Vaya uno a saber por qué, pero la mayoría de los actos de nuestra vida tienen olorcito a déjà vu. Desde las amenazas de guerras nuevas y la moda retro que nos atormenta desde las vidrieras hasta los romances supuestamente escandalosos que nos vende la tele aunque los protagonistas tengan cero glamour. Ay, señoras y señores, qué aburrimiento.

Empecemos con una pregunta que de naif no tiene nada: ¿por qué resulta un poquitín complicado hablar del fenómeno déjà vu? Por una razón muy simple: el término, repetido hasta el infinito desde que fue registrado por el investigador de ciencias psíquicas Émile Boirac (1851-1917) a fines del siglo XIX, dio una vuelta de tuerca, un giro sobre sí mismo y se bastardeó de manera global. Se convirtió en una suerte de contrapartida paradojal de lo que significa.

 

Déjà vu (del francés “ya visto” o paramnesia) es la experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva, que para el sujeto se presenta como antigua. O ya vista, o vivida, o sentida. Se trata del “falso reconocimiento” de algo que en realidad nunca hemos experimentado La experiencia del déjà vu suele ir acompañada por una convincente sensación de familiaridad y también por una sensación de sobrecogimiento, extrañeza o rareza.

 

Bastardeo paradojal. Hasta aquí, clarísimo. Ocurre que desde hace ya un tiempo, gracias a la inefable banalización de los mass media, el término se ha incorporado en múltiples disciplinas y en infinidad de idiomas. También en el español, claro, para referirse a lo que ya estamos “cansados, hartos, de ver”.

 

Absolutamente lo contrario del déjà vu descubierto por el señor Boirac. Se menciona así con este término a lo que hemos experimentado en la realidad de verdad, no como una situación de “falso reconocimiento” de algo, sino de auténtica repetición de hechos. Y esta expresión adquiere valor para todo, como en botica. Pruebas al canto. Según los analistas, la pasarela de la moda exhibe sin parar un déjà vu de los sesenta, los setenta o los manieristas ochentas.

 

Las modelos flacas con déjà vu Twiggy, los pantalones oxford, los cigarrettes, el pelo rapado, los minishorts, ¡el animal print!, los peinados batidos a lo Maria Callas, los rockeros suicidas (¿la jovencita Amy Winehouse no fue acaso un déjà vu de la estremecedora Janis Joplin?). Los divorcios mediáticos, con señoras que primero lloran y luego se desnudan en las revistas, las peleas feroces por dineros al mejor estilo La guerra de los Roses, los embarazos anhelados sorpresivos o estratégicamente planeados que auguran final feliz a los amores mediáticos, los señores y señoras que viven romances esplendorosos, un tanto parvularios (él o ella, de 50 o 60, con alguien 20 o 30 años menor) que se derrumban estrepitosamente, desde Demi Moore a nuestra diva platinada Susana Giménez. La misma escena repetida de la ya desaparecida e inolvidable Liz Taylor, casada por breve tiempo con el camionero Larry Fortensky para luego terminar con las arcas diezmadas. En otro orden de cosas: la amenaza de invasión de EE.UU. a Siria fue para muchos un déjà vu de Irak, Afganistán, Vietnam, etc. etc. El llamativo deambular del dólar vernáculo con cambios abismales, hasta de color, es archiconocido por quienes habitamos suelo argentino. En fin, así usado, el déjà vu resulta agotador. Aburrido. Carece de las implicancias filosóficas del eterno retorno de Nietzsche, que por cierto resulta un hallazgo extraordinario y un argumento interesante para contrarrestar el peso racional del imperativo categórico kantiano.

 

 

De Borges a Dickens

 

Son innumerables los relatos de Borges, por ejemplo “El sur”, en el que el fenómeno del déjà vu tiene implicancias que van mucho más allá del espacio y el tiempo. Los elementos oníricos juegan un rol esencial. A través de y por el sueño del protagonista gracias a la anestesia, se produce un reencuentro con alguien del pasado y de pronto ese sujeto que está internado en un sanatorio urbano, herido por un golpe casual, se trasfunde en un compadrito que muere acuchillado en una noche a pleno campo. En “La noche boca arriba”, de Julio Cortázar, el muchacho accidentado de la motocicleta termina siendo, también por una suerte de metafísica fantasmático-onírica, el protagonista de un sacrificio precolombino.

 

 

Borges explica claramente el fenómeno en su ensayo “Nueva refutación del tiempo”, en el que por una construcción idealista berkeliana, alguien parado en una esquina porteña de la mitad del siglo XX es un mismo sujeto frente a esa ochava viviendo la misma situación del siglo anterior, mil ochocientos y tantos. Digamos que Borges es en su literatura la exasperación metafísica del déjà vu. “Somos la serie de esos actos imaginarios y de esas impresiones errantes”, imagina. En el siglo pasado, Charles Dickens escribió de un modo en extremo sencillo, con sentido pragmático inglés, sus impresiones sobre esa experiencia: “Todos tenemos alguna experiencia de la sensación, que nos viene ocasionalmente, de que lo que estamos diciendo o haciendo ya lo hemos dicho y hecho antes, en una época remota; de haber estado rodeados, hace tiempo, por las mismas caras, objetos y circunstancias; de que sabemos perfectamente lo que diremos a continuación, ¡como si de pronto lo recordásemos!”.

