Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan, así define el diccionario de la Real Academia a la hipocresía. ¿Puede haber acaso un disparador más atractivo para la literatura?

Asesinos por naturaleza. El guión es conocido: un joven escapa de la cárcel, conoce a una prostituta y, con iguales ambiciones y un dudoso sentido de la moral, deciden dar juntos un gran golpe. ¿Otra historia de una pareja de ladrones con la ilusión del robo perfecto? Casi. Porque muchas de esas historias de estafadores en fuga –que para Hollywood ya son un género en sí mismo– son deudoras de Mi ángel tiene alas negras, de Elliott Chaze, escritor de culto en Estados Unidos e inexplicablemente poco conocido en el país. La novela fue publicada en 1953 y recién ahora fue editada en la Argentina por La Bestia Equilátera, que rescata esta obra maestra del policial norteamericano. Acá la hipocresía está en todos lados: desde el agente inmobiliario que pregunta menos de lo necesario con tal de cobrar un alquiler o la policía que tortura –sin pruebas y por las dudas– y después “maquilla” a su víctima, hasta los propios protagonistas, que se entregan a una pasión bastante parecida al amor pero que mantienen una desconfianza ciega en el otro (y lo bien que hacen). Desde el principio sabemos que para ellos las cosas no van a salir bien. Y sin embargo cada episodio está tan bien narrado y la totalidad de la trama es tan atrapante que anticipar su destino desde las primeras páginas es lo de menos. Además, lo que se anuncia no siempre resulta tan previsible. Sépanlo.

 

 

 

Haz lo que yo digo

 

 

“Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros.” La frase es de Groucho Marx pero bien podría ser de Julien Sorel, protagonista de Rojo y negro, el clásico de Stendhal. En la Francia del siglo XIX, el joven hijo de un carpintero está dispuesto a lo que sea con tal de ascender socialmente. No importa qué tenga que hacer para lograrlo: seducir mujeres, convertirse en sacerdote o alistarse al ejército, lo mismo da. Cuenta a su favor con saber latín gracias al empeño de un párroco y por ello en un principio cree que la Iglesia es el mejor medio para hacer carrera (aunque, claro, nom piensa respetar el celibato y tampoGroucho Marx pero bien podría ser de Julien Sorel, protagonista de Rojo y negro, el clásico de Stendhal. En la Francia del siglo XIX, el joven hijo de un carpintero está dispuesto a lo que sea con tal de ascender socialmente. No importa qué tenga que hacer para lograrlo: seducir mujeres, convertirse en sacerdote o alistarse al ejército, lo mismo da. Cuenta a su favor con saber latín gracias al empeño de un párroco y por ello en un principio cree que la Iglesia es el mejor medio para hacer carrera (aunque, claro, no piensa respetar el celibato y tampoco aquello de no desear a la mujer de algún prójimo). No está solo, hay otros tantos que, como él, quieren llegar a ser “alguien” sin importar el cómo ni el qué (y por supuesto, tampoco a costa de quien). Diciendo lo que los demás quieren oír y haciendo, o pretendiendo hacer lo que de él esperan, Sorel va especializándose en el arte de fingir. Y le va bastante bien.

 

 

La inconveniencia de la sinceridad para lograr una vida de privilegios y la urgencia por aparentar hacen que la mayoría de los personajes den cátedra de falsedad. Y Stendhal nos hace partícipes –y en algún sentido cómplices– de la contradicción constante entre lo que creen y lo que dicen, entremlo que piensan y cómo actúan. La novela fue publicada en 1830 y desde entonces las ambiciones y esfuerzos de su protagonista hicieron historia; tanto que aún hoy es imposible despegarse de sus páginas (que, por suerte, no son pocas).

 

 

¿Yo señor? Sí, señor

 

Mentira, crimen, poca culpa y mucha pero mucha simulación. Estos son los ingredientes de El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith, la primera novela de la saga que desde 1955 a 1991 tuvo al famoso Ripley como protagonista y cuyo mayor talento no es uno sino tres: imitar voces, falsificar firmas y engañar con total naturalidad. Su don es el del camaleón: sabe ponerse en el lugar del otro (eso sí, de un modo demasiado literal). Así logra infiltrarse en la vida de un joven norteamericano que vive en Europa, cuyo padre millonario lo confunde con un ex compañero de su hijo y le propone que viaje a Italia –con los gastos pagos, faltaba más– para convencerlo de que vuelva a Estados Unidos a dirigir el negocio familiar. Por supuesto él tiene otros planes y ve en el encargo la oportunidad de mezclarse con la clase alta europea y vivir la gran vida fingiendo compartir sus gustos, su pasado, su alcurnia. Su objetivo es volverse su amigo y, hay que decirlo, le sale bien. Ripley, que comparte con el protagonista de Rojo y negro la fascinación con la que aspira a la alta sociedad que tanto desprecia, sin ser detective ni policía se convirtió en uno de los personajes más populares de la novela negra a nivel mundial. Un estafador profesional, tan inteligente como seductor, que suplanta a sus víctimas y les roba o las mata, según el caso) y suele salir indemne y con los bolsillos abultados. Ganadora del Gran premio de literatura policíaca y llevada al cine en dos oportunidades (primero con Alain Delon y luego con Matt Damon), la novela es un clásico imperdible del suspense. Tiene con qué.