La mayor de las Islas Baleares es un must del verano europeo. Combina playas, escenografías medievales y la elegancia que la convirtió en la elegida de la realeza.

Haber nacido en un país que es casi un continente me ha llevado siempre a volver mi mirada sobre las islas: tienen la magia de lo que no tiene lazos, de lo librado al azar. El concepto de isla es inmediatamente atractivo. Esta nota aprovechará para traernos resabios del verano europeo desde uno de sus destinos más regios en el sentido literal: Palma de Mallorca.

 

Calas, playas, puertos

 

La más grande, bella e importante de las Baleares cuenta con infinidad de playas y encantadoras y pequeñísimas calas, entre ellas Can Pastilla, Cala Blanca, Es Trenc, Palmanova y la naturista Cala Fornells. La visita al atardecer del muy trendy Port D’Andatx no debe dejarse pasar, con sus bares en la rivera, los majestuosos yates y la música cool flotando en el aire.

 

Este refugio de reyes (los soberanos de España vacacionan allí históricamente) posee uno de los sitios más sobrecogedores del mundo: las Cuevas del Drach. Escenográficamente intervenidas por el hombre, encierran a más de 25 metros de profundidad un lago de aguas cristalinas. En este sitio se desarrolla un espectáculo de música clásica que finaliza con un paseo en góndola en un show digno del mejor montaje de El fantasma de la ópera.

 

 

 

 

Una isla, muchas islas

 

Palma es fundamentalmente variada. El recorrido comienza por su centro histórico, medieval y enredado en callejones que nos hacen perdernos en el tiempo y en la historia. La Ciutat, orlada de palmeras y custodiada por lujosos yates, tiene como epicentro la maravillosa catedral gótica.

 

Desde allí parten las callejuelas que llevan a cafés gourmet, restaurantes sofisticados y cancheras boutiques. Cappuccino es una cadena de restaurantes-boutique con deliciosa música lounge, un must.