Siempre cerca y siempre requerido, este norteamericano se convirtió en un bon vivant que conoció a todos los grandes artistas in situ: desde Miles Davis hasta Piazzolla, desde los Rolling Stones hasta los Beatles, nadie quiso perderse el gran placer de tenerlo cerca.

¡Qué buen gusto! ¡Cuánto glam! Brilla nuestra vida con un pequeño centelleo cuando nos cruzamos con cualquier ladrillo del glorioso muro celestial de la obra de Herbie Hancock. Nunca una mierdita, jamás un descartable, siempre una nueva puerta para nuestra percepción terrenal. Lo observo hoy a sus 73 años en pleno tour mundial y no puedo menos que quererlo más aún. Todavía tengo en mis papilas gustativas el suave terciopelo del champán cristal que nos servía a los comensales en el restó de un viejo hotel en la calle Tucumán, en el downtown porteño, cuando vino en el 96 a Baires por primera vez y tuve el enorme privilegio de trabajar con él en esos shows inolvidables.

 

 

Fue él quien me contó que el saxo de “Slave” de los Stones lo tocó Sonny Rollins, que estaba grabando en el estudio de al lado y los cruzó en el comedor. Él fue quien me dijo que Piazzolla era más genio por la desmesura geográfica de su música que por la búsqueda. 

 

 

Le caí simpático porque nos linkeó el considerar a Miles Davis un ser superior, a Dios incluso, a veces. Me dijo que lo bueno de Miles era que cuando tocabas con él sólo importaba el ahora. De nada valían ni los currículums ni los planes para más adelante. Hoy acá se toca esto, y listo. Algo que aprendieron de los hindúes, en la época en la que todos los cabezones se iban a la India, era que para ellos el pasado es un sueño y el futuro una visión, así que más vale la pena ocuparse de hoy, que es lo que vivimos.

 

 

Qué placer tener entre nosotros aún a este tío, que fue niño prodigio de concierto de piano propio a los once años, tocando Mozart con la orquesta sinfónica de Chicago, y luego llamado a tocar en la banda de Donald Byrd, nada menos que a la edad de 19, lo que le valió su primer contrato como solista a los 20 con el sello Blue Note. Debutó discográficamente a los 21, con Takin’ Off, y obtuvo su primer número 1 con “Watermelon Man”, que al toque versionó Mongo Santamaría convirtiéndolo en disco de oro. Era 1962, y el mundo veía nacer al genial Herbie Hancock al mismo tiempo que a los Beatles, que a los Stones, que al twist y que a la píldora anticonceptiva. Desde allí llega Herbie.

 

 

Al año siguiente es convocado por el mismísimo Miles Davis a formar parte de su quinteto, y allí se queda hasta fines de los 60, cuando decide que es hora de retomar su carrera como solista. Por esos años es que entre otras colaboraciones hace la banda de sonido del genial film de Michelangelo Antonioni, Blow Up, lo que le valió la consagración y la popularidad como compositor. Y es así que encara lo que hasta aquí nos trajo.

 

 

Varias veces en esta columna se ha nombrado al año 1973 como el momento del cenit para la música pop, teniendo en cuenta que pop apocopa la palabra popular, y es porque en ese año vieron la luz obras discográficas que con el correr de las horas, días, años y décadas terminarían siendo considerados clásicos.

 

 

Dark Side of the Moon; Killing Me Softly, de Roberta Flack; el primero de Barry White; Artaud, de Spinetta; Caravanserai, de Santana, y Piazzolla saliendo de un infarto ese mismo año comienza a darle forma a Summit, el disco con Gerry Mulligan.

 

En ese mismo año, Herbie Hancock graba lo que hasta hoy es el disco de jazz más vendido de la historia. Básicamente porque no sólo sedujo a los amantes del los jóvenes modernos de la época y sentó, junto a On the Corner, de Miles, las bases para lo que ahí nomás surgiría como el gran grito de la comunidad negra americana, el funk, que hasta ese momento era sólo la gesta del gran James Brown por un lado y la psicodelia humanizada del interminable Sly y su Family Stone por el otro. El funk, hasta entonces, hasta Herbie Hancock y sus Headhunters, y luego hasta On the Corner, no tenía más forma que la peluca afro de Sly y los desbordes escénicos de JB.

