La decisión de respetar, finalmente, la postura ideológica de un artista y el autoanálisis de su obra encuentra su lugar en la muestra “Kemble por Kemble”, que arte se presenta en el Malba.

La culpa en el arte es una constante. Se puede inferir que algunos artistas la han canalizado a través de su obra, y hasta hay piezas que provocan sentimientos de culpa en el espectador ya que en ellas puede ver reflejados tabúes, dolores, vergüenzas y miserias humanas. Pero también existe una culpa que muchas veces deben asumir aquellos que ejercen la crítica del arte y los que se ocupan de su historiografía. Ciertos abandonos, omisiones o puntos de vista descartados por las miradas de la época pueden ser subsanados a la luz de los años y de las nuevas lecturas. Podríamos ocupar toda la revista contando situaciones en donde los academicismos, lo legitimado, el mercado, dejaron de lado a autores y obras que con el tiempo ascendieron a una primerísima posición. Van Gogh es, quizá, el más emblemático, pero sin llegar a tanto, hay una multiplicidad de historias que merecen ser tenidas en cuenta.

 

Un ejemplo es el lugar que Kenneth Kemble y su ideología artística ocuparon en el campo del arte en las décadas del 60 y del 70 en nuestro país. Como artista, escribiendo los prólogos de sus propias exposiciones, y como teórico o crítico con sus textos en el Buenos Aires Herald y en otros medios gráficos, Kemble desarrolló un particular estilo discursivo frente al público y la crítica contemporánea que lo incomodaba. Si bien el espacio que lo circundaba no era del todo adverso, en cierta forma no respetaba su postura, la más de las veces clara y sin pelos en la lengua, como en “Las ideas: Los críticos frente a los críticos”, un texto de su autoría para la revista Artiempo, en 1968, donde con humor e ironía describe un encuentro de críticos en Tandil: “Se habló mucho, se discutió poco, pero se hicieron algunos despliegues bravíos de erudición, y las consabidas divagaciones plenas de la nostalgia del pasado impresionaron a unos y durmieron a otros. (…) No se pudo decidir si el crítico debía meramente informar, aclarar o explicitar la obra plástica para su mejor comprensión por parte del público espectador, o si la crítica debía ser normativa”. “Pero no se comentó consuficiente amplitud –seguía Kemble– el hecho de que la mayor parte de nuestros críticos provienen de disciplinas alejadas de los problemas propiamente visuales, en su mayor parte de la poesía y la literatura, cuando no del fútbol o de Correos y Telégrafos.”

 

Era necesaria, entonces, una nueva mirada más atenta a su estilo discursivo, tarea que encaró el Malba-Fundación Costantini con la muestra “Kemble por Kemble”, bajo la curaduría de Florencia Battiti. A 15 años de la muerte del artista, el museo presenta esta exposición antológica con una selección de 32 obras realizadas entre 1953 y 1995, buscando rescatar aquellas decisiones y selecciones que el propio Kemble hizo sobre su producción. La curaduría se centró en el estudio de los textos del autor para crear un recorrido con obras provenientes de la colección personal de Kemble y de otras particulares y públicas, que incluyen pinturas, collages –algunos nunca antes expuestos–, assemblages, objetos y un video con un registro documental de la exposición “Arte destructivo”, experiencia colectiva realizada en la galería Lirolay en 1961.

 

El artista tenía la tendencia a periodizar su obra, a realizar “mapeos” que sin duda lo ubicaban en la vereda de la polémica, lugar desde donde reproducía el interés de “explicitar su posición estética”, según afirma Battiti. Es entonces que respetando esa posición la muestra incluye piezas en las que Kemble busca “apelar a las asociaciones inesperadas, buscar la conjunción de realidades inconexas, implementar cortes abruptos en la lógica habitual del pensamiento, destruir la supuesta naturalidad de una secuencia de razonamiento”, ya que esas son para la investigadora las premisas que el autor encontró para incrementar el desarrollo de su creatividad.

 

En un minucioso trabajo de investigación, Battiti tomó en consideración una carta que el propio artista dirigió en 1972 a un destinatario desconocido hasta la fecha, donde realizaba un análisis de su propia trayectoria, en particular al período comprendido entre 1954 y 1966. A partir de allí se construyó el relato que circula en toda la muestra, donde se ven sus trabajos en collage, aquellos en los que incorporó materiales “non sanctos” más relacionados a las villas de emergencia, los que superaron los lineamientos del informalismo, para finalizar con pinturas de gran tamaño que reproducen hasta la obsesión cada detalle de un collage de menor tamaño realizado con anterioridad. Vale la pena, por fin, ver lo que Kemble quiso decir de Kemble.

 

 

1. En los aposentos de la infanta cautiva, 1968.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2. Silla de mimbre, 1961.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. Tregua, 1957.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4. Paisaje compacto apto para gatos verdes, 1995.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5. Sin título, 1955.