El nuevo rico Gatsby, la virgen Esclaramonde y la pobre aspirante a actriz que intenta suicidarse en una fiesta de Hollywood son apenas tres de los personajes que entran en la categoría del título.

Si no vieron ninguna de sus adaptaciones cinematográficas, mejor. Y si no, no importa. Porque El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald (que volvió a las librerías seguramente gracias a su última remake en el cine), no sólo sigue resistiendo el paso del tiempo en las butacas, sino que logra lo mismo con sus páginas. Bueno, a decir verdad, la novela logra bastante más. Escrita en 1925, Fitzgerald captó con especial talento algo que luego innumerables ficciones han intentado hacer con un personaje de por sí fascinante: el nuevo rico. El que en sus autos o mansiones, en sus fiestas o piscinas, en ese mundo opulento y propio que construyó y cree suyo, es siempre interpelado en voz baja por el resto, que se pregunta con desprecio: “¿Cómo lo hizo?”. Y justo Jay Gatsby, nacido como James Gatz (porque de Ripley a Don Draper, los recién llegados entre los ricos suelen haber tenido antes otras vidas y otros nombres), es quizá demasiado joven y sobre todo demasiado abstemio para haber sido lo que las malas o buenas lenguas suponen. Pero el verdadero desprecio le llega al momento de enfrentarse a un viejo amor, de cara al marido de la mujer a la que amó y ama, un joven de cuna acomodada en cuya cama duerme ella, con su pequeña hija en la habitación de al lado y su amante a pocos kilómetros, con su marido. Un triángulo en ocasiones cuadrangular que, como toda buena pelea de pesos pesados, también cuenta con espectadores famosos en primera fila. Porque aunque todavía no estén de moda los paparazis, su función la cumplen todos. Nosotros incluidos.

 

 

Bendita tú eres

 

 

Quien pudiera espiar en vivo la vida de las mujeres allá por 1187 no sólo haría historia. También encontraría –entre doncellas dudosas, madres, criadas, madamas o vírgenes– desprecio en estado puro. Las mujeres en ese entonces eran tratadas como niños (que no eran nada) o incluso menos que ellos, porque ni si quiera heredaban.

 

 

Eran propiedad de sus padres y luego de sus maridos (puentes para su único porvenir decente). Y sin embargo había un subterfugio para escapar de ese destino: apelar a otro potencial propietario con derecho propio, no menos inclemente aunque sí menos tangible: Dios. A él se entregará la joven Esclaramonde, desafiando a su padre y a su futuro esposo ahí, en plena boda, con el tercero en discordia observándolo todo, con el altar alzado en su nombre de por medio. La ceremonia fue trunca pero también espectacular e incluyó que la joven se rebanara una oreja y prometiera públicamente recluirse para siempre entre cuatro paredes selladas a cal y canto, con una sola abertura con barrotes y –faltaba más– ninguna puerta por la cual poder pasar. Pero horas antes de su aislamiento, un asalto no querido termina en embarazo y, meses después, en la llegada de un niño, el primero nacido de una recluida “certificadamente virgen” (y ya saben cómo funcionan los “milagros”). El reino de los murmullos, de Carole Martinez, escritora francesa nacida en 1966 que ganó por esta novela en 2012 varios premios en su país, es una rareza para destacar entre la narrativa actual, que captura con una poesía brutal y alucinada lo que podía ser el destino de las mujeres en el siglo XII, épocas cargadas de enfermedad y virtud, de juventud e ignorancia, de muerte y magia.

 

Una rara doncella, un marido y un convento.

La chica de tus sueños

 

 

Toma I: Una joven y bella mujer llega a Hollywood con ganas de triunfar. Toma II: La chica sostiene un trago mientras se tambalea en una fiesta frente al mar. Toma III: Con su pantalón corto inmaculado y sin soltar el vaso, se deja mecer y luego hundir por las olas, hasta desaparecer. Las tomas se suceden como en una película y, al igual que en cualquier guión que se precie, la chica es salvada (precisamente por un guionista de Hollywood). Claro que esta no es una chica cualquiera. En realidad, ninguna de ellas lo es. Sólo que en ese tipo de reuniones suelen ser tantas, tan jóvenes y tan hermosas, que parecen Intercambiables y, en general, lo son. Pero ella tiene ya 27 años, ninguna película en puerta y una pulsión de muerte demasiado intensa como para no haber triunfado todavía.

 

 

Publicada a fines de los 50, Que el mundo me conozca, de Alfred Hayes, un escritor británico muy poco conocido en la Argentina y recién ahora difundido gracias a la editorial La Bestia Equilátera, es una novela distinta, al igual que su protagonista. En algún sentido pariente de El gran Gatsby –con sus escenarios festivos, sus ambientes fastuosos y sus personajes extravagantes–,la historia en sí misma es una vuelta de tuerca a la típica ficción de “chica linda de provincia que lo hará todo con tal de triunfar en el cine”. Con un manejo original de los diálogos (a veces transcriptos, otras narrados) y una particular sensibilidad narrativa, Hayes logra atrapar ese exclusivo tipo de cinismo y de desprecio hondo que abunda entre los poderosos.

 

 

LA FRANCESA CAROLE MARTINEZ SE SUMERGIÓ EN EL MUNDO DE LAS MUJERES DEL SIGLO XII. FITZGERALD PINTÓ LOS AÑOS 20 COMO NADIE. Y HAYES MERECE SER CONOCIDO.