 

Y teniendo en cuenta que este es el primer disco de una carrera que ya lleva más de 40 años en el cenit, ¿cómo no vas a adorar a Herbie Hancock? Me tengo que ir ya a misa, después nos vemos. Adiós.

 

Herbie Hancock tenía devoción por la música de Sly Stone, y fue su inspiración cuando forma el quinteto Headhunters, los cazadores de cabezas –nunca tan certeramente elegido el nombre de una banda–. Te cazaban la cabeza; escuchando el disco Head Hunters, tu cabeza se vuela. Y si eso pasa aún hoy, me imagino lo que sería en el año 73. Y no exagero, pueden ustedes comprobarlo fácilmente escuchando este disco.

 

 

Ya desde la tapa, grossa, divina, donde se ve a cuatro negros de gorra o de afro, fotografiados en un tono que va del violeta al azulado esfumado, y a un quinto tapado con lo que después sabríamos era una máscara de una tribu africana con un display de vúmetro en la boca; ya desde la contratapa, con el quinteto y Herbie con su mejor peluca en el medio, sentado al piano eléctrico; ya desde ahí, uno sabía que no se iba a encontrar con algo ordinario.

 

 

Curiosamente, Herbie llamó para este disco a tipos que no eran grandes luminarias en el mundo de la música (quitando a Harvey Mason en la batería, que venía de tocar con Erroll Garner y con Earth, Wind & Fire), eran más bien oscuros sesionistas. Empezando por Bennie Maupin en saxo y flautas, que debutó ahí; el bajista Paul Jackson, que Herbie conocía de la Berklee College of Music, y Bill Summers en percusión, que también debutó en este disco y que hasta el día de hoy ha participado en más de 200 discos con artistas como Ella Fitzgerald, el Gato Barbieri, Lenny Kravitz y Michael Jackson, entre otros. Se ve que Herbie no sólo tenía oído, sino también ojo para elegir músicos. Ellos eran la banda que soñaba James Brown, ellos plasmaron lo que Sly Stone bocetaba con su Family Stone. Ellos, los Headhunters, fueron la primera isla donde el funk hizo pie para poder mirar hacia delante y soñar con un futuro promisorio.

 

 

Fue niño prodigio de concierto de piano a los 11 años y firmó su primer contrato como solista a los 20 con el sello Blue Note.

 

 

El disco abre con “Chameleon”, 15 minutos de funk a los pedos, con la precisión que caracteriza a los americanos y al que sólo le faltan los gritos desaforados de James Brown para quedar a la altura de los más grandes éxitos del padrino del soul. Puro ritmo, pura onda, y quince minutos que cuando terminan te parecieron cuatro o cinco. O sea, una de esas músicas que te alargan la vida.

 

 

Después llega una reversión de su gran hit de diez años atrás, “Watermelon Man”, un tema que Herbie ideó recordando el sonido del tipo que vendía melones en su vecindario, que al parecer tocaba una tonada similar a la de la flauta con que empieza la canción. Obviamente, aquí en una versión más eléctrica y power que la original. Y aquí terminaba el lado 1. Después viene el homenaje en vida de Hancock a Sly Stone con “Sly”, diez minutos y medio de música stone, la de la familia Stone, refinada hasta el hartazgo. Algo así como agarrar a Karina Olga y ponerle el cerebro de Marguerite Yourcenar. Y el final con “Vein Melter”, que vaya a saber uno qué carajo significa, pero es una especie de balada experimental de nueve minutos que pareciera llegar en el momento justo, es el bajón después de la mejor yerba del mundo, es el relax ideal después del sexo más elevado que puedas tener, es el mejor eructo después del Uvasal. O sea, es lo que necesitás justo en ese momento, después de veintipico de minutos de agite cerebral.