El desprecio, en psicología y otras ciencias sociales, es una intensa sensación de falta de respeto. El desprecio supone la negación y humillación del otro, poniendo en duda su capacidad e integridad moral. Es un sentimiento muy parecido al odio, pero parte de una persona que necesita hacer notar que se siente superior. Una persona que tiene desprecio por otra mira a esta con condescendencia. La persona despreciada es considerada, siempre, indigna.

El viejo principio de que la “familiaridad genera desprecio” significa que nos enferman o molestan hasta más allá de lo inimaginable las personas y lugares que vemos a diario. Sin embargo, para muchos otros, la familiaridad con frecuencia produce atracción. Esto se documenta en psicología como “efecto de la mera exposición” y con claridad se entiende que la excepción a esto es la de aquellos objetos o personas que producen aversión desde el principio.

“Más allá de la imagen o apariencia, un sujeto puede ser despreciado por lo que piensa o siente, por su raza o condición”, sostiene Malele Penchansky en su columna de opinión de esta edición de El Planeta Urbano. “Desde Caín y Abel, pasando por la guerra de las Cruzadas, el holocausto de la locura hitleriana enarbolando la bandera de la raza aria, la persecución a los negros (de ello da fe Nelson Mandela, sobreviviente del martirio del apartheid), hasta la inmolación de las mujeres sometidas al horror de las leyes islámicas en pleno 2013, todo parece ser posible en esta vida, en este mundo, como consecuencia del ejercicio del desprecio. Lo peor es quizá el sentimiento de resentimiento y de venganza que sobreviene al castigo de ser humillado por ser otro.”

Desconsideración, arrogancia, descrédito, humillación e indiferencia son sensaciones hermanadas al desprecio. El otro queda paralizado, rehén injustificado de la locura ilimitada. “La presente historia pretende explicar cómo mientras yo seguía amándola y no juzgándola, Emilia, por el contario, descubrió o creyó descubrir algunos defectos en mí y me juzgó y dejó, en consecuencia, de amarme”, dice Alberto Moravia (escritor italiano, 1902-1990) en su maravillosa novela El desprecio.

Una definición contundente. El desafío, siempre, es ver cómo salir de ese círculo venenoso que se retroalimenta.

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