Los hipócritas son los que fingen cualidades o sentimientos distintos de los que en realidad tienen. Y fingir es disimular o aparentar. Parece fácil, pero de Juana la Loca a Madame du Barry, pasando por la monja alférez, la historia nos ofrece un montón de personajes que nos complican la clasificación.

 

“Conoces, lector, al delicado monstruo-hipócrita lector, mi prójimo, mi hermano”. (Charles Baudelaire, Las flores del mal)

 

Apelo a la complicidad del lector siguiendo los versos de Baudelaire, el gran poeta maldito del simbolismo francés, sólo por una cuestión de estilo. Del mismo modo, quien lo prefiera, puede regodearse con algunas letras de Honestidad brutal (Andrés Calamaro, 1999). O, quienes así lo deseen, no tienen más que recalar en los diversos decires –que siempre marcan una conducta– de los actuales usuarios de Twitter. Minguito Tinguitella diría “se’gual”. Sin embargo, no todo es igual. Hipocresía, según el diccionario es, entre otras cosas, el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Si buscamos la palabra fingir, hallamos simular, aparentar.

 

Simular (del latín simulare) es representar algo, fingiendo o imitando lo que no es. Y disimular (de dissimulare), en cambio, es encubrir con astucia la intención. También es ocultar, encubrir algo que se siente y padece. Disimular el miedo, la pena, la pobreza, el frío. No se nos escapa que en este disimular hay cierto deseo de disfrazar u ocultar algo para que parezca distinto de lo que es. Si lo pensamos con cierto criterio de racionalidad necesaria para vivir dentro de los cánones, costumbres y leyes de un sistema, nadie como el filósofo Torquato Accetto, para explicarnos en su tratado La disimulación honesta, de 1641, las principales reglas de la cuestión. Accetto propone la disimulación como un mecanismo de protección contra la hostilidad del mundo, pero con un agregado fundamental: honesta, intentando salvar el alma humana de la corrupción reinante.

 

Está claro que no se hace aquí una apología de la hipocresía. Precisamente Accetto se ocupa de distinguir claramente las cosas: “La disimulación es la acción de no hacer ver las cosas como con. Se simula lo que no es. Se disimula lo que es”. 

 

Si consideramos la vida y obra de grandes personajes de la historia de la cultura y la civilización, veremos que no siempre el estilo de gritar la verdad contra viento y marea y caiga quien caiga (cierta tendencia al sincericidio) resultó exitoso para quienes lo practicaron. Muchos de los denunciantes de la injusticia terminaron en la hoguera: Juana de Arco, por ejemplo, en nombre de la verdad divina para salvar a Francia. O en términos terrenales, Juana la Loca, encerrada en una torre de por vida por no tolerar las infidelidades de su marido o denunciar las constantes intrigas palaciegas. En el camino de la historia siempre hay personajes, por cierto menores, cuyas vidas fueron menos espectaculares y seguramente más optimistas, por así decirlo. Al parecer, no lo pasaron tan mal, quizá practicantes intuitivos de lo que sería la teoría de Accetto. Aquí van dos historias. Para pensar.

 

Catalina de Erauso, la monja alférez, o las virtudes de disimular con ingenioTanto hablar de travestis en el siglo XXI como si fuera algo novedoso y la historia nos deja mudos de un plumazo. El plumazo lo dio, literalmente, la propia monja Catalina de Erauso, nacida en San Sebastián en el año 1581, cuando escribió su Autobiografía.

 

Convengamos que, en pleno renacimiento, fue una monja modernísima. Catalina fue capaz de torcer su destino utilizando trucos que no eran precisamente deutilería. Los padres le habían elegido el convento como su vocación: la internaron en los claustros a los cuatro años de edad. Pero a los quince mostró una rebeldía que superó con creces al cine de Hollywood; los agudos de Julie Andrews cantando en La novicia rebelde se opacan frente a las trampas osadas de nuestra heroína.

 

Se había dado cuenta de que en lugar de bordar le gustaba dar pelea con lo que tuviese a mano: sus puños, la espada o el arcabuz. Un día le pegó un empujón a una monja y la mandó al suelo. Tomó las llaves del convento y huyó. Una vez afuera, se cortó el pelo y se fabricó ropa masculina con su capa y su hábito monacal. Así, vestida de hombre, se armó una estrategia: caminaría y viajaría por el mundo ocultando su verdadera identidad.

 

“Estando por profesar me salí, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí aquí y acullá, me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, corretée”, cuenta la monja.En sus correrías se hizo a la mar como la mayoría de los españoles aventureros de aquel entonces y llegó a América. Desde Perú hasta Tucumán no dejó títere con cabeza. Robó, huyó y… no la pescaron nunca. Tuvo varias novias que, encandiladas porque no era machista y tosco como el resto sino un muchacho encantador de bigote ralo y romanticismo bravío, quedaron sin boda envueltas en llantos desesperados cuando la monja elegía la batalla antes que el casorio.

 

Una mañana, quizá harta de su identidad prestada, le confiesa a un obispo la verdad verdadera. El prelado la hace revisar por unas matronas que además certifican su virginidad. Catalina se convierte en un portento.

 

Comienzan a recibirla reyes, príncipes y papas. La consideran una de las personas más notables del momento. Hasta que el rey de España le otorga el título de alférez, así, travestida como era. Al poco tiempo regresó a México y se quedó a vivir en Veracruz donde una de sus debilidades fue la caza de venados, esto es, de ciervos. Siguió seduciendo a diestra y siniestra a lindísimas muchachas, a quienes les hablaba con dulce decir de monja y bravura de soldado.

 

De los encantos ¿sinceros? que Madame du Barry ofreció al inquieto Luis XV Nacida el 29 de agosto de 1743 en los bajos fondos de una pequeña ciudad de provincias, Jeanne Bécu era hija del amor que había tenido su madre con un fraile de apellido Ange. De allí que la niña recibiese el apodo de Mademoiselle L’Ange (el ángel) cuando luego de pasar nueve años en el convento donde la puso su madre decidiera explotar comme il faut su deslumbrante belleza y sus artes amatorias. Hizo dos o tres trabajitos como criada y ayudante de peluquería pero se ve que el ejercicio de la virtud sistemática y sacrificada no era su fuerte.

 

La chica quería llevar una vida agradable con vestidos y joyas, que eran su perdición. Rápida como un lince se convirtió en una prostituta de lujo, protegida del conde ufianesco Jean Baptiste du Barry quien, para poder explotarla mejor, la casó con un hermano soltero bastante bobo que le dio el título y se borró.

 

Así, con título de duquesa, merecidamente conseguido, la joven profesional L’Ange mostró sus dotes excepcionales a Luis XV, un tanto deprimido por la muerte de su favorita anterior, la solvente Madame Pompadour.

 

Padecía el rey de cierta tendencia a la melancolía proveniente de su afición excesiva a la carne de ciervo, manjar al que sólo los nobles ricos tenían acceso. En verdad se divertía un poco más en una suerte de pequeño burdel privado llamado El Parque de los Ciervos, a donde se hacía llevar niñas púberes e inexpertas. De modo que cuando conoció a Du Barry se perdió de toda perdidez.

 

La chica era una exquisita profesional erótica y no escatimó juegos para que el deseo del rey estuviese a la altura de su rango, esto es, bien arriba. Imperdible resultó la canción con la cual en su primer encuentro Madame encandiló a Luis XV en una escena digna de ciertas sublimaciones arzobispales o, por qué no, presidenciales si pensamos en el affaire Clinton-Lewinsky en el Salón Oval de la White House: “Mi rey, os ruego señor/ olvidaos del temor/ que a vuestros pies me coloco/ no dudéis, id por lo vuestro/ lo mío, que aquí tenéis, os pertenece por siempre/ elegid ya sin pudor”.

 

Y ahí nomás Du Barry se desnudó y comenzó una muestra académica de sus dones y habilidades en el rubro de las oralidades y las manualidades. Al día siguiente, el rey la instaló en Versalles, donde su favorita lo tuvo siempre en la gloria. Antes de hacer el amor le ofrecía una tacita de chocolate y luego, entre jolgorio y jolgorio, le daba de comer en la boca pequeños trocitos de ciervo saborizados con salsa de apio y mostaza de Dijon picante que desvirtuaron para siempre aquella antigua idea de la melancolía.

 

En los minutos previos al acto final de morir, Du Barry le habría confesado a una de sus doncellas que su secreto mayor consistía en una innovación desconocida hasta entonces en Versalles, y que constituyó una suerte de bautismo definitivo para el rey pese a sus abundantes aventuras libertinas anteriores: llevar perfume en particulares zonas de su bellísimo cuerpo, con insistencia en una (sí, ahí donde usted imagina) que aquí no nombraremos.

 

Luego, cuando vinieron días tremendos para Luis XV, quien atrapó la viruela, Madame du Barry no tuvo reparos en cuidarlo muy devotamente y ocultarle la naturaleza de su enfermedad, descubierta, paradojas de la vida, en el refugio que preferían: el Petit Trianon, ubicado en el espléndido parque de Versalles donde tanto habían gozado de los placeres de Eros.

 

Mas allá de estas historias de nobles, cortesanos y libertinos, si seguimos incursionando hacia el principio de los tiempos de la cultura occidental, veremos que la prudencia y la cautela están presentes en el Antiguo Testamento, en los proverbios del rey Salomón, justo como pocos. Y si nos detenemos en las vidas de algunos santos como San Agustín, veremos en sus Confesiones su capacidad de discernir entre la lectura maniquea de la vida (él fue maniqueo, antes de convertirse al cristianismo), “todo lo que está del lado de la verdad es bueno y todo lo que proviene del lado de la mentira es malo”, y la otra, la que encuentra la verdad un poquito en todas partes. En todos los hombres y en todos los rincones del alma humana. Agustín, gran conocedor de la condición humana a partir de sí mismo, habla desde su experiencia como hombre pecador y desde allí conoce a fondo la hipocresía, la mentira, las pasiones, la injusticia, el engaño. Hasta llegar a la verdad del Verbo divino, El Evangelio, que no es de este mundo. Pero esa es otra historia. Y otro tema.

 

El filósofo Torquato Accetto propone la disimulación como un mecanismo de protección contra la hostilidad del mundo.