y pico de capítulos siguiendo a veinte personajes. Lograr eso es lo que más me preocupa y me desvela, contar algo que esté bien pensado y que sea lindo, que los personajes me importen mucho. ¡Me encanta! Yo nunca había escrito ni un unitario. Al director de Producción de Pol-ka, Diego Andrasnik, se le ocurrió que yo podía hacerlo. Soy un invento suyo.

 

 

–Su bio de Twitter dice: “Tajante. A los cínicos y mediocres, ni los buenos días”. ¿Qué le genera esa clase de personas?

 

 

–Los cínicos me molestan muchísimo. Me dan una pena enorme, ganas de abrazarlos y que vayan a terapia. El cínico es el que no se animó. Siente que está afuera del juego y que ese estar afuera, mirando y haciendo chistes de lejos, lo pone arriba. Y en realidad esa distancia siempre es miedo. Es que no se animó, que no pudo. Mientras los demás bailan en la fiesta, el cínico es el que está sentado en una mesa riéndose de cómo bailan los demás. Sí, bueno, puede ser divertido pero el que está bailando es el otro.

 

 

–¿Y qué es ser mediocre para usted?

 

 

–Ser mediocre es pensar que escribís bien. Levantarte a la mañana y decir: “Qué bueno esto que estoy haciendo”. Eso es ser mediocre. Nunca está bien, ¿cómo va a estar bien?

 

 

–¿No es ser optimista, en todo caso?  “Ser mediocre es pensarque escribís bien.Levantarte a la mañana y decir: ‘qué bueno esto que estoy haciendo’. Eso es ser mediocre. Nunca está bien, ¿cómo va a estar bien?”

 

 

–Ser optimista es ser mediocre. La base del aprendizaje, de llegar a una verdad, que es lo más importante, es el esfuerzo. Es el sacrificio de levantarte todos los días y de aprender. El mediocre es muy del optimismo, muy de hablar todo el tiempo de la tira que escribió hace diez años. “Cuando hice tal programa…”. ¡¿A quién le importa?! No se dan cuenta de que eso les baja el precio. Contame qué estás haciendo ahora. ¡Abrime la computadora y mostrame qué hiciste hoy por vos! ¿Qué escribiste? ¿Qué produjiste? Me gusta la gente que produce, no puedo reconciliarme con el mediocre. Para mí el esfuerzo, la disciplina, la ética, el levantarse temprano a la mañana y ponerse a trabajar, es todo.

 

 

 

–¿Cuánto conoce de usted el que la sigue en Twitter? ¿Es como se muestra?

 

 

–Me divierto, soy una ficción de mí misma. Todo el mundo es un poco así. Lo que pasa es que hay gente que tiene un personaje más amable, quizás. Es verdad que la gente puede pensar que soy muy soberbia o pedante, o que me creo no sé qué cosa porque pongo cualquier estupidez sin pensar. Y en realidad yo estoy llorando todo el día porque escribo mal (risas).

 

 

–¿Probó con terapia?

 

 

–¡No quiero! No quiero pensar que escribo bien, no quiero estar contenta con lo que escribo. Ni agarrar mis libros y tocarles la solapa y acariciarles las hojas. ¡Qué asco, me muero si me pasa eso! Lo que quiero es abrir y decir: “¡La puta madre!”. A lo que voy es que por Twitter podés tener la precepción de que yo estoy en mi casa tomando champagne y diciendo “qué maravilla mi libro”, cuando en realidad estoy muy alejada de eso.

 

 

 

–¿Es muy obsesiva del laburo?

 

 

–Sí, no puedo tener dos días libres. No me interesa nada que no sea pensar en escribir. El año pasado fue la primera vez que me tomé vacaciones de verdad. No soy muy del ocio, no entiendo a la gente que va 15 días a Pinamar. ¡¿Qué están haciendo?! La gente va a la playa, come facturas, y a mí me agarraría desesperación y pensaría “quién me devuelve esos 15 días”. Puedo ir a un lugar, conocer todos los museos y recorrer. Siempre escribiendo. Pero esta vez me fui con mi mejor amigo a Miami y a Disney. ¡Me volví loca! Si no vuelvo a Disney pronto, voy a morir (risas).

 

 

DIME CÓMO ESCRIBES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

 

 

 

Los libros y guiones de Carolina Aguirre parecen estar destinados al éxito inmediato. Su primera experiencia masiva fue digital, y vino de la mano de Bestiario, un inventario en formato blog de los diferentes estereotipos de mujeres que copan nuestra sociedad posmoderna. Bestiario se convirtió tiempo después en el primero de sus tres libros editados en papel. Luego vino Ciega a citas, también concebido como blog devenido en novela y exitosa tira televisiva protagonizada por la actriz Muriel Santa Ana. Este blog tuvo dos millones de visitas, mientras que la serie ganó el premio Martín Fierro a Mejor Comedia y fue vendida a nada menos que 44 países. Carolina, sin embargo, sigue siendo una chica simple de Belgrano que busca departamento por Twitter y asegura, una y otra vez, que lo que escribe nunca está del todo bien.