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El discreto encanto de la culpa – El Planeta Urbano

No hace falta quebrar la ley divina para estar en falta, tener cargos de conciencia o retorcerse como los habitantes del Olimpo. La culpa nos arruinó la vida, y ahí andamos, penando.

La culpa –¡esa palabra!– parece haber marcado a fuego al sujeto de Occidente. Lo cierto es que la imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta (“tenés la culpa de…”) está presente de manera real o simbólica en cada uno de los actos que configuran a nuestra civilización. La literatura, la pintura, la escultura, el arte en general, el cine de la modernidad (Ingmar Bergman o Woody Allen, por caso) se han ocupado de destacar este rasgo que el surgimiento del monoteísmo judeocristiano instaló en el centro de la escena. Desde lo puramente religioso, en el Antiguo y Nuevo Testamento el tema de la culpa se presenta de manera obsesiva y, en tanto, aparece la noción del pecado. Porque primero se ha impuesto la Ley Divina. La que Dios entregó a Moisés con los Mandamientos. Recién entonces el hombre comienza a temer a Dios. El pecado es, a saber, la transgresión voluntaria de la ley de Dios, de ahí la parábola de la manzana prohibida del árbol del bien y del mal que comieron Adán y Eva. Pecaron. Desde entonces, la culpa (y lo que es peor aun, el sentimiento de culpa) socava el alma humana.
Sin entrar en excesos dramáticos, y sin olvidar que el hombre es capaz de transitar lo sublime y el horror del mismo modo, pongamos por un instante los ojos en la antigua mitología greco-romana y veremos que las metáforas paganas que incluían por igual a hombres y dioses tenían una visión muy particular de las conductas.

En aquellas instancias hechas de niebla, sueños, premios y castigos, todo era posible. Si algún héroe “se portaba mal”, por caso Jasón, al cometer una infidelidad hacia su esposa Medea, esta, en el acto, se vengaba matando a los hijos que habían tenido. El sentimiento de culpa ni siquiera tenía oportunidad de aflorar. Las cosas se arreglaban a lo bestia. Si Edipo –por error– se acostaba con su madre Yocasta, se arrancaba de un tirón los ojos y “si te he visto no me acuerdo”. Literal. Freud, el grande, se ocupó mucho de analizar el tema de la culpa, precisamente a partir del Edipo, pero resumir a Freud en estas líneas resulta una tarea un tanto ambiciosa.

Sólo diremos que de la represión de los instintos hacia lo prohibido surge la culpa que hace ya dos siglos el psicoanálisis trata de curar. En algunos casos, según cuenta y se ríe Woody Allen en sus películas, con poco éxito. Basta recordar una de las Historias de Nueva York, “Edipo reprimido”, donde la madre lo persigue día y noche desde el cielo con sus públicas admoniciones, sermones y comentarios burlones. Precisamente, la burla está ligada, en la formación de la conciencia de un hombre, a la culpa. En su carta al padre, Franz Kafka se autoinculpa y recrimina al padre el modo sistemático de burlas al que lo sometía en la infancia hasta convertirlo en un ser atormentado por el sólo hecho de existir y no responder a los cánones paternos.
Aquí nos interesa agregar este dato: Momo (en griego antiguo Mômos, burla, culpa; en latín, Momus) era en la mitología griega la personificación del sarcasmo, de las burlas y la agudeza irónica. Dios de los escritores y poetas, representaba un espíritu
de inculpación malintencionada y crítica injusta. Debido a sus constantes críticas, Momo fue exiliado del Monte Olimpo.

Se lo representaba con una máscara que levantaba para que se le viera la cara, y con un muñeco o un cetro terminado en una cabeza grotesca, símbolo de la locura. Momo, con el correr de la historia, fue considerado el dios del carnaval. ¿Quizá una manera de mitigar, con el disfraz, la culpa? Con ese nombre aún se lo festeja en nuestros días después de la Cuaresma.

Culposos a lo bestia

Si bien la burla es un elemento activador en la constitución del sentimiento de culpa, la ferocidad de los actos límite –traición, venganza, tortura, castigo, crimen, en fin, la muerte– anida en el corazón sin máscaras de la culpa. Shakespeare lo explica muy bien en sus grandes tragedias. Comenzamos por Otelo, quien como la mayoría de los verdaderos culposos absolutos elige la única salida posible, el suicidio, luego de matar injustamente a Desdémona.

Pasamos luego a Hamlet, quien logra vengar la muerte de su padre muriendo en el intento mientras se debate –en su delirio culposo– entre el deseo de venganza, el amor, el deber y el ser o no ser. Y llegamos a Macbeth o Julio César, tragedias en las que la traición y la deslealtad de quienes ambicionan el poder están permanentemente manchadas por el fantasma de la culpa.

Pero no todo es culpa en la viña del Señor. La cantidad de psicópatas que deambulan por la vida sin conocer este sentimiento es enorme. Es lo que distingue a esta patología: la carencia de culpa. Podría ocurrirnos estar charlando y tomando un gin tonic en un boliche de moda con algún señor mundano que quizá venga de violar y estrangular a su mujer .Y él ni se inmute. He ahí a un psicópata.

