Es uno de los artistas más trascendentes del Brasil, aunque sin la fama de Caetano o Chico. Musical y profundo, no entra fácil, es un gusto adquirido para paladares finos. Si no lo tenés, buscalo y lo vas a encontrar. De nada.

Una vez le preguntaron a Troilo por la madre, y el gordo le dijo al periodista: “Cómo no, amigo, siéntese. ¿Tiene tiempo, no? Mire que le voy a hablar de mi madre”. Muy bien, yo le digo a usted, amigo: “¿Quiere que le hable de Ney Matogrosso? Cómo no, ¿tiene tiempo? Mire que le voy a hablar de Ney Matogrosso”.

 

 

 

Partamos de la base de que Ney Matogrosso, si bien es uno de los artistas más trascendentes de la música popular brasileña, no tiene la popularidad de un Caetano Veloso o el prestigio de un Chico Buarque, ni siquiera la virtud social de Gilberto Gil, pero es tan importante como ellos. Y mucho más pintoresco, en el más estricto significado de esa palabra.

 

 

Acercarse a la vida y a la obra de Matogrosso es quizá la experiencia más extrema para conocer los bordes más representativos de Brasil. Porque Ney nunca intentó pintar un país para turistas caretos, siempre tuvo en una mano al Brasil brillante y en la otra mano al oscuro. En una mano el yin y en la otra el yang, en una mano el Brasil que adoramos y en la otra el que asusta.

 

 

Y no estoy hablando de un músico que pintaba vulgares violencias callejeras, o salones de reviente, o desigualdades sociales. Estoy hablando de un artista que agarraba el pincel y demostraba cuánto sufrimiento puede haber en medio del paraíso más bello de todos.

 

 

Recorrer la obra de Matogrosso es un viaje similar al que Dante y Beatrice encararon en ese círculo del Infierno, que era un lugar soñado pero donde sólo te ocurrían cosas horribles. A modo de advertencia para los que están leyendo y son muy sensibles, no pasa nada, no duele nada escuchando a Ney Matogrosso, pero se van a topar con verdades que no por solaparse desaparecen, ¿me explico? Ney es poseedor de una lucidez sólo comparable con su exquisito buen gusto.

 

 

Es el gay más adorable y admirado que tuve el gusto de conocer, el cantante con la voz más bella que escuché en vivo, en el medio exacto entre un castrati y Mick Jagger. También un verdadero animal de escenario y un valiente luchador abonado a toda causa de injusticia marginal que se le cruce. Hasta es dueño de una porción de selva tropical donde preserva a unos monitos en peligro de extinción. En fin.

 

 

El más valiente de la noche

 

 

Quiso el destino depositar mi mens sana en mi corpore sano en un par delugares, a eso de los 20 años, donde cruzarme con Ney Matogrosso me inspirómucho de lo que después haríade mi carrera,digamos. No hablo de una indirecta influencia artísticani de una enseñanzaque me abriera puertas o algo así.

 

 

Estoy tratando de significar que las dos o tres veces que personalmente estuve involucrado con Matogrosso, su obra o su ejemplo, quedé frente a un abismo desconocido que me llenó de templanza y casi diría de sabiduría.

 

 

La primera vez fue en una radio, creo que Mitre, donde trabajé a los 20 años. Épocas de dictadura feroz, se prohibían discos por la tapa y artistas por su aspecto. En la pila de prohibidos, uno llamó mi atención, aún hoy ignoro por qué justamente ese entre tantos de Thin Lizzy y de Ian Dury and the Blockheads.

 

 

Ese disco era Seu Tipo, que recién salía (estamos en 1980), y en la tapa se veía a un Matogrosso divino, de jean y remera, apoyado en una pared. Nada extravagante, pero lo que me hizo reparar en él y hacer la maniobra casi peligrosa de esconderlo en otra tapa y robármelo para sumarlo a la maravillosa discoteca que estaba armando en mi cuarto con todos esos discos que había que destruir, fue su mirada. Entre sádica y amistosa, cómplice de algo que no sabía qué era, como participándome de un plan secreto que sólo él podría resolver.

