Alejandro Seselovsky viajó a la tierra del vino para presenciar y registrar el concierto más importante en la historia del rock nacional. Un relato profundo sobre la odisea de 120 mil personas dispersas en el gélido campo mendocino con la única intención de vivir y protagonizar esta insólita feligresía ricotera. Y no morir en el intento.

La primera vez que una criatura de la especie humana tomó un par de ramitas secas e hizo un fuego para sobrevivir fue hace un tiempo ya. La última está sucediendo ahora, en este descampado inverosímil, sobre esta vieja pista de turismo carretera en las afueras de un pueblo que está en las afueras de una ciudad, en esta desventurada noche de rock, en este delirio tiquetec, frente a esta caravana demencial, delante de ese escenario de pasiones, en este show imposible, en este concierto loco y dramático y conmovedor y salvaje que el señor Indio Solari está ofreciendo para todos nosotros. Hace frío. El frío que hace después de que uno se muere. Pero estamos vivos. Escuchando que un corazón no se endurece porque sí.

 

Los puntocoms de noticias, que permanecen en la prehistoria de la titulación web, vieron en el dato título puesto: 120 mil entradas vendidas para el concierto del Indio Solari en San Martín, un pueblo a 40 kilómetros de Mendoza capital en cuyo casco urbano no vive ni la mitad de todo ese público: 50 mil habitantes reciben a 120 mil enardecidos ricoteros. Hola, bienvenidos.

 

Ciento veinte mil entradas vendidas quiere decir: el show más vendido en la historia del espectáculo argentino. Al final el Indio era el más vendido: bang, bang, estás liquidado.

 

 

Ahora, a 600 metros del escenario, unas quince personas formamos una ronda alrededor de un fuego que nos devuelve, por un rato, a la certidumbre de que vamos, en algún momento, a volver de esto que nos pasa, ponele que se llame hipotermia. La discusión es sobre si quemar o no quemar una larga manguera de plástico aparecida entre los pastos de la noche. Puede despedir un humo tóxico. No, de ninguna manera lo puede despedir. Asamblea soberana de muertos de fríos charlando acerca de sus propias subsistencias. Triunfa la posición menos reflexiva, como era de suponer.

 

Y la manguera tubo encendida suelta un espeso humo negro que nos impide vernos. Hay un par que se van. En la ronda hay un chico, Lucas, que tiene encima 19 horas de micro hechas desde Salta. Se vino solo a ver al Indio. Y ahora está acá, frotándose las manos, mientras el Indio está allá, cantando viejos himnos y, también, frotándose las manos porque 120 mil entradas vendidas a 300 pesos la entrada, son, vienen a ser: Lucas va recuperando temperatura.

 

En los bordes laterales del campo hay puestos de remeras oficiales a 150 pesos la prenda y una larga cadena de baños químicos a repetición. Hay unas altas murallas de paredes símil durlock por donde se asoman unas cabecitas que te preguntan: ¿Cerveza? Si les respondés que sí te van a pedir los 50 pesos que sale el vaso de litro y te lo van a pasar por encima de la murallita. También puede ser que quieras una hamburguesa. La cerveza funciona como la rúbrica del frío: no estás lo suficientemente amenazado por la poco cordial noche bajo cero así que vas, te comprás una cerveza y entonces sí podrás decir que no fuiste a ver al Indio: fuiste a sobrevivirlo.

 

Auque, en rigor, nadie de toda esta gente vino a ver al Indio Solari, todos vinieron a ver lo que quedó de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

 

Un historia en velocidad, por si hiciera falta, dice que en la ciudad de La Plata, en los últimos setentas, una banda irregular, con cantidad de músicos alternado instrumentos y tareas, empezaba lentamente a entregarle al rock argentino su revolución más dramática, la más profunda experiencia de masividad de los márgenes y discursiva de resistencia. Lo ha dicho con bastante acierto Andrés Calamaro: dentro del rock, los Redondos son el peronismo.

 

Por lo que el señor de 64 años que apenas se mueve sobre un escenario allá a los lejos tiene que venir a ser Juan Perón. Los de Flacso que afanaban con papers de Alberto Olmedo y su nuevo contrato de lectura hace años que tienen para robar con los Redondos y el peronismo. Y no, nada.

 

Valentina tiene 40 años y un ex marido que la acompañó toda la vida: los Redondos en Mar del Plata, el Indio en Tandil, el Indio ahora acá. Se separó y está furiosa con el padre de sus hijos porque está de novio con una pendeja a la que le gusta Cerati, y eso es lo peor que le puede pasar a un ricotero: Soda Stereo, con sus integrantes salidos de la carrera de Publicidad en la Universidad del Salvador, es el enemigo apátrida, es la puta oligarquía. El ricotero es un personaje apasionado, tan íntimamente argentino en su feligresía ciega, tan vindicador de la épica del amor por su banda, que viene a ser su pueblo. En un intervalo del show, porque ahora además llueve y se mojaron los equipos, la gente entona no las canciones que Solari les da, sino las que ellos tienen para Solari.

