“Una de las cosas por las que existen los actores es por la necesidad de encontrar la mirada del otro. Eso te da sentido”. Así se define este gran intérprete.

En teatro interpreta a un Dios que hace psicoanálisis. En la vida real, va a terapia hace más de 30 años y tiene una capacidad de pensarse a sí mismo que sorprende. A lo largo de la charla descubrimos que esa posibilidad de autoobservación le marcó el camino desde niño, en una infancia que recuerda muy lúdica, aunque solitaria. Su historia comenzó en Barracas, en una casa sobre la calle Olavarría que hace tiempo dejó de existir debido a la construcción de una autopista.

 

–Recuerdo que cuando la estaban tirando abajo tuve una sensación de violación; yo pasaba por enfrente y se veían abiertas las paredes de mi dormitorio, incluso las marcas de los cuadros que alguna vez estuvieron. Se veía para el mundo mi intimidad, esos momentos míos apoyados en aquella pared, mis pensamientos adolescentes. “La puta que lo parió”, decía. “Me están viendo todos”, como si todavía flotase en el aire. Siempre fui tan intenso con la vida.

 

–¿Se lleva bien con usted mismo y con esa intensidad?

 

–Hay una parte en la que me gusto, una parte con la que somos muy amigos. Es la parte que me bancó, me esperó. Ese chico se la bancó y ahora hace un tiempito me reencontré, le agradecí la espera y ahí andamos juntos todos los que somos adentro. Con esa base, respetando y aceptando las otras cosas. A veces me quiero, a veces no me quiero tanto, pero estoy a gusto. Podría haber sido peor.

 

¿Quedó algo del chico solitario que fue?

 

–Sí, cada vez menos. Yo me observaba mucho, desde arriba me observaba y me asustaba eso. No se lo podía decir a nadie: ¿cómo le iba a decir a mi mamá que me veía jugando yo mismo?

 

Ahí hay una mirada como de Dios.

 

–Sí, totalmente. O de control, para mí era raro y me dolía, me convertía en un ser raro. De grande me puse a pensar a cuántos les pasaba lo mismo por ahí. Para mí el teatro significó en primera instancia el compartir eso con otra gente a la que también le pasaba. Se miraban arriba de un escenario y la mirada era más justificada, porque uno se podía engañar un poco más.

 

–¿Cómo vivió la responsabilidad de interpretar a Dios en la obra Dios mío, actualmente en cartelera?

 

–Me encontré con la cuestión de cómo hacer un personaje que cada espectador ya conoce de una manera o siente que es de una manera. Cómo hacer para cubrir las expectativas de cada uno. Lo mejor que me podía suceder era ver qué me pasaba con el Dios mío, empecé a ver qué significa para mí: una energía, cada granito de esa enorme montaña, Dios como necesidad del deseo de uno, todo eso.

 

–¿Su relación con Dios cambió a partir de la obra?

 

–Todo el tiempo cambia, esto de si Dios existe o no existe nunca pasó por mi cabeza ni me lo pregunté. Porque siempre existe en la medida en que me lo pregunto, si me lo pregunto es porque existe. Mi relación es cada vez más profunda con esa partecita  de Dios que tenemos, el saber que somos también esa energía.

 

–¿Sigue siendo solitario?

 

–La soledad la puedo compartir ahora, la puedo elegir, no me viene sola. A veces la elijo y a veces me gusta compartir la soledad con otro. Cuando la elijo la disfruto mucho.

 

–Formó una gran familia.

 

–Sí, con María estamos juntos hace más de 30 años, no sé exacto, ella es la que sabe. Tenemos tres hijos: Luciano (35), Manuel (24) y Victoria (22), y dos nietos, Francisco (2) y Mía (5).

 

–¿Le molesta que le pregunten por Panigazzi, su personaje en Gasoleros?

 

–No, para nada. Es un prejuicio que tiene determinada gente, que piensa que me tiene que embolar. Como si hacer un personaje que cale tan hondo en la gente y que después de los años me lo siguen trayendo implicara que no pude crecer de eso. Panigazzi es una parte de mí, como otros personajes. Son partes de mí que han marcado procesos míos internos muy grandes.

 

–Cuando termina un proyecto, ¿le cuesta dejar ir un personaje?

