Una docena de libros, una década de Macanudo, giras con Kevin Johansen, muestras, discos, películas, una editorial y más. En esta nota nos cuenta por qué no puede parar.

Tus trabajos denotan un mundo interior y una sensibilidad que parecen en contradicción con todas las ocupaciones que se le conocen, ¿cómo hace?

 

 

–No sé… yo era vago. Yo me acuerdo muy bien de lo vago que era en el colegio y en la universidad inclusive. Nunca fui un buen estudiante, entonces me acuerdo que pensaba “de grande no sé qué seré, pero seré la versión vago de eso”. Y cuando empecé a dibujar historietas, eso que disfruto tanto hacer empezó a ser mi trabajo y es como que tu trabajo sea ir al cine, algo por lo que vos pagarías, entonces vas al cine y la gente te dice “Che, qué bien que viste la película”, “¡Buenísimo! ¡Vamos de nuevo, veamos otra!”. Es un poco eso: disfruto tanto del laburo que me volví un workaholic.

 

 

–El ejemplo del cine no es casual.

 

 

–No, yo era y sigo siendo muy fanático del cine. En algún momento, cuando tenía 15 o 16, se me ocurrió que tendría que ser director de cine pero…

 

–…era vago.

 

 

–¡Y además era tímido! Y si yo tenía que hablar con todo ese chorro que aparecía al final de una película me moría, pensaba: “¡Yo no puedo hablar con toda esa gente, apenas puedo hablar con mi familia! ¡Actores…! ¡Actrices que están buenas! No, eso yo no”. Hacer una historieta es hacer cine sin tener que hablar con nadie.

 

 

–¿Pintaba en esa época también?

 

 

–Sí, pero no lo disfrutaba porque cuando sos chico te comprás un lienzo y tres pomos, hacés el cálculo en tu cabeza y son cuatro compacts, entonces vas a pintar muy asustado. Recién cuando empecé con Kevin se destrabó mucho esa especie de duda, porque empieza el recital y no podés parar.

 

 

–Una figura que se repite mucho en su obra plástica son las cabezas.

 

 

–Hay dos gestos que me hicieron notar: muchas cabezas volando y cosas así raras, pero también dientes. Eh… son cosas que debería hablar con un psicólogo en algún momento, alguna vez leí que Picasso decía que su trabajo era pintar, no explicar.

 

 

–“Si lo pudiera explicar, no lo hubiera escrito”, decía un autor.

 

 

–Claro, voy a usar esa también. Las explicaciones del arte siempre las encuentro pretenciosas. “(Con voz afectada) No, lo que quiero es resignificarla.” ¡Resignificar nada, tenés un lindo laburo, disfrutalo! Pero, por otro lado, es algo que hago con mucho cariño y no quiero ningunearlo, creo que vendería muy mal mis cuadros porque no sé las palabras difíciles que hay que decir para eso, solamente sé “resignificar”, esa la manejo muy bien.

 

 

–Es un sistema diferente de comercialización.

 

 

–La historieta se consume de manera más directa, a la gente le gusta o no le gusta, no tenés que explicarle para que le guste. Pero en cambio, te ponés frente a un cuadro de Malévich y es un cuadrado negro, alguien se te tiene que poner al lado y explicarte por qué miércoles ese cuadrado negro es bueno, ¡es buenísimo!, ¡es el mejor cuadrado negro de la historia de los cuadrados negros!

 

 

–¿Y cómo fue que ese chico tímido se convirtió en un personaje…

 

 

–…de historietas.

 

 

–No, quiero decir que rompió un paradigma del oficio.

 

 

–Sí, porque el trabajo del dibujante de historietas es antisocial. Generalmente los dibujantes son tímidos y yo era supertímido. En el colegio estaban los pibes que jugaban al fútbol y el que dibuja historietas… ¡Y como no sabés jugar al fútbol, los odiás con pasión! Pero cuando empecé a publicar, yo quería vivir de esto, así que me obligaba a presentar los libros y esas cosas y me fui envalentonando y un día empecé a hacer los shows con Kevin y de a poquito él me fue llevando para el escenario y ahora ya está, algo oscurísimo sucedió, me caí del otro lado y estoy hecho un insoportable.

 

 

“Disfruto tanto que me volví un workaholic”

 

 

–Un adicto.

 

 

–¡Sí! Hay una cosa que es como el paco: es ese segundito en que sube la risa y baja. Lo que pasa es que generalmente los dibujantes hacemos algo y por ahí alguno se reirá, pero se ríen en su casa, no tenemos la experiencia del futbolista, que en el segundo que mete el gol, todo el mundo grita y festeja, y es muy linda esa sensación… Viste que hay mucho tipos que hacen stand-up y tienen vidas supersacrificadas y los contratan para eventos y no se ríe nadie y los pibes van porque- son-a-dic-tos, son enfermos como uno, yo ya los entiendo porque estoy cayendo en lo mismo.

 

 

–Tiene feeling con el público. 

 

 

–Y… lo lindo de las historietas es que te ahorran un paso: cuando llegás a un lugar es como si vinieras charlando con esas personas desde hace un rato, no tenés que decir un chiste genial de entrada.

 

 

–Sin embargo en las tiras no hace exclusivamente chistes.

 

 

–No, primero porque no me saldría. Hay tipos que son geniales, el Negro Fontanarrosa hacía 18 remates en una sola página de Inodoro Pereyra, pero a mí no me sale eso ni tratando. ¡El Negro era un genio! A mí me salen dos por semana y con el resto tampoco quiero forzar algo que no me gusta, no entiendo por qué tiene que ser gracioso.

 

 

–Por costumbre.

 

 

–Eso me acuerdo que me daba rabia: “Eh, este chiste no se entiende” y después todo el mundo dispuesto a hacer un montón de trabajo sobre una letra de una canción o sobre un cuadro… que hagan un laburito así con la historieta ¿cuál es el problema? La gente se enoja más cuando le contás un chiste y no lo entiende que cuando le contás un chiste malo, en Twitter ponen: “Les gusta Liniers porque está de moda pero en verdad a nadie le gusta”. ¡Piensan que hay como una confabulación nacional a favor de mí! Todo el mundo se puso de acuerdo solamente porque… ¡No sé por qué! Alguien se tomó el trabajo y no nos contó nada.

 

 

“Nada de lo que me pasó empezó como algo serio”

 

 

 –Lo toma con mucho humor.

 

 

–Me tomo las agresiones con la misma seriedad que los halagos. 

 

 

–Publicando en un diario como La Nación, ¿qué postura asume frente a la polarización de los medios periodísticos?

 

 

–La verdad es que no me gustaría sentir que soy parte de una masa donde tengo que aceptar todo y tratar de blanquear lo que no es blanqueable y estar todo el tiempo pujando las cosas que son positivas pero no las negativas. Es horrible vivir así