¿Se es realmente culpable cuando se desafía a un sistema manipulador y obsoleto que atenta contra la libertad y los derechos evolutivos humanos? El mandato social y cultural vs. la libre evolución del ser.

Todos nos hemos sentido culpables en alguna ocasión. La culpa nace de la conciencia de sentir y pensar que hicimos algo mal, o de creer que deberíamos haber hecho algo y no lo concretamos. Nos encontramos muy a menudo con la opinión de especialistas que nos explican que los sentimientos de culpabilidad pueden atribuirse a una educación cargada de mandatos condicionantes, dogmatismos, o por las extraordinarias exigencias de rendimiento a las que hoy estamos sometidos. Algo de cierto hay en esto, y es que el paradigma vigente estructura las normas que estipulan lo que “está bien” y lo que “está mal” para terminar un condicionamiento moral y ético del pensamiento. El paradigma, entonces, delimita los sistemas de creencias que luego son adoptados por la sociedad, conformando las bases a través del cuales las ciencias y creencias se apoyan para fundamentar el conocimiento que nos ayuda a percibir, interpretar y explicar la realidad. Estas normas permiten formalizar un esquema de organización bajo cuyas reglas éticas y morales se rige el mundo en el presente y desalientan el pensamiento independiente, tildando de culpables a los que desafían el paradigma vigente. Ahora bien, ¿se es realmente culpable cuando se desafía a un sistema manipulador y obsoleto que atenta contra toda expresión de libertad y contra los derechos evolutivos humanos? Por consiguiente, la culpa objetiva y el sentimiento de culpabilidad subjetivo no siempre se corresponden entre sí con justeza. ¿Puede ser que exista una culpa real de la que el culpable no es consciente por alguna deformación propia o por las reglas equivocadas bajo las cuales se mide su culpabilidad? ¿Hasta qué punto el sistema vigente respeta la libertad y derecho evolutivo del ser humano?

¿Qué o quién determina la culpabilidad ?

¿Nos hemos dado cuenta de cuántas veces estamos juzgando y culpando con parámetros que no se ajustan a nuestra propia elección de vida? ¿Cuántas veces quieren hacerte sentir culpable por cuestionar dogmas que ya son obsoletos o imposibles de cumplir en esta época?
Cuando rechazamos sistemáticamente, por principios evolutivos, cualquier conciencia de culpabilidad como si fuese un sentimiento enfermizo estamos a un paso de poner en marcha, consciente o inconscientemente, todos los mecanismos disponibles para demostrarnos a nosotros y a los demás que no somos responsables de nuestras decisiones erróneas, ni de nuestros comportamientos desafiantes al sistema. En todo caso, lo que se está haciendo es reclamar por un cambio de paradigma. La pregunta surge espontáneamente: ¿en qué medida debemos sentirnos responsables y culpables por desafiar el orden establecido? ¿Quiénes son realmente culpables por establecer todas aquellas limitaciones que conducen a situaciones insolubles y que favorecen las situaciones de culpabilidad individual y colectiva? ¿Tengo yo la culpa por manifestarme en contra de una guerra que nadie me preguntó si quería? ¿Soy culpable de los muertos que producen la pobreza y el vivir marginado del sistema? ¿Tengo yo la culpa de que el combustible que obligadamente consumo por no existir energías limpias, contamine el aire que todos respiramos? ¿Soy yo quien ha provocado las circunstancias especiales que hacen imposible el desarme, ya que ello provocaría un enorme golpe económico a los países cuyas políticas dependen de la fabricación de armamentos?

¿La culpa es mía o del sistema?