En eso, vuelvo a los griegos. La absoluta negación de todo gracias a la magia y a una multitud de dioses permisivos convertía la vida en una aventura azarosa pero bastante más fácil de soportar. Ulises, el Odiseo, se quedó unos años a vivir con la maga Circe, quien a través de un filtro le dio el poder del amor y del olvido. Ulises, tan campante.

Más lueguito se instaló en una isla paradisíaca durante un buen tiempo con la ninfa Calipso disfrutando como loco de las bondades de Eros. Y cuando termina su odisea y vuelve a Itaca, para su felicidad Penélope lo está esperando tejiendo y destejiendo el tejido de la vida, lo reconoce junto con su nodriza y todos contentos. Por supuesto, la historia muestra también a algunos personajes cuya ambigüedad resulta bien divertida. O, al menos, curiosa.

Liane de Pougy, de cortesana sin límites a pecadora vergonzante y arrepentida

Se arrepintió tardíamente y de una manera impúdica, valga la paradoja. Fue una dama acostumbrada a sobrerrelacionarse con hombres de poder en la Belle Époque parisina. Hablamos de una cortesana que pasó a la historia con el nombre de Liane de Pougy, nacida Anne Marie Chassigne, en modesta cuna, a fines del siglo XIX. A esta chica no le gustó de movida su nombre, menos aún el marido pobre y deslucido con el que la casaron a los 18. De modo que se sacó todo de encima: el apellido, el marido y el pueblo pequeño y desconocido donde vivía. Envuelta en su propia liana cruzó como Jane, la de Tarzán, la selva de su propia fantasía, y aterrizó en París una mañana de primavera muy fría. Para entrar en calor eligió las luces del cabaret esa misma noche y se destacó enseguida por sus virtudes orales: modulaba la “o” con inusual habilidad.

Al mismo tiempo puso de moda una envolvente manera de cantar como si estuviera haciendo el amor al estilo parisino, algo que siempre despertó enormes ratones en los varones criollos, como bien señalan las letras de los tangos. A ella le fue como a Margot, la del tango de Gardel, pero de un modo más rutilante. Literalmente, los hombres que la mantenían portaban la obligación de vestirla de joyas de la cabeza a los pies. Se cuenta, por caso, que fue el príncipe de Gales, Eduardo VII, quien la lanzó al estrellato en el Folies Bergère. Ella le había mandado una esquelita que decía: “Sire: Esta noche debuto. Dígnese a aparecer y aplaudirme y triunfaré”. Así fue, previo envío de unas cuantas esmeraldas y diamantes. Pero a diferencia de Máxima Zorreguieta, que encandiló por sus virtudes al príncipe Guillermo de Holanda, se casó y es reina, Liane se enredó en los hilos retorcidos de su mente traviesa por naturaleza y vivió de escándalo en escándalo, siempre sacando provecho de sus amantes, en su mayoría hombres, aunque sin desdeñar a señoras poderosas también.

Llegó a acumular tantas joyas que se cuenta de ella esta anécdota. En una oportunidad quiso humillar a una rival en la Ópera de París. Como sus joyas eran tan numerosas y pesadas, entró en la función vestida sólo con una túnica blanca minimalista. En cambio, cargó a su asistente, que la seguía caminando a duras penas con todo su arsenal: collares pesadísimos, aros, gargantillas, tiaras y pulseras de un barroquismo increíble. Para rematar, le puso en las manos un almohadoncito rojo sobre el que se extendían diademas, broches, anillos y rubíes que ya no cabían en el cuerpo de la servidora. Tanto escándalo obtuvo su recompensa: el príncipe rumano Ghika le dio su apellido y la convirtió en princesa después de 20 años de una vida tormentosa que no amainó con él. Empeoró: le hizo perrerías permanentes al pobre rumano, que era sumamente naif, y al que tenía atado a los pies de su cama, prohibiéndole que tuviese otras amantes. (Se ve que esta actitud psicopática suele gustar mucho a algunos varones.)

Lo cierto es que el príncipe murió y a Liane le sobrevino un ataque de arrepentimiento pecadoril. Ingresó en el convento de las dominicas y entró en una suerte de delirio místico: deseó y rogó morir en una Navidad. ¡Y lo logró, en la de 1950! Un hecho que por poco no la convierte en santa. Tanta extravagancia, tanto amante, tanta joya, tanta bizarrez, tanto título de princesa, tanto rasgo psicopático, para terminar como una vulgar “pecadora arrepentida”, como la nombran sus biógrafos. No fue lo que parecía, para nada. Casi, casi, un papelón.
De esta historia podemos extraer algunas conclusiones:

a) No cualquiera puede ser un psicópata verdadero.

b) La culpa, bien sentida y bien llevada, tiene sus encantos. Nada más seductor que probar el fruto prohibido… y luego sufrir. Hasta ahí. Tampoco se trata de recular tanto. Ni tan mucho ni tan poco. Pecados, culpas, arrepentimientos. Medida por medida, que también es una comedia de Shakespeare. En ese tono y más allá de la tragedia, como dice el refrán criollo: ¿quién te quita lo bailado?