En un mundo signado por el valor que le da el mercado a todo es muy fácil apreciar, es decir, poner precio, dar valor. Y también hacer lo contrario: descartar. Las consecuencias son nefastas. Masako y la señora Lynch dan fe.

“La literatura nos puede contar cómo es el mundo”. Susan Santag

 

Hablar de desprecio implica saber primero qué es el aprecio. Veamos, apreciar es “poner precio o tasa a las cosas vendibles. Aumentar el valor o cotización de una moneda en el mercado de divisas”. En tercer lugar, “reconocer y estimar el mérito de alguien o algo. Sentir afecto o estima hacia alguien”. Que no nos sorprenda el tema de ponerles precio a las cosas en un mundo signado por el valor que impone el mercado en diversos órdenes. Creo que hoy podríamos detenernos en aquellos que ahora, en la cultura occidental, parecen marcar el destino de un sujeto por la prevalencia de la imagen. El mercado manda ser joven, alto, flaco, fibroso, si es posible blanco, y mejor aún si se es rubio y de ojos azules.

 

Quizá –nos arriesgamos a pensar– manda, fundamentalmente, ser joven. Ignoramos por qué esta condición por sí sola entra en el terreno de la cualidad muy bien vista. Y apreciada.

 

En otros tiempos solía hablarse de los sabios de la tribu como aquellos personajes que poseían un valor muy preciado, el de la experiencia y el conocimiento que traen consigo los trabajos y los días. Pero sabemos que transitamos un universo global de mutaciones. El desprecio en esta época (muy especialmente) se dispara hacia el diferente de lo que manda el éxito en el mercado. El desprecio, el desdén, el desaire hacia el otro implica necesariamente una intensa falta de respeto o de reconocimiento hacia el prójimo. Y supone la negación y la humillación del que es despreciado y la autovaloración de quien desprecia.

 

La persona despreciada es considerada indigna. Más allá de la imagen o apariencia, un sujeto puede ser despreciado por lo que piensa o siente, por su raza o condición. El desprecio “loco” hacia el otro devino en múltiples masacres a lo largo de la historia. Aquel mandamiento de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” sólo parece haber quedado inscripto en las Tablas de la Ley para ser transgredido. Desde Caín y Abel, pasando por la guerra de las Cruzadas, el holocausto de la locura hitleriana enarbolando la bandera de la raza aria, la persecución a los negros (de ello da fe Nelson Mandela, sobreviviente al martirio del apartheid), hasta la inmolación de las mujeres sometidas al horror de las leyes islámicas en pleno 2013, todo parece ser posible en esta vida, en este mundo, como consecuencia del ejercicio del desprecio. Lo peor es quizás el sentimiento de resentimiento y de venganza que sobreviene al castigo de ser humillado por ser otro. Es como un círculo venenoso que se retroalimenta.

 

Masako y los reyes malditos

 

A veces estos sentimientos recaen sobre uno mismo y se produce una suerte de autocastigo que impide crecer al sujeto dentro de sus posibilidades y su contexto. Un caso digno de interés es el de la princesa Masako, de Japón, una mujer cultísima que renunció a su carrera diplomática para casarse con Naruhito, príncipe heredero imperial. Masako no pudo dar un heredero varón al Imperio del Sol, que no admite mujeres en la sucesión al trono, y arrastra por esta causa una depresión tremenda desde hace más de una década.

 

Otra de las consecuencias indeseables y funestas del desprecio es el sentimiento ligado al despecho. Por despecho (“malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad”), Ricardo III, rey despreciado como pocos en la historia de Inglaterra, comete los crímenes familiares más horrendos, tal como lo registra Shakespeare en su obra, así como Ana Bolena traiciona y hace desterrar a su propia hermana María en la disputa por conquistar el amor (y el trono) de Enrique VIII. Y siguen las firmas de los despechados y despechadas de la historia por siglos de los siglos hasta la mismísima actualidad. Dicen los que saben que una amante de Iñaki Urdangarín, marido de la infanta Cristina de España, llevada por el despecho lo condenó al oprobio y al escándalo por malversación de fondos, tema que salpica por estos días a la familia real. Y mejor no hablar de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, quien al ser retirada de un cargo con frondoso dinerillo, dejó descaderado, literalmente, al devaluado rey Juan Carlos de Borbón.

Me gustaría cerrar el tema del desprecio con una historia real, pero también de ficción, que así resultan más ricas e interesantes las historias verdaderas, porque la literatura, parafraseando a Susan Sontag, puede ofrecer modelos y legar profundos conocimientos encarnados en el lenguaje y en la narrativa.

 

Madame Lynch y las patricias paraguayas

 

El Paraguay ha sido siempre un lugar exótico para los europeos. Voltaire, en el siglo XVIII, hizo viajar a su Candide al Paraguay. Y en el XIX, varios escritores románticos imaginaron al país como refugio bizarro de amor y aventuras. La hermana de Nietzsche, Elizabeth, por caso, que no estaba muy bien de la cabeza, se vino a vivir con su marido un poquitín lejos de su tierra con unas ideas rarísimas, horrendas, prenazis. Menos mal que su periplo terminó rápido con el suicidio del marido.

