Emprendedor infalible, fundó una compañía y se hizo rico antes de los treinta. Crisis y tiempo sabático mediante, ahora está empeñado en enseñarle a la gente a ganar plata.

“Nos estamos mudando”, dice a cada rato Andy Freire para justificar lo que considera una oficina que no termina de brindar las comodidades necesarias a su gente. Alguien invita café, alguien acepta y el tipo a cuyo nombre una aerolínea extendió la tarjeta Three Million Mile Member ofrece ayuda con naturalidad.

 

La oficina, por cierto, no tiene nada de malo: ocupa el último piso de un moderno edificio en Colegiales, con ese clima distendido signado por la decoración que Silicon Valley instaló en el imaginario colectivo. “Hoy me estoy divirtiendo como loco”, dice entre carteles que refieren a Los Simpsons, una mesa de ping-pong que oficia de escritorio, pizarras con anotaciones en diferentes idiomas y marcadores de todos colores. Definir al hombre en cuestión tomará unas líneas: es licenciado en Economía, comenzó su carrera en Procter & Gamble y a los 24 cofundó Officenet, a la cual en cinco años llevó de cero a más de 80 millones de dólares y mil empleados.

 

 

–¿A qué se dedica hoy exactamente?

 

– Soy presidente de la Fundación Endeavor Argentina, que promueve la actividad emprendedora, y hace un año dejé de ser CEO de las compañías que formaba. Me tomé un sabático intenso de dos semanas y decidí empezar a promover la actividad emprendedora en el terreno privado y social a nivel masivo. Hay una pata que tiene que ver con proyectos de investigación y docencia y, en mi extremo hiper mercenario capitalista,armé Quasar Ventures, un fondo de  inversión donde creamos compañías; Restorando.com es una de ellas y le está yendo superbién. Dedico un 25 por ciento a mi vida mercantilista y otro 75 a hacer cosas que me gustan.

 

 

–¿Por qué promover la actividad emprendedora?

 

–Porque creo que es uno de los problemas de la Argentina. Estamos entre los primeros cinco países del mundo en porcentaje de población que se dedica a emprender, pero en tasa de éxito estamos entre los cinco peores. Entonces empecé con las columnas en Telefé y en Perros de la calle y me propuse ser el paladín del emprendedorismo para doña Rosa.

 

 

–Al menos está imponiendo el término.

 

 

–Sí, nadie sabe bien cómo se dice pero el 28 por ciento de la población adulta está dedicada a un proyecto emprendedor.

 

 

–¿Cree que la explicación es cultural o económica?

 

 

–Hay dos factores. Uno es histórico- antropológico: somos todos descendientes de inmigrantes, lo tenemos en el ADN. El otro es que los vaivenes de la economía hicieron que mucha gente tenga que emprender por necesidad y no por convicción, por eso hay tanta gente emprendiendo y fracasando. Recibo cientos de e-mails por día, la gente gasta sus ahorros en un fondo de comercio de un lavadero que se fundió, pero si vos no tenés una razón por la cual te ven mejor que los demás, no te ven mejor que los demás. Es el mismo lavadero que simplemente cambió de dueño, le va a ir igual de mal.

 

 

–¿Lleva ese impulso a su vida cotidiana?

 

 

–Sí, todo el tiempo estás atento a ver cómo harías las cosas distintas. En el fondo, la esencia de un emprendedor es buscar necesidades insatisfechas, buscar brechas, cosas que podrías hacer mejor. Entonces voy al show del colegio de mi hijo y digo: “¿Por qué hacen tanto quilombo para repartir las entradas de los papás? ¿Por qué no hay un sitio de internet donde directamente las entradas se aloquen?”. ¿Cuántos colegios organizan eventos escolares? Es una oportunidad infernal, un negocio millonario.

 

 

–Usted está muy entrenado, pero me da la sensación de que lo que me está diciendo no es la parte más difícil.

 

 

–No, claro, cuando un emprendedor viene a contarme una idea, le digo: “Antes, contame por qué vos sos el mejor para implementarla”. La idea no me importa.

 

 

–Pero estamos en la era del culto a la creatividad.

 

 

–Sí, y es parte del problema, creo. Porque la idea dura dos minutos. ¿Sabés a cuánta gente se le ocurrió armar reservas on line de restaurantes? Cuando arrancamos había siete.