 

 

En los últimos años el déjà vu ha sido sometido a seria investigación psicológica y neurofisiológica. Su explicación más plausible es que no se trata de un acto de precognición o profecía sino más bien de una anomalía de la memoria: la impresión de que una experiencia está “siendo recordada”. El déjà vu se asocia con la precognición, la clarividencia o las percepciones extrasensoriales y se lo cita frecuentemente como evidencia de aptitudes “psíquicas” en la población en general. Explicaciones no científicas atribuyen la experiencia a la profecía, las visiones (como las recibidas en sueños) o recuerdos de una vida anterior. Tal lo manifestado por Carl Gustav Jung en su ensayo Sobre sincronicidad. Jung cuenta que cuando pisó tierra egipcia sintió que había estado en ese mismo lugar cinco mil años antes. Seguidores un tanto excesivos de Jung y de la teoría de la reencarnación y del tránsito por vidas anteriores suelen registrar situaciones verdaderamente llamativas. Conozco muchas señoras convencidas de haber sido altri tempi Cleopatra, la Pitonisa de Delfos, Catalina la Grande o la Zarina del Quebrachal.  Aquí va una historia que reúne algunos de estos ingredientes.

 

Sexo, mentiras y videntes

 

No hubo ninguna Pitonisa de Delfos en el bautismo de la famosa (y excéntrica) Madame Blavatsky, nacida Helena Petrovna von Han, en un pueblo ruso, Ekaterinoslav, situado en las márgenes del río Dnieper. Corría el año 1831: la niña había nacido muy débil y sus padres pensaron que moriría, de modo que organizaron a las corridas un bautismo según el rito ortodoxo. Estaban en la iglesia, todos de pie, con la niña en brazos. De pronto, la llama de una vela incendió la sotana del sacerdote y le produjo quemaduras a él y a unas cuantas personas más. La gente, en su mayoría supersticiosa, consideró el episodio como de mal augurio. Todo es según el cristal con que se mire. A mí no me parece que le haya ido lo que se dice mal a esta mujer. Sí es cierto que su vida y ella misma estaban impregnadas de rarezas. Todo lo que de ella se cuenta es bizarro. Y lo que ahora les contaré yo, aún más.

 

 

La historia oficial de Blavatsky dice que desde pequeña adoraba los dulces con nuez moscada, que utilizada en exceso produce ligeros efectos alucinantes. Se dice, también, que la niña incursionaba por zonas abismales. De hecho, su sonambulismo la llevó a caminar por los techos bien altos de la casa de sus abuelos maternos, un verdadero palacio, donde se crió luego de la muerte de su mamá, cuando sólo tenía 11 años.

 

Devoró, más allá de los dulces, la biblioteca de los nonos cultos y se volvió ella misma, más que culta, erudita. Y lo que es peor, esotérica. Su mente se convirtió en una suerte de receptáculo infinito de información. Amontonó info sin criterio selectivo, como si en aquel entonces hubiese bajado todo lo que suministra Google desde la a hasta la z.

 

Acopió data y conocimientos diversos en tal cantidad que, por lo menos en algunos de los textos que he alcanzado a leer, no parece haber llegado a procesar la cuantiosa información.

 

Digamos que sus pretensiones –unificar la ciencia y la cultura, las religiones, las filosofías desde Platón para arriba y para abajo, desde el principio de la historia del mundo hasta el XIX que transitaba– eran un tanto desmesuradas.

 

El esoterismo complica, no clarifica, ya que es oculto por naturaleza. A Madame –pese a haber escrito Isis sin velo– se le hizo un barullo importante en la cabeza. Impulsora de la teosofía moderna, lo que escribe resulta tan oculto, pero tanto, que los siete velos de Salomé resultan chicharrón de vizcacha si uno ambiciona desnudar su pensamiento.

 

Quienes la rodeaban sostenían que tenía dotes de vidente y adivinaba a diestra y siniestra lo que ocurriría, con excepción de su propia vida. Se casó a los 16 añitos con un señor mayor, Nikifor V. Blavatsky, de quien heredó el apellido y nada más. Jamás consumó el matrimonio y huyó del marido la noche de bodas. Ahora bien: lo que no registra la historia oficial ha sido acuñado por el boca en boca y devenido leyenda.

 

Y dice así: cuando se casó, Madame intentó efectuar con sus poderes mentales un cambio ostensible en ciertos atributos del señor, quien como todos los Adanes, llevaba expuesto lo que las Evas ocultan. Pero no lo logró. El señor ni se inmutó. Antes de huir despavorida a recorrer el mundo (Asia, India, Sudamérica, África, Europa del Este, Estados Unidos, México, etcétera), le dedicó unos versitos tremendos al frustrante partenaire: “Cariño, así no va andar/ iré-me por los caminos/ a buscar otra dulzura/ que contigo, bien se ve/ sólo obtendré una llanura”. Y así fue. En su errático viaje, siempre portando deliciosos dulces con nuez moscada en la mochila, Madame encontró a un príncipe hindú, quien le explicó que su destino sería viajar eternamente por el mundo. Previo a esta adivinación, le enseñó con claridad dónde estaba su kundalini, palabra que nos es muy familiar gracias a Ludovica Squirru, durante la maithuna (ceremonia sexual) que duróexactamente ¡cuatro meses, tres días y diez minutos! Y así, su maestro hindú la convenció de que era una diosa, en un juego erótico que no tuvo fin. Pues se sabe que la consigna oriental es que el varón retenga sabiamente lo que en Occidente suele derramarse con suma velocidad. Madame Blavatsky quedó con la mirada extraviada para siempre, y desde esa experiencia agotadora dejó de interesarle el sexo para dedicarse a escribir y entregarse a los laberintos confusos – tangencialmente orgásmicos– de su mente. Un déjà vu total.