Adrian, el amigo de Tony, se suicida y deja perplejo a todo el mundo. Un funcionario público entra en un restaurante y mata a un hombre porque sí. Y un montón de personajes pintorescos van y vienen dentro de los cuentos de Junot. En todos los casos hay inocentes y no tanto.

Dicen que después de la adolescencia la vida empieza a pasar más rápido. Cada año de colegio, cada baile, cada nueva amistad, amor o desengaño tiene una intensidad que después va cediendo, y el tiempo (ese que parecía eterno) va acelerando el paso. En El sentido de un final, su última novela –ganadora del premio Man Booker–, Julian Barnes logra transmitir esa sensación de un modo tan brutal y efectivo que hace falta volver una y otra vez a las mismas páginas para comprobar que sí, que el tiempo sigue siendo el mismo pero la vida va cambiando su peso específico.

 

Porque si para contar ese período breve de la adolescencia de Tony, su protagonista, se toma setenta páginas, le alcanzan sólo cinco párrafos para contar el resto de su vida: noviazgo, casamiento, paternidad, jubilación, divorcio. Como si todos los años que siguieron a su juventud hubieran sido leños que encendieron y dieron calor, pero se olvidaron de dar llama. La primera historia, la del período intenso en el que todo era nuevo, es la de Tony y su grupo de amigos del secundario.

 

Chicos bien educados, ávidos de sexo y literatura, que se retan a duelos intelectuales y se interrogan sobre la trascendencia y el sentido de la vida; tanto que uno de ellos, Adrian, decide quitarse la suya propia. Y a partir de su suicidio comienzan las culpas cruzadas de sus padres y amigos: por no haberlo advertido a tiempo, por no haber logrado evitarlo. Y va a ser alrededor de ese suicidio que muchos años después se disparará otra historia, ya en la adultez del protagonista, cuando recibe una carta de la madre de la ex novia de Adrian (que también había sido novia suya) en la cual le envía dinero y le promete un manuscrito que nunca llega: los diarios de su amigo muerto, el que no “sobrevivió para contarlo” y, sin embargo, puede que esté a punto de hacerlo. Porque como afirma la novela: “La historia son las mentiras de los vencedores, pero también las mentiras con que se engañan a sí mismos los vencidos”.

 

Barnes y las culpas cruzadas de sus héroes.

 

 

 

Fue sin querer queriendo 

 

Volvieron las chicas latinas, los muchachos caribeños y ese spanglish astuto, rebuscado y cada vez más ingenioso que es ya una marca autoral en Junot Díaz, autor dominicano criado en EE.UU. que tras su éxito con La maravillosa vida breve de Óscar Wao –novela ganadora del Pulitzer– regresa con Así es como la pierdes, su nuevo libro de cuentos. Relatos sobre cómo arruinar relaciones afectivas y después sentirse culpable hasta el hartazgo (para siempre terminar reincidiendo, claro). Hay de todo: mujeres que endilgan y luego niegan paternidades, engañadas que intentan pero al final no perdonan, tristezas que parecen celebraciones y hasta una “Guía de amor para infieles”. Toda la cultura de la telenovela, excesiva y culposa, condensada en un lenguaje originalísimo, de una cadencia contagiosa.

 

 

 

El título es todo un clamor universal.

 

 

 

¿Yo señor? Sí, señor

 

Si Hitchcock viviera, haría lo posible por filmar Justicia, la novela que el escritor suizo Friedrich Dürrenmatt publicó en 1985 y que acaba de ser reeditada por Tusquets en la Argentina. El disparador (literal) de la trama aparece ya en las primeras páginas: un funcionario público y hombre de fortuna ingresa en su restaurante habitual, saluda a un profesor amigo con el que suele jugar al billar y, sin mediaciones, le pega un tiro. Así, sin más. Su cuerpo cae muerto, con el rostro enchastrado sobre ese plato de tournedós alla rossini que desde entonces quedarán, como él, para  siempre fríos. Sin inmutarse, el asesino abandona el local como si nada, dejando a los múltiples testigos con la comida atragantada. No trata de escapar de la justicia. Por el contrario, esa misma noche asiste a un concierto, se deja apresar sin resistencias y cuando lo interrogan por el móvil responde, impávido: “Ninguno”. Pero una vez en la cárcel la cosa se complejiza: contrata a un hombre para que indague las consecuencias del asesinato (el impacto que causó su muerte en los amigos del difunto, en su lugar del trabajo, en su familia, en la sociedad toda) y a un abogado joven para que “olvide” que él es el asesino y le busque al caso otra alternativa. Y aunque fueron muchos los que presenciaron el crimen (o quizá precisamente por eso) pasado cierto tiempo empiezan a contradecirse, los rumores se mezclan con las verdades y, a pesar de lo que vieron, se instala la duda. Tanto que desde el principio de la novela sabemos que el verdadero asesino logrará ser liberado. ¿Quién se siente ahora culpable? El joven abogado que, creyendo que sus especulaciones iban a ser más un ejercicio intelectual que una defensa, termina dando los argumentos para que lo absuelvan. Una historia tan enredada como apasionante, que entre devaneos acerca del sentido de lo justo y qué implica ser culpable, cautiva hasta la última página.

 

 

 

 

Cuentos locos con personajes geniales.