Es difícil encontrar a un artista más grande que Ástor Piazzolla, que era un genio de verdad y no uno de esos que están bien y sacan un siete atrás de otro por largas temporadas. “Adiós Nonino” y La suite troileana son dos de los mejores momentos de la música argentina.

Estas páginas nacieron con la sana intención de hablar de discos, lo cual nos llevaría a hablar de música y, a partir de ahí, a difundir a algunos músicos que no andan por la main street. No es este el caso, porque hoy nos ocupamos de Piazzolla, y la complicación surge desde la no elección de un disco, porque es tan vasta la discografía del genial Ástor que elegir uno sería baladí para nuestros sanos propósitos. Schopenhauer dijo una vez, no sé bien a raíz de qué: “No hay música en el mundo, hay un mundo que es el de la música, y es tan vasto y tan complejo como el mundo de la religión, el de las finanzas o el de la política”.

 

OK, no hay música de Piazzolla en el mundo, hay un mundo al que llegás desde la música de Piazzolla. Avant garde del tango, sitiado en las bateas del mundo bajo el rubro del jazz, Ástor excede a la “world music” y agranda los límites del tango hasta hacerlo chocar con lo que sea que viene moderneando.

 

¿Cómo elegir un disco? Bueno, elijamos dos, y conste que quedan afuera de este artículo María de Buenos Aires, la reunión cumbre con Gerry Mulligan, y hasta las noches del Regina, en su inolvidable dúo con el Polaco Goyeneche, de abril de 1982, en plena guerra de Malvinas. Pero casi azarosamente nos quedamos con dos. La suite troileana y The Vienna Concert.

 

Dos a modo de nada, porque surgieron entre los otros, porque da lo mismo que sea cualquiera, porque Ástor era un genio, uno de los de verdad, no de esos que están bien y sacan un siete atrás de otro por largas temporadas.

 

Ya estaba predestinado desde chiquito: cuando vivía con su familia en Nueva York, llegó Carlos Gardel para filmar una película y su padre le mandó algo al ídolo por medio del querubín. A Gardel le cayó bien el pibito, tanto que lo incluyó en una escena de El día que me quieras, donde Ástor debutó como actor haciendo de canillita. La anécdota es que cuando Astorcito le enseñó a Carlitos cómo se defendía con el bandoneón, Gardel le acarició la cabeza y le dijo: “Pibe, al fueye lo tocás fenómeno, pero al tango lo tocás como un gallego”. Graciadió que eso a Piazzolla le importó un carajo y siguió con su estilo. Así es que a los 17, ya en Buenos Aires, debuta como bandoneonista de la orquesta de Aníbal Troilo, y después de unos años se puso a estudiar nada menos que con Alberto Ginastera. De ahí lo que todos ya sabemos, su amistad y respeto con Osvaldo Pugliese, su admiración hacia Pichuco, sus encontronazos con la guardia ortodoxa de los tangueros que se relamían negándole condición de tango a su música, lo que inevitablemente desencadenó en que todos los jóvenes de los años 70 y 80 viéramos en Ástor a ese sujeto que bien podría haber forreado desde el trono al que lo elevaba su talento a todos nuestros padres, tíos y allegados que creían que el rock era una mierda y ponían en lo más alto a Juan D’Arienzo u otros peores. O sea, Piazzolla era la música de Buenos Aires de todos los chicos de raros peinados nuevos que amaban por igual a Charly García, a Luis Alberto Spinetta, a Lou Reed o a los Stones.

 

Corría 1983, Ástor andaba de gira por Europa, trabajando con su quinteto y también grabando con artistas como la italiana Milva. Ese derrotero lo coloca ese año en Viena, donde en un estudio con público grabó ese show con su descomunal quinteto. Piazzolla era un tipo con mucho humor, raro, pero refinado y sorprendente. Tanto como para editar discos que se llamaban, no sé, Live in Estambul, o Directo desde El Cairo, y en realidad lo había grabado en el salón de actos del Colegio Pestalozzi. Obviamente, lo de Estambul o El Cairo es mío, pero lo del Pestalozzi es cierto.

 

Quiero decir con esto que este show de Viena existió, está en YouTube, hay registro. Y no es de extrañar que a Ástor le haya ido bien en la cuna del vals, que si algo deben tener en el ADN los vieneses es oído. El show empieza con “Fracanapa”, como para darle un puntapié inicial a la cosa, y sigue con una delicadísima versión de “Verano porteño”, después otros temas, incluido “Libertango”, que en Europa era casi un hit. Y lo mejor es que llegando al final, hace un “Invierno porteño” que dan ganas de abrazarse a un árbol en cualquier calle de Buenos Aires y dar gracias a la providencia que nos depositó acá, y el final final con un “Adiós Nonino” que si no te anuda la garganta, te humedece las pupilas hasta el límite. Yo lloré muchas veces escuchando “Adiós Nonino”. Y no me avergüenza decirlo, porque no es llanto de pena, es llanto de amor. Me viene a la mente lo que una vez me contó Alfredo Radoszynski, creador no sé si del sello Trova o Redondel. Don Alfredo fue el primero que grabó a Les Luthiers, por ejemplo, y el que hizo Vinícius de Moraes en La Fusa.

 

Bueno, él estuvo en la grabación de “Adiós Nonino” y estaba en el control, atrás de la consola. Cuando escuchó eso no pudo contener la congoja sublime que lo estaba transportando y salió a llorar al pasillo. La cuestión es que Ástor, después de eso, no le habló por un tiempo, hasta que un día se cruzaron y don Alfredo le contó lo que le había sucedido mientras grababan. Ástor le devolvió el saludo y le dijo: “Yo creí que te habías ido porque no te gustaba lo que estaba tocando”.

 

¿Y si hablamos de la suite? Qué se puede decir de la suite que le dedicó a su amado Pichuco en el 75. Ástor venía de hacer la cumbre con Gerry Mulligan y músicos europeos allá, de divorciarse acá y de un ataque al corazón antes. Y ahí pasa Troilo al mundo de los invisibles, y ahí, creo que por única, o por lo menos por última vez electrónica, Ástor Piazzolla graba la Suite Troileana. Cuatro movimientos titulados con los cuatro amores del gordo: “Bandoneón” el primero, una letanía que por momentos toma velocidad y vuelve al bajón, muy rocker sinfónico, casi diría, con una línea de percusión que se acomoda al clima raramente. “Zita” es el segundo movimiento, y Zita era la mujer de Troilo, la que estaba a su lado cuando Pichuco cicatrizaba.

 

Me fascinó siempre el momento en que violín, fueye y batería marchan al unísono, una gloria. “Whisky” es el tercero. Acá el tecladista manda cuatro y siempre me sonó diabólicamente enredado, como los pedos de whisky. Y el último es “Escolaso”, casi rumbeado al principio, aunque después va y viene todo el tiempo y termina vertiginosamente, como el escolaso.

 

En la edición más popular de este disco, como la suite no pasa de los 20 minutos, se agregan unos temas de Lumière, una película con Jeanne Moreau que, que yo sepa, no vio nadie. Vaya uno a saber, capaz que es otra de Ástor como la del Pestalozzi. Los genios son así. Adiós, hasta luego.

 

 

La de Piazzolla era la música de Buenos Aires de todos los chicos de raros peinados nuevos que amaban por igual a Charly, a Spinetta, a Lou Reed o a los Rolling Stones. Él estaba abierto a todas las opciones, por eso grabó con Gerry Mulligan y con Milva, por dar dos ejemplos al azar. De gran sentido del humor, era capaz de titular un álbum Directo desde El Cairo, por ejemplo, aunque lo grabara en el salón de actos del colegio Pestalozzi.

 

Cuando era chico, Gardel le dijo que tocaba fenómeno el fueye pero tocaba el tango como un gallego. Por suerte no le importó y siguió haciendo lo suyo.