Después de una década de silencio, el artista británico lanzó un nuevo disco. A los 66 años les pasa el trapo a todos los muñecos de moda y les enseña a ser modernos y a abrir nuevos caminos.

 

Cuando ya nadie esperaba de él nada demasiado trascendente, cuando todos sus acólitos estábamos más que satisfechos con su obra, cuando nadie suponía que estaba en algo después de treinta discos, de varias pelis protagonizadas y de infinidad de shows que hoy pueden disfrutarse vía YouTube o directamente en videos. Ahora que vivimos pendientes de los ratitos que nos regala esta inmediatez semiestúpida en la que se ha convertido el mundo de la música. Como todo, porque hoy todo es un ratito: un canal de música es un ratito, YouTube es un ratito, Google es un ratito, Pitchfork es un ratito, los shows en festivales son un ratito, la vergüenza es un ratito, y todo es un ratito, especialmente para las nuevas generaciones.

Ahora que todos miramos al muñeco de moda por sobre el hombro para ver al que estará en boga el mes que viene. Ahora que sabemos que la perra Laika nunca volvió a la Tierra porque se calcinó entrando en la estratósfera y que la llegada del hombre a la Luna fue en un estudio de televisión y, lo que es peor, de haber sido verdad que Neil Armstrong caminó en el Mar de la Tranquilidad, toda esa epopeya fue al pedo básicamente porque no mejoró en nada a la humanidad. Ahora que somos grandes todos los que pegábamos en la pared los pósters de los Spiders from Mars, los que descubríamos que los blancos podían cantar soul en serio con “Young Americans”, los que le dijimos adiós al mundo de las discotecas bailando “Let´s Dance”, los que contemplábamos como el Duque Blanco se iba en fade, como si no quisiera que lo conociésemos anciano.

Ahora, después de una década de silencio, el día que cumplió 66 gloriosas primaveras, el genial David Bowie anuncia, así de la nada, que tiene nuevo disco. Ahí todos nos preguntamos entonces en qué se habría convertido ahora, a esta edad, che. Y entonces llegó la nueva verdad develada, el nuevo camino que nos enseña Mister D, quien siempre nos mostró cómo era que uno se reinventaba para ser siempre moderno, para no aburrir, para generar una expectativa permanente. Y es que ahora se reinventó en él mismo, buscó uno de sus mejores modelos, el Bowie de Berlín, el de la genial trilogía de Berlin, Low y Heroes, tres discos que aún hoy son modernos; el que le produjo el debut solista a Iggy Pop con The Idiot y Lust for Life y al mismo tiempo producía el inmenso Transformer, de Lou Reed, el de caminando por el lado salvaje. Ahí buscó David Bowie al nuevo David Bowie, y solamente tuvo que dejar fluir al muñeco stanislavskiano para parir The Next Day, su álbum de estudio número 24. Y cuando apareció, otra vez, como tantas otras, nos puso a todos como chupando un cubanito por un largo rato.

Y es que acostumbrados que estamos a las mierdas que inundan las radios mostrándose como rock genuino o como novedades trascendentales, que aparezca The Next Day es fantástico. ¿Y sabés por qué? Porque nos enseña a buscar en nuestros propios relatos personales lo mejor que podemos ser y nos está gritando que lo saquemos, que quizá es lo que hace falta para mejorar todo, haciéndonos cargo de que el mundo es diferente, que algunos ya no están y que hay otros que sí.

¿Sabés qué quiero decir con esto? Que aquel Bowie del 76 tenía a dos genios dentro del estudio. Me estoy refiriendo a dos mentes privilegiadas, dos tipos formidables, inigualables, como el propio David. Y me paro y tomo un trago para nombrarlos.
Por esos días Mister D tenía al lado a Mick Ronson, que apagó la luz y entregó el equipo a los 45, y al mago del glam Tony Visconti.

¿Qué podría decir yo de Mick Ronson para los que no conocen la magnitud de su influencia? Un guitarrista sensacional, integró los Spiders from Mars, la banda de los 70 de Bowie, y después se fue con Ian Hunter para crear los Mott the Hoople, grabó y coprodujo Transformer, de Lou, es el guitarrista de “Perfect Day”, el de “The Man Who Sold the World”, punteo al que Kurt Cobain le debe unos cuantos kilates de su fama. Y es muy graciosa la historia de su gira con Bob Dylan, The Rolling Thunder Revue, documentada y escrita nada menos que por Sam Shepard en uno de sus libros más extravagantes. Quisiera decir tanto de Mick Ronson que no puedo escribir más, pero él no estuvo ahora al lado de David Bowie.

Tony y otros viejos amigos

El que sí estuvo fue Tony Visconti, todo el tiempo trabajando codo a codo, oreja con oreja con David en esas largas jornadas de estudio compartidas a escondidas en Nueva York, donde durante un año entero trabajaron en absoluto canuto. Tanto fue así que el mismo Tony cuenta que un día llegan al estudio del Soho los integrantes de una banda canadiense para grabar y se cruzaron con ellos, y los saludaron, y ahí mismo Tony y David agarraron todo lo que habían grabado y se lo llevaron a otro estudio en la otra punta de la ciudad. ¿Pero quién es Tony Visconti, se preguntará alguno en este punto?

OK, Tony Visconti nació en Nueva York pero hizo su carrera en la Londres psicodélica de los años 70. Allí comenzó a trabajar con Badfinger, la primer banda contratada por los Beatles para su sello Apple, pero la verdad es que se aburrió enseguida y ahí conoció a Marc Bolan (rápido a Google) que empezaba con T. Rex, y de ahí al infinito y más allá. Tony produjo al mejor T. Rex, el de The Slider y el de Electric Warrior. El de “Get it On”, “Bang a Gong”, el de “Metal Guru”, pienso en ellos y sólo me sale decir ¡qué hijos de puta!, también produjo a Moody Blues, a Morrissey, y no sólo produce, también toca el bajo y los teclados, a veces sólo para divertirse, en discos de su protegida Angelique Kidjo, de Peter Gabriel, de Santana; produjo y tocó en el debut de los Dandy Warhols, y en los últimos de Kaiser Chiefs y de Fall Out Boy, para que no dejen de llamarlo moderno.

Bueno, Tony Visconti sí está: lo llamó el Duque para que le produjera el disco. Y también buscaron a sus viejos amigos Gerry Leonard, el guitarrista que viene trabajando con Bowie desde el comienzo de este siglo, y al enorme Earl Slick, que viene tocando con David Bowie desde que reemplazó al huraño Steve Ray Vaughan en la gira de Let’s Dance en los 80.

Nota al pie, no me equivoqué: el guitarrista del disco Let’s Dance fue Stevie Ray Vaughan, y la verdad es que todos conocimos ahí al texano. Y estas mezclas, en esta clase de gente superior, no es rara, sólo hay que ver las fotos del libro de Sam Shepard de la gira de Dylan con el genial Mick Ronson vestido de Spider from Mars entre cherokees y cowboys.

La tapa del disco es la foto de Bowie en Heroes tapada por una superficie blanca, como diciendo todo lo que hay que saber antes de escuchar la música. Y la música es el rock más evolucionado que se puede escuchar. Es un disco genial, de un artista genial, en un mundo musical en plena decadencia. El mensaje es: no todo está perdido. El baño es por acá, ¿no? Gracias.