La gran dama del showbiz nos abrió las puertas de su casa para hablar del amor, el matrimonio, la pasión y el trabajo. También de la vida, eso que como decía Lennon va pasando mientras estamos ocupados haciendo planes.

No tenemos toda la tarde de sol para la charla. Sólo un rato. Lo suficiente para verla posar como una reina en esa casa que la cobija y la expresa. Paredes rojas, glicinas y un living donde uno se quedaría a vivir eternamente. Ella y sus rulos flojos ; ella y el brillo de unos ojos que miran fijo y hablan. Ella y su risa. Ella y su voz, irrepetible. Desde el vamos, cuando le pedimos que, más allá de la obra que está dirigiendo, Escenas de la vida conyugal, nos cuente lo que quiera, sepa, pueda de las propias, las de su vida con Eduardo Le Poole, nos previene que de su vida personal, en general, no habla nunca. Sólo dirá –asegura–lo que todo el mundo sabe: que este año cumplió cuarenta años de casada con su marido, a quien conoce desde hace cincuenta como amigo porque empezaron siendo compañeros de grupo terapéutico allá lejos y hace tiempo. Por aquel entonces corrían las experiencias con ácido lisérgico. “Sí, claro que pasamos por esa experiencia”, dice, sin darle ninguna importancia. Lo que sí recalca es que ella y Eduardo empezaron al revés que el resto de las parejas. “Arrancamos como compañeros de análisis y de esa forma nos contamos primero todo lo que la gente en general no se cuenta. Él sabe cómo soy yo… yo sé cómo es él… Nos adivinamos. A veces nos reímos mucho porque parece que tuviéramos telepatía, pero muchísima.” ¿Presentarla como actriz? Casi una falta de respeto. Como Norma Aleandro, a secas, resulta más que inquietante. Pasen y vean.

 

–¿Una convivencia de cuarenta años no se parece a veces a un campo de concentración?

 

–(Risas) Debe haber matrimonios que sí, que debe ser casi peor… hay matrimonios en los que se nota a la legua que eso no les va, porque es como una reacción alérgica que se tienen el uno al otro. Pero esa es gente que se queda al lado de cosas muy venenosas.

 

–¿Cuál sería la fórmula para pasarlo bien?

 

–No, no hay fórmula.

 

–¿Pero cómo se las arregla?

 

–De verdad nos queremos mucho, nos entendemos, nos divertimos juntos, tenemos una mentalidad muy similar, sobre todo para las cosas importantes de la vida.

 

–¿Por ejemplo?

 

–Qué es ético y qué no lo es; y lo que de verdad importa en la vida: el amor, cómo y cuánto importa.

 

–Para Woody Allen el amor está relacionado con el hecho de que “el corazón es un músculo muy elástico”. Suponga que un día viene Eduardo y le dice “me voy a retirar de la relación”, ¿usted qué contestaría?

 

–Me reiría mucho porque no me dio ninguna señal, ni un sólo síntoma, o lo consideraría una broma de mal gusto.

 

–¿Apelaría con ironía a la frase de Woody?

 

– Nooo, yo no trataría de retener a nadie, no sirve.

 

–¿Alguna vez alguien se retiró de su vida?

 

–En realidad, más me he retirado yo.

 

–¿Y cómo quedó el partenaire?

 

–La mayoría de las veces he seguido siendo amiga, lo cual quiere decir que no nos habíamos equivocado, que como personas nos valíamos la pena aunque la convivencia no funcionara.

 

–La convivencia es un poquito brava.

 

–Creo que tiene grandes dificultades para cualquiera y con cualquiera, es difícil convivir con tus padres, con tus hermanos… ¡con amigos!

 

–¿Usted y su marido usan cama grande?

 

–Sí, claro, dormimos los dos en una.

 

–¿El desayuno?

 

–Juntos, acá en el living, nos leemos el diario el uno al otro, nos leemos lo que nos gusta.

 

–Casi como dos palomitas en arrullo.

 

–No sé si decir eso, aunque las palomitas tienen una relación muy linda, se besan mucho.

 

–¿Ustedes también ?

 

–Sí, es que si no fuera así ni a él ni a mí nos gustaría estar juntos. No es una cosa forzada, fijate que si uno trata de hacerlo quizás no salga. Esto no me había pasado antes tan así en la vida.

 

–¿Caras de c… nunca?

 

–No. Y esto no quiere decir que no tengamos una diferencia. Nos puede durar un rato pero nunca nos hemos insultado, nunca nos hemos dañado.