 

Y se hacen escuchar: Redondo, Redondo, Redondo/ Redondo no lo pienses más/ Andate a tocar a la Luna /La Luna la vamo’ a copar. Hay una fuerte apuesta por la posición sentimental, bastante enamorada de sí misma, un poco sobreactuada, rabiosa, con una clara resonancia de enfado social casi llegando al desprecio por la ilustración. Por momentos parecen desesperanzadores y por momentos les envidio la fe. Son como son, y están acá, en su propia misa pagana. Todavía no volvió la luz al escenario, así que hay tiempo para más cantitos: Olé olé, olé olé olá/ Sólo te pido que se vuelvan a juntar.

 

Las tres personas que le dieron arranque al motor redondo y luego le escribieron su leyenda completa son Carlos Alberto “el Indio” Solari; Eduardo Beilinson, “Skay”, y Carmen Castro, es decir, “la Negra Poly”. En noviembre de 2001, después de 25 años de ruta, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota anunciaba la separación. Lo que vino después fue un silencio que parecía imperecedero hasta que Solari de un lado, Skay y Poly del otro, se gritaron tanto que todos escuchamos lo que tenían para decirse. Parece que había unos videos, unos shows en vivo, unos derechos sin repartir: la pelea fue pobre, indignísima, muy Luis Ventura.

 

Nadie habla de aquello, pero las masas le dan mecha al fulgor del regreso cada vez que pueden. El cantito más largo, el más complejo, la marcha de guerra, sin embargo, es otra: Vamos, Redondos, con huevo vaya al frente/ Que te lo pide toda la gente/ Una bandera que diga “Che Guevara”/ Un par de roncaroles y un porro pa’ fumar/ Matar un rati para vengar a Walter y en toda la Argentina comienza el carnaval. Walter Bulacio es el muerto que les da bandera a todos, es la constatación de lo que la poética rodondita anuncia: el Estado te mata, la policía te mata. Lo hace en las canciones pero también en los conciertos. El 19 de abril de 1991, los Redondos dieron un show en el estadio Obras Sanitarias. Personal de la comisaría 35 de la Policía Federal Argentina detuvo a Walter, que pasó la noche adentro. Salió de allí al día siguiente directo al hospital Pirovano, con un severo traumatismo de cráneo. Llegó a decirles a los médicos que lo atendieron que había sido golpeado por la policía.

 

 

Murió cinco días más tarde. Hace 22 años que este asesinato no encuentra culpables. Y entonces la gente pide matar un rati, para vengar a Walter. Vuelve la luz. El Indio canta otra vez.

 

El sonido es decididamente malo, o será que es todo lo bueno que puede ser en estas circunstancias de viento cuyano, que lleva y trae las canciones por el aire, como si las repartiera en pedazos entre los que estamos acá, aguantando el show más duro de nuestra vidas: como si fuéramos tantos, de verdad tantos, que una canción no alcanzara para todos y entonces el viento se la hace sonar un rato a los de las izquierda, que escuchan: “Mi amor, la libertad es fiebre/ Es oración, fastidio y buena suerte”. Después el viento cambia y la escuchan un rato los de la derecha: “Otra vulgaridad social igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo”. Las dimensiones son gigantes, brasileñas: seis torres de sonido distribuidas en un campo donde cada vez más se ven, esparcidos, atávicos, las luces de los fueguitos que la gente va encendiendo.

 

Afuera (afuera es un lugar lejísimos) hay un campamento: toda clase de carpas, autos que hacen de carpas también, restos de asados sobre parrillitas repentinas y muchas botellas vacías. Allí volverán cuando todo esto termine los que se quedaron fuera de la industria del turismo rock, que trajo unos 700 micros repletos de gente que pagó entre 1.500 y 2.000 pesos su pack ricotero: traslados ida y vuelta, entradas al concierto, hotel. Parece que hay muchos padres que iban a ver a los Redondos que les pagaron el viaje a sus hijos para venir a ver a Indio. Un chico de 21 años con grandes  rulos oscuros contaba en el micro antes de llegar que el papá siempre le hablaba  de las corridas, las balas de goma, el aguante. Y que él, no puede creerlo, ahora está acá. Lo contaba con una alegría sin serenidad, casi como deseando una razzia.

 

Como el hincha de Racing, el ricotero es un militante de la intemperie. Cree, el ricotero, que sólo se goza lo que se sufre. O tal vez haya que usar el compuesto: lo que se ha sufrido. Porque acá hay muchísima gente que la está pasando mal. A la ronda de fuego llega una chica cuya actividad primordial en este momento es tiritar: no puede cantar los himnos, no puede calentarse el cuerpo con el fervor de su tribu, no puede ni siquiera amar al Indio. Llega envuelta en su bandera del amor, como las chicas de Domingo para la juventud, que salían en pantalla con el trapo en la espalda pero esta vez el trapo dice, frasea: “Vivir sólo cuesta vida”. El ricotero es aforista.

 

La chica llega traída por un novio que la aguanta, que la cubre del frío y de ser los dos tan redondos a muerte. Es una chica pálida que además ha empalidecido y que lleva el espanto en la cara y, sin embargo, en una semana la tenés diciendo que nunca le pasó nada mejor que estar acá ahora, haber estado en Mendoza el otro día.

 

Entre las muchas misiones imposibles de la noche podemos destacar la de conseguir un café. Podría ser un dato menor, si no fuera porque el reparo caliente de una infusión de salvataje es una ausencia que está queriendo decir algo más: a ver si te creíste que estás en el Personal Fest. Acá no hay carpa de prensa, no hay bambalinas para cierta gente, no hay un techo, no hay nada. Es como una inmensidad de la que es imposible salir, a menos que te pongas a escalar solo bajo la lluvia mendocina los seis kilómetros de ruta que hay hasta el pueblo. De acá no sale nadie hasta que no termina “Jijiji”. Y el que sale lo hace por arriba de las vallas, en brazos de los paramédicos. La sorpresa de la noche es que haya un VIP. Será, por caso, el único VIP en la historia de los compartimentos reservados que está a cielo abierto, y si te llueve, te llueve. La única diferencia con el resto de la plebe es que está ubicado a cuatr metros de altura, sobre una estructura  de formaciones tubulares que sostienen este piso de maderitas donde, dicen en lo corrillos, estaría Florencia Kirchner. Y la chica esa que se hace llamar la novia de Boudou. Y Aníbal Fernández, que llegó con una comitiva de autos que han quedado estacionados atrás del escenario. La noche es densa pero no debería ofrecer mucha dificultad comprobar que todas esas personas están en este cuadrado inventado en el aire. No están. O si están, no están acá. Acá hay borrachines con camisas Hilfiger que se abrazan en los estribillos y se sienten afortunados de la vida que tienen. El Indio también tiene sus chetos. “No lo soñé/ Ibas corriendo a la deriva/ No lo soñé/ Los ojos ciegos bien abiertos.” En el centro del centro de todo el cuerpo de escritura que los Redondos han producido se encuentra esta línea de “Jijiji”, la canción que cierra el show, el himno de todos los himnos.

 

 

Solari ha hablado de la risa perversa de “Jijiji”, de su sonido ambiguo. Y ha dicho que sí, claro, no podía ser de otra manera, por supuesto que todo tiene que ver con la cocaína: “Porque si tenemos el cuchillo sobre la mesa, es simplemente un cuchillo, no es ni bueno ni malo. La cocaína es una cosa, no es la culpable de nada”, dijo el Indio.

 

El momento de “Jijiji” esta noche será, una vez más, la consagración celebratoria que el ricotero tiene consigomismo: la conformación del pogo más grande del mundo, y la confirmación de que nada ha cambiado.

 

Para una aproximación a pogo: Danza tribal caótica que consiste en el desplazamiento lateral de un conjunto de cuerpos que saltan dentro de un círculo impreciso y que buscan establecer una serie de colisiones mientras entonan el momento culminante de un canción que está siendo ejecutada en vivo por el solista o la banda de la que los cuerpos son, como se ha dicho, feligresía. “No lo soñé”, canta el Indio, y estira el final de la línea porque ahí encuentra la marca de agua de su voz, la voz delIndio, que sólo se parece a sí misma, quela hemos escuchado tanto, que será para siempre la voz de los Redondos y seguirá arrastrando a sus masas ricotistas hasta donde le dé la cuerda. Es que la voz es la identidad: venís a ver al Indio, cerrás los ojos y estás escuchando a los Redondos. Vas a ver a Skay, cerrás los ojos y estás escuchando a Skay.

 

 

Ahora, también hay que decir: “Jijiji” lo paga todo. Porque nos podemos hacer los lindos delante de la muchachada del vino en cartón, pero cuando la fragua pela el caudal de energía que suelta es, de mínima, conmovedor. Una incandescencia delante de la cual no es frecuente quedar en ninguna de las vidas que nos permitamos tener.

 

 

Ahí están todos estos chicos, ególatras del desahucio, cuya definición según la Real Academia Española es: “Dicho de un médico: admitir que el enfermo no tiene posibilidad de curación”. Los cinco minutos que dura “Jijiji” son la eternidad que estos chicos vinieron a buscar.

 

No hay bises, no hay nada más: el universo Redondo es drástico. Y la gente se va. No salimos como se sale de un concierto organizado por las grandes productoras, salimos atravesando unos alambrados recortados, escalando unas arenas que no sabemos quién ha dejado acá, evitando el meo de los que paran entre el gentío a sacarse la cerveza de encima: es el horror desplegando toda su seducción. Desde temprano el show del Indio presume su maravillosa capacidad para suprimir años de civilización aplicada a la organización de eventos masivos. De todas formas, para su público, salir así son muy buenas malas noticias.

 

 

Y en medio del éxodo, como para bendecirnos después de todo lo que ha pasado aquí esta noche, como dándonos la bienvenida a la belleza de las cosas, o tal vez sea un homenaje al desclasado perpetuo, a los 120 mil que ahora se arrastran saliendo del sufrimiento de haber sido tan felices, o quizá no quiera decir nada, es simplemente un hecho meteorológico fortuito, no sé, no sabemos, la cosa es que, de golpe, nieva.