 

 

–¿Qué los diferencia a ustedes, entonces?

 

 

–Que lo que hicimos fue ejecutar. La frase que a mí me gusta es “Por una idea pago un centavo, por una buena implementación, una fortuna”. Yo estudié con muchos maestros espirituales, pero tengo esta cuestión pragmática que me llevó a meditar cada vez menos porque es fácil estar en tu centro en un spa o en la playa, pero para mí el tema es estar conectado cuando estás haciendo las cosas en el medio del quilombo. En el mundo de las ideas pasa lo mismo: no hay límites, pero cuando lo llevás a la práctica, se cae por todos lados. Mi miedo con lo creativo es que muchas veces peca de irrealista y en el mundo emprendedor se paga por ejecutar, no por pensar. Yo vivo en un mundo donde saber es saber hacer.

 

 

–La eficiencia ante todo.

 

 

–Poner en acción, diría. No soy un obsesivo de la perfección, soy un obsesivo de que las cosas pasen en un mundo relativamente imperfecto, pero que pasen. Estoy en esa cruzada de que la gente haga. Tengo una dimensión muy de “hacer” y tengo poca valoración de la reflexión en sí misma en tanto y en cuanto no permita ejecutar algo distinto.

 

 

–Un concepto que se opone al discurso instalado sobre el mundo interior.

 

 

–Puede ser, pero no lo minimizo, no le quito valor; me preocupa cuando se queda ahí.

 

 

– ¿Qué valor le da a la vocación?

 

 

–Mirá, el 90 por ciento de los proyectos en los cuales al emprendedor le fue bien tenía que ver con alguna afinidad anterior. O sea, la probabilidad de que vos te sientes bajo una palmera, se te ocurra una idea genial, la implementes y te vaya bien es bajísima. También por una cuestión de conexión emocional y de propósito con el proyecto: cuando salís a armar una compañía porque lo que querés es ganar mucha guita, en general te va mal.

 

 

–Es como la fábula del rey que quería convertir la arena en oro, porque la idea de éxito está directamente asociada a “hacerse rico” y usted dice que no hay que pensar en eso.

 

 

–Es muy interesante. Yo vengo de una familia de clase media y armé Officenet para hacerme rico porque tenía la ilusión de que si ganaba mucha plata muy rápido iba a ser feliz. Hice mucha plata antes de los 30, y después Stapples compró la empresa e hice más plata. Salíamos en las revistas, decenas de millones de dólares… y me di cuenta de que la plata no tiene nada que ver con la felicidad.Tuve una gran crisis y empecé un camino espiritual bastante profundo. Me dije: “Vengo corriendo para llegar a un lugar que no existe”. Me junté con un tipo que me dijo: “Tu problema es que vos hacés una compañía para ganar mucha plata, para ser feliz. Tu ecuación es: hacertener- ser, pero vas a tener en función de lo que hagas, y vas a hacer en función de quien seas”. Es un problema más introspectivo: “¿Quién sos? ¿Qué te moviliza?”.

 

 

–¿Y quién es Andy Freire?

 

 

–Yo soy un tipo que quiere ayudar a la gente a construir cosas que perduren, y ayudar a tipos que tienen muy buenos mensajes para dar a que tengan megáfonos más grandes. Yo no nací paravender Post-it ni para hacer reservas de restaurantes, pero sí nací para crear vehículos que trasciendan y que amplifiquen. Creo que esa es mi vocación.

 

 

 “Lo creativo muchas veces peca de irrealista, y en el mundo emprendedor se paga por ejecutar, no por pensar. Yo vivo en un mundo donde saber es saber hacer.”

 

 

EL LIBRO

 

 

La vocación emprendedora de Andy Freire se extiende al terreno solidario, donde descubrió “millones de emprendedores sociales sumamente solidarios y sumamente inefectivos”, dice. Con intención de organizar esa energía, comenzó una campaña, parte de la cual es el libro 5%, que hizo con Julián Weich. La idea es sencilla: “Con muy poco se puede cambiar mucho”.

 

La dupla plantea qué pasaría si el cinco por ciento de la población mundial que está sobre la línea de la pobreza colaborara con un proyecto solidario aportando el cinco por ciento de su tiempo para compartir sus motivaciones, sus dificultades, sus logros y sus proyectos.