 

En fin, en la segunda mitad del mismo siglo, entra en escena, en París, una mujer irlandesa, Elisa Lynch, un tanto propensa a la metamorfosis pasional. Esto es: las pasiones –así lo explica Ovidio en su Metamorfosis– provocan continuas mutaciones en el universo de los dioses. Y en el de los humanos. Nacida en Irlanda, pobre y abandonada por su madre, Elisa se casó a los quince añitos con un militar francés que la doblaba en edad: monsieur de Quatrefages. En esa oportunidad su elección estaba íntimamente ligada al dinero y a la posibilidad de conocer mundo junto aquel maduro señor. De miss Lynch pasó a llamarse madame. Pronto se arrepintió. Se aburría soberanamente al lado del militar y, para peor, el clima de Argelia le provocaba sofocones, perturbaciones varias, ensoñaciones y fantasías eróticas.

 

Así vivía, un tanto abismada, al estilo de madame Bovary en la novela de Gustave Flaubert. Hasta que apareció en su vida Francisco Solano López, joven como ella, y le habló en francés con un dejo de tonada paraguaya, que tiene su encanto. Y su gracia. A veces, cuando hacían el amor, Francisco le conversaba al oído en guaraní y Elisa llegaba a la petite mort susurrando palabras en inglés, francés y en el idioma gutural de su amante fogoso, bastante más encendido por su propio poder que por las brisas del sirocco africano.

 

Poder en serio: el padre de su amado era presidente del Paraguay y el joven pronto sería nombrado mariscal. La irlandesa no se anduvo con vueltas. Decidió irse con él al país de las guaranias y el chipá, bollitos estos de queso y harina de almidón de mandioca, que endurecían al máximo las fibras del amor. Viajaron en dos barcos distintos, porque Solano López sabía que madame Lynch no iba a ser del agrado de las damas patricias paraguayas. Y no lo fue. Apenas pudo bajar del navío cuando de inmediato fue recluida en una quinta lejana donde sí mantenía encuentros encendidos con Francisco. Como tantas mujeres bravas (recordemos en nuestras tierras a Ana María Perichón, alias La Perichona, amante de Santiago de Liniers y abuela de la indomable Camila O’Gorman), madame Lynch fue llamada en Paraguay, con cierta malicia, “la Madama”. En su novela Madama Sui el escritor Augusto Roa Bastos ficciona, en el personaje de la japonesa, algunos rasgos de la excéntrica mujer irlandesa que importó Solano López al Paraguay. Con el tiempo madame Lynch también recibió el apodo de “la Mariscala”. Lo cierto es que jamás renunció a su amor. Cuando Solano López gobernó su patria y combatió en la guerra de la Triple Alianza, ella peleó con su marido y sus hijos cuerpo a cuerpo, al punto de que la bautizaron “la Coronela” por su valentía en el campo de batalla.

 

Pero mucho antes de aquella guerra tremenda, Lynch había logrado salir de la quinta y vivir en Asunción, cerca de su amante. Fue muy influyente. Importó revistas, géneros y perfumes franceses. Se vestía como una reina y hablaba de literatura en los salones, donde le gustaba brillar seduciendo a diestra y siniestra. Menos a las matronas paraguayas: ellas continuaron ejerciendo el desprecio.

 

Un día –se cuenta– la propia familia de Solano López quiso envenenar a la pareja con un ardid al estilo de Lucrecia Borgia. Les mandaron una fuente de chipás envenenados, pero alguien de la cocina les avisó. Y se salvaron. La Madama decidió festejar la vida a todo trapo. Hizo una fiesta de disfraces en la que apareció enfundada en un maravilloso traje de escamas plateadas y lunares negros y convidó a la gente del pueblo a comer un delicioso surubí –pez que abunda en los ríos Paraná y Paraguay– condimentado con roquefort, inquietante queso azul que Lynch hizo traer en grandes cantidades desde Francia. Para eso tenía dinero y poder. La noche de la fiesta, la Mariscala se había puesto en el pelo dos magnolias recién cortadas del árbol del enorme patio de su casa. Despedía un olor embriagador.

 

Abrazada a su amor, Francisco Solano López, Lynch le cantó en su ya transformado idioma inglés inicial “Happy birthday to youuuuuuuu/ happy birthday to youuuuuuu/ happy birthay, mister president/ happy birthday to youuuuuuuuu” con voz ronquita y suave, como de gata que ronronea en la noche. Porque habían vuelto a nacer ambos al zafar de los chipás envenenados. (La misma escena que un siglo después repetiría Marilyn Monroe con J. F. Kennedy en los años 60, pero ya, claro, sin ningún chipá.) Aunque esa es otra historia. Y otro tema. Quizá valga la pena pensar, como decía la gran María Elena Walsh, que tal vez a madame Lynch le pasó como al de la copla de “Sapo Fierro”: “Aquí me voy a plantar/ profundo como carozo./ Yo le digo al veleidoso/ que por variar se desvive:/ sapo que cambia de aljibe/ siempre es sapo de otro pozo”.

 

 

Por despecho, Ricardo III cometió los crímenes más horribles, tal como nos enteramos gracias a Shakespeare. Por la misma razón Ana Bolena traicionó a su hermana. Y una amante de Iñaki Urdangarín lo condenó al aprobio.