 

–A Woody le preguntaron un día algo sobre el sexo y dijo: “En la vida hay dos cosas importantes, una es el sexo, la otra no me acuerdo”. ¿Usted qué diría sobre eso ahora, a esta altura de la soirée?

 

–El sexo es una de las bellas artes de la vida.

 

–¿Después de cuarenta años, resulta una tarea un tanto laboriosa, quizás?

 

–Si te lo tomás como una tarea no es agradable, tiene que ser algo que sea agradable para las dos personas, pueden ir cambiando las formas, seguramente, como va cambiando también la forma de vivir diariamente a través de los años, como va cambiando la vida.

 

 

“El sexo es una de las bellas artes de la vida”.

 

 

–¡Y cómo nos va cambiando el cuerpo!

 

–Pero a mí me gusta él como es, no me gusta pensar en él como era; lo quiero como es ahora y él me quiere como soy ahora y nos divertimos con eso, porque estamos los dos distintos y los dos éramos guapos y ahora somos gente grande.

 

–El desnudo de los que pasamos los 50, ¿le agrada?

 

–A mí el desnudo me gusta de y en la persona que quiero. Yo he estado en playas nudistas y el desnudo de gente grande no molesta cuando es absoluto, naturalmente absoluto.

 

–Yo estuve en playas nudistas pero no me animé a desnudarme, ¿usted sí?

 

–Sí, y Eduardo también.

 

–Es una cosa fortísima porque el cuerpo se va cayendo así, como en olas, hacia abajo.

 

–En todo caso, se ha ido cayendo de a poco. Yo siempre digo que los años son tolerables porque vienen de a uno, un día viene después del otro, si te vinieran treinta años todos juntos, bueno… ¡qué susto!

 

–Helen Fisher es una terapeuta que dice que la pasión dura alrededor de dieciocho meses en una relación.

 

–Y si yo te digo que me duró más o alguien dice que le duró menos, ¿qué hace la Fisher?

 

–Nada, es una teoría que menciono porque me dijo que a su marido le interesaba el campo de las neurociencias.

 

–Las neurociencias me parecen interesantes porque nos dan una visión mucho más profunda de lo que abarca nada más que lo psicoanalítico; nos dibuja como seres mucho más complejos que lo que nos dibujan ciertas recetas lacanianas.

 

–Lo de Lacan es bravo porque él dice que amar es dar algo que no se tiene, a alguien que no es.

 

–Lacan es para estudiar lenguaje.

 

–Claro, pero es lindo porque el decir tiene mucho que ver en la cuestión.

 

–Sí, lenguaje puro.

 

–Hablando del decir, ¿qué opina de la hipocresía?

 

–Es un velo que se usa bastante; el que lo tiene cree que lo cubre y en general hace bastante daño al que practica la hipocresía y al que se la practican.

 

–¿Y la contrapartida?

 

–La extrema franqueza, la gente que te dice “ay, yo te voy a decir la verdad” y tira un cañonazo. Hay que ser relativo con lo de “la verdad”, primero que todavía no se tiene, no hay quién te pueda decir: “Esto es así”, porque fijate que el mundo era chato, después se descubrió que era un poco más redondo, y el universo… Ahora hay muchos universos. Prigogine, que era un tipo muy inteligente con respecto de las verdades y sobre todo con respecto a qué hace uno con ello, decía: “Si uno tira las cosas contra una pared muchas veces y no se rompe, a lo mejor sirve”. La verdad es una de ellas, si la tirás muchas veces y no se rompe, a lo mejor es verdad.

 

–¿Le tiró algo por la cabeza a Eduardo alguna vez?

 

–Ni a él ni a nadie, ni siquiera somos de insultos, y fijate que mi hijo tampoco, creo que es una forma de vida.

 

–Bueno, tampoco se ven todo el tiempo.

 

–Nos vemos bastante, los dos trabajamos mucho, pero fijate vos que él su consultorio lo tiene ahí al lado y cuando termina sus consultas hace mucho del jardín y hace mucho de carpintero, que son actividades que le encantan. Y arregla cosas.

 

–¿Y usted qué hace cuando se quiere relajar?

 

–Leo mucho, pinto y escribo.

 

–¿Y para un relax total? Un vino, un champagne…

 

–Celebramos todo el tiempo.

 

–¿Un porro?

 

–Porro, no. No me cayó bien nunca, tengo el umbral muy bajo. Traté de probarlo y tengo alucinaciones mal.

 

–¿Y cómo maneja la angustia?

 

–Mi trabajo es un bello trabajo porque te ayuda a comprenderte mejor, a comprender el mundo de las relaciones de otra manera, pero además uno siempre habla del arte, pero yo te voy a hablar de la artesanía, porque me fascina la artesanía del teatro. Es una bella artesanía que tiene que ver con lo más profundo del ser humano: su alma, su espíritu, sus deseos, sus frustraciones, sus altos y sus bajos en todo sentido. Así que mi trabajo es terapéutico en el mejor sentido de la palabra, no lo hago porque sea terapéutico, pero lo es.

 

–Si tuviera que definir la gran pasión de su vida, ¿Eduardo y el teatro están en el mismo nivel?

 

–¡Nooooo!

 

–¿La gran pasión es Eduardo?

 

–Por supuesto. No sólo él: mi hijo, mis nietos y mis amigos mucho antes que el teatro, yo no podría vivir sin amigos o sin familia. Sin teatro, sí.

 

–Lo que uno sabe de su propio narcisismo, en usted imagino estará un poquito más arriba. Estamos hablando de la mejor actriz de…

 

–(Interrumpe, suave) Eso es un adjetivo calificativo que me parece que no es apropiado, no soy la mejor actriz de nada. Una vez un tipo decía que si dos personas salen a correr, el primero es el que llega primero que el otro. Ahora, en este tipo de trabajo que nosotros hacemos, hay mucha gente diversa con muchos colores diferentes que servimos para ciertas cosas y las hacemos mejor, otras peor, otros tenemos un poco más de suerte un día, otros menos suerte, pero yo conozco mucha gente con talento que no ha tenido suerte.

 

–¿Le sirve manejar bien su ego?

 

–No me sirve mucho el ego, en general te hace tropezar demasiado con tu propia estupidez.

 

–¿En qué momento sintió que tropezó mucho?

 

–Yo tuve la suerte de ya ser grande en el momento de más éxito de mi vida. La historia oficial fue mi primera película protagónica, venía haciendo teatro toda mi vida desde los trece años, protagónicos, bellos personajes, buenísimas obras, con éxito y sin éxito. O sea que he pasado por el éxito y por el fracaso muchísimas veces. Yo no te puedo decir que no queremos todos que nos vaya bien cuando hacemos algo y que venga la gente a vernos porque el teatro se hace para la gente, lo hacemos por nosotros con otros, para los demás. Pero ha habido fracasos bien interesantes, he conocido gente maravillosa con quienes he hecho obras preciosas y he podido estar en el escenario y tener una idea de mí misma sobre el escenario que a veces con un éxito no lo tenés porque no se dio así.

 

–Dígame un instante de risa loca, como en el tango.

 

–Soy muy distraída. Yo tenía un amigo, Emilio Alfaro, gran amigo que había sido pareja mía cuando yo tenía dieciséis y después fuimos amigos toda la vida. Él decía siempre que cuando yo fuera vieja nadie se iba a dar cuenta porque iba a estar tan distraída y arterioesclerótica como cuando era joven. Tengo muchas distracciones y a veces me dan rabia, pero termino riéndome porque los demás se terminan riendo de las estupideces que puedo decir, de los errores que puedo cometer y sobre todo de los tropiezos que puedo cometer por no mirar por dónde camino. Los perros ya lo saben, porque cuando están tirados en el suelo me los llevo por delante.

 

–Qué peligro, por la noche si se levanta medio dormida…

 

–No es cuando más me caigo, porque uno va cuidando los pasos, sino cuando estoy muy confiada y hay luz, entonces… gags de tropiezos tengo.

 

–¿Pijama o camisón?

 

–…

 

–¿Camiseta?

 

–…

 

–¿Nada?

 

–(Risas.)

 

–¡Es como Marilyn!

 

–No, hay cosas que nos diferencian, déjame que te desilusione…

 

 

 

“Por suerte los años vienen de a uno”.

 

 

–Ella decía “Chanel Nº5”, ¿y usted?

 

–Ya no uso más Chanel.

 

–¿Un instante romántico de verdad?

 

–Hay alguno que es medio insólito: mi marido y yo escuchando a nuestro nieto, que tiene una banda divina, escuchándolo nos han sacado fotos y los dos estamos así con las babas…

 

–¿Su marido no tuvo hijos?

 

–Mi marido tiene como hijo a mi hijo, como nietos a mis nietos, y fue el hijo de mi padre.

 

–En la película Casablanca ¿toma el avión o se queda con Rick?

 

–Yo me quedo con el amor.