 

 

El segundo encuentro ocurrió en circunstancias más riesgosas. Una noche en Jazz & Pop, el legendario antro jazzero de San Telmo, mientras Jorge Navarro tocaba canciones de su genial disco Con polenta, la Federal decidió enterarse de quiénes eran todos esos desarrapados que estaban escuchando esa música diabólica. Entraron a los golpes, como siempre hacían, y gritando, como siempre hacían también, creyendo que asímetían más miedo, y nos sacaron a patadas en el culo a la vereda.

 

 

Todos contra la pared, documentos en la mano, como en una película de Polanski, y alumbrados con las luces de la patrulla. De pedo nomás fui uno de los primeros en ser requisados, y al notarmi intrascendente inofensividad me corrieron para la calle. Mi primo había quedado atrás, y mientras lo esperaba presté atención a uno de camisa blanca y jogging rosa pálido que era separado mientras trataba de explicar algo en portugués. Ante la cuadratura mental de los uniformados, el de jogging rosa decide tomar al toro por los cuernos y, parado de frente al poli, le dijo que lo llevara nomás y les dio una tarjeta a dos amigos para que avisaran por teléfono que estaba preso. Encaró al patrullero con tanta convicción que el jefe del operativo empezó a esforzarse para entender a los dos muñecos que hablaban un idioma ininteligible y cayó en la cuenta de que si metía en cana al puto de joggineta se metería en problemas, asíque con toda la mala onda del mundo lo sacó del medio y basta de problemas.

 

 

Era Ney Matogrosso, que lejos de irse, se quedó mirando el procedimiento incomodando a los polis, desconcertados con esa presencia. Al otro día, cuando conté mi aventura en la radio, uno dijo: “Bueno, hay que venir a Buenos Aires vestido de Carmen Miranda. Digamos que hay que tener pelotas”, frase que nunca olvidé y repetídurante años como un mantra cuando las cosas no se ponían fáciles en el escenario o en la cabina.

 

 

 

De ahí me viene el amor por este tipo. Y de ahítambién que Seu Tipo siempre fue uno de mis discos preferidos. Uno de los que me llevaría al fuego eterno conmigo, al lado de Marvin, Miles y Ástor. Seu Tipo es una obra momentánea, de esas que nunca será considerada un clásico, pero que pinta un momento mejor que un cuadro. Es que Ney nunca fue un gran compositor, pero siempre eligió un repertorio tan certero que, después de escuchar cualquier canción, uno pensaba inevitablemente que si no la había escrito, alguien la había compuesto para él. Y es que no se limitaba al gran caudal de genios compositores del Brasil, no se quedaba en los grandes éxitos.

 

 

Salta de un Jobim o de un Veloso a un desconocido. Antes de entrarle a Seu Tipo me atrevo a recomendar dos discos de Ney muy recientes: hoy, a los 74, Ney redescubre al inmenso Cartola en un disco con sus temas, y arma una recopilación de baladas en Romántico, que un día sí serán clásicas, me imagino. Seu Tipo es el quiebre exacto donde Ney deja de provocar incendios en el escenario apareciendo travestido o semidesnudo para empezar a ponerse sacos y zapatos, cortarse el pelo y convertir esa imagen desmesurada en una sobriedad cool que no hace más que enaltecer su transgresora personalidad.

 

 

Así como Paul Weller pasó del punk a inventar el acid jazz, o como Dylan dejó la criolla y la armónica y se electrificó mientras los ciegos y sordos le gritan Judas, o como el mismo Luis Alberto Spinetta se corrió del rock para hacer Artaud, un día Ney quemó su ropero y salió de compras sin cambiar el cerebro.

 

 

Seu Tipo es uno de esos discos que no se explican, se escuchan. Y que esto quede acá, ¿OK? Envidio a cualquiera que lo escuche por primera vez. Saludos a todos, muchas gracias, conozco la salida, adiós.

 

 

 

Ney nunca pintó un país para turistas caretos, siempre tuvo en una mano al Brasil brillante y en la otra mano al oscuro. Enuna mano el yin y en la otra el yang, en una mano el Brasil que adoramos y en la otra el que asusta.