¿Qué has hecho tú –sí, tú– para evitar que sucedan esas cosas? ¿En qué grupos sociales, ecológicos, de conocimiento, espirituales, evolutivos, o políticos colaboras tú para lograr un cambio de paradigma? Porque todo ese mundo podrá cambiarse cuando cada individuo, en vez de sentirse culpable, actúe y sea parte del cambio. Esta es la convicción inamovible de la conciencia sin culpa. Si el mundo no cambia porque nuestra convicción de que podemos, como “parte”, ejercer influencia en la “totalidad” es demasiado pequeña, nuestra esperanza demasiado débil, nuestro amor demasiado mezquino, y entonces habrá motivo para que seamos juzgados y declarados culpables. Todos podemos comprobar, continuamente, cuantas ocasiones desperdiciamos y cuántas oportunidades de hacer el bien dejamos pasar más allá de la sentencia de culpabilidad de otros. Porque no somos culpables cuando actuamos al ver que determinadas estructuras injustas facilitan el mal (y con ello, la culpa del ser humano). También tenemos que ver que no basta con vendar las heridas, debemos intentar, en la medida de nuestras fuerzas, evitar que se produzcan. La propia culpa a veces consiste en la aceptación pasiva de la situación existente.

La pandemia conservadora del paradigma vigente ha afectado a humildes, a trabajadores, a intelectuales, como así también, a grandes corporaciones. Todos somos culpables. ¿De qué? Y sobre todo, ¿por qué todos? La virulencia del contagio induce al pesimismo, a la resignación, a la destrucción de valores como la solidaridad, la compasión y la tolerancia. El resultado no es otro que la demolición del frágil tejido de una sociedad que pide a gritos un sistema más equitativo, de políticas al servicio del hombre, en vez de uno que lo vulnera e induce individualismo más feroz. Los indignados alzaron su voz en 951 ciudades de 82 países y unieron sus voces en un único grito: “Unidos por un cambio global”. Los indignados en España han gritado “culpables, culpables” al pasar por las sedes políticas y las sucursales bancarias. Lo cierto es que el lema apunta a que tan sólo el uno por ciento de la población cree poseer el derecho de culpar al 99 restante por no colaborar más con el sistema. Es decir, el 99 por ciento de la humanidad es víctima de la opresión evolutiva perpetrada sin piedad por el establishment, que impone las leyes que rigen lo que está bien y lo que está mal. Un uno por ciento que vive con salarios de reyes oficializa leyes opresivas, y con dinero que no les pertenece se atreven a enjuiciar y “culpar” a un simple ciudadano como terrorista, por hacer valer su derecho a manifestarse. “No somos ni marionetas, ni mercadería del liberalismo, somos gente con conciencia y aquí estamos para que nos vean”, expresaban los indignados que mostraban su orgullo en voz alta. Como decía el genial Albert Einstein: “Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”, y agregaba que nada puede ser cambiado en el nivel de conciencia que fue creado. Cuando un cambio de paradigma se presenta como un movimiento sin líder, y la gente deja de proyectar una identidad ciudadana programada por la política social de turno, estamos frente a una acción que nace desde el despertar de la conciencia. No somos una cultura que evoluciona y se desarrolla independiente de un proceso mayor, planetario y a su vez galáctico. Vivimos influenciados por procesos energéticos externos a nosotros mismos, y la manera en que creamos y conducimos nuestra cultura global son respuestas a cambios en nosotros mismos, producto de la transformación. Todo lo conocido es la creación de un nivel de conciencia, si cambia la conciencia, ese nuevo estado requiere un cambio equivalente en lo creado. Todo el sistema vigente se basa en un desarrollo económico productivo, tendiente a lograr la sustentabilidad del propio esquema de poder, por eso los esquemas de vida se basan en la dinámica de producción y consumo que termina depredando los recursos no renovables y al medio ambiente. Es por ello que desarrollar un nuevo modelo de humanidad, compatible con la filosofía de la sustentabilidad deberá ser el próximo paso obligado. Somos parte de una revolución en la cual la única culpa que no se acepta, es quedarse quieto esperando ver como las cosas se derrumban sin que existan personas que se animen a desafiar la culpabilidad.