 

–No, porque no lo expulso de mí, me despido en lo práctico, me siguen acompañando, hay personajes que se juntan con otros personajes, se hacen amigos y se convierten en un nuevo personaje.

 

–¿La mirada ajena es muy difícil?

 

–Cuando uno lo tiene como ajeno sí, pero el niño desde que nace busca la mirada, se conecta con la mirada de la madre. Creo que nos la pasamos buscando el ojo del otro. Una de las cosas por las que existen los actores y las actrices es por la necesidad de encontrar la mirada del otro; la mirada del otro te da sentido.

 

 

“Lo mejor que me podía suceder era ver que me pasaba con el Dios mío, empecé a ver qué significa para mí: una energía, cada granito de esa enorme montaña, una necesidad del deseo de uno”.

 

 

–¿Cómo es la posfunción?

 

–Una de las cosas por las que uno hace teatro es por la posfunción. Todos los actores, cuando estamos terminando la función, siempre pensamos qué vamos a ir a comer, adónde y qué vino vamos a tomar. Es un clásico. Uno no puede cortar tan fácilmente, te quedas emborrachado de una sensación de plenitud con Dios, y por eso no te podés ir a comer una hamburguesa. Es una continuidad de la tarea. Hay un tiempo hasta llegar a tu casa, hay un ritual que es necesario.

 

–¿Cree que es un buen momento para el arte en el país?

 

–Siempre es un buen momento para el arte en la Argentina. Siempre el arte ha sido una respuesta a los momentos que ha pasado el país, la voz que no se podía escuchar, y que se escuchaba a través del arte. Este país en dictadura ha tenido Teatro Abierto, donde todos nos hemos juntado a riesgo de lo que eso significaba. Quisiera que la cultura, como está pasando muy lentamente, vaya teniendo los espacios que debe tener. Nosotros tenemos un Teatro San Martín que no puede estar en las condiciones en las que está. Es una falta de respeto a la vida, a todos nosotros, que somos dueños de ese teatro, y al arte. Siempre está mucho más adelante la idea de cultura de los hacedores que quienes tienen que administrar eso.

 

–¿Qué peso tiene el dinero a la hora de elegir una propuesta?

 

Tiene peso si es algo que no me convence demasiado. Los actores cuando estamos en un nivel protagónico en general trabajamos por porcentajes. Yo no tengo un seguro. Si va mucha gente gano bien, si va poca no.

 

–¿Si le ofrecieran mucho dinero lo podríamos ver en Bailando por un sueño o en Celebrity Splash?

 

–Me lo han ofrecido en los primeros programas, pero no. No por prejuicio, sino porque no lo sé hacer, quedaría como  el orto. De hacerlo me estarían criticando, no estaría disfrutando. La gente se daría cuenta de que estoy con la cabeza haciendo como que hago esto pero en realidad no me interesa y me parece una mierda. Ahí es donde la cagamos. Lo hago, pero hago como que no.

 

–Si le dieran la posibilidad de conocer a alguien, de cualquier época y lugar, ¿a quién elegiría?

 

–Me hubiese gustado tener un almuerzo al aire libre, con un muy buen vino y unos mariscos, un mediodía de primavera, con Salvador Allende y Pablo Neruda.

 

–Completito el almuerzo.

 

–Ya que me das para elegir, sí. Con una buena sobremesa fumando un habano. No solamente por lo que sé, sino por lo que no sé de ellos. Más allá de su ideología, tienen un pedazo de historia. Lo veo a él defendiendo el Palacio de La Moneda con ese casquito, un pulovercito y la ametralladora, tengo esa imagen.

 

–Y si pudiera espiar a alguien por un rato, ¿a quién espiaría?

 

–Me espiaría a mí mismo cuando tenía 7 u 8 años en el patio de mi casa, porque podría juntar un par de datos que me faltan de ese niño que se miraba desde arriba.

 

–¿Le hablaría?

 

 

–No, para nada. Lo escucharía, escucharía sus consejos, y si tuviese la impunidad y la altanería de decirle algo, le diría: “No te asustes, no te asustes”.

 

 

 

 

 

“La soledad la puedo compartir ahora, la puedo elegir, no me viene sola. A veces la elijo y a veces me gusta compartir la soledad con otro”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Siempre es un buen momento para el arte en la Argentina. Quisiera que la cultura, como está pasando muy lentamente, vaya teniendo los espacios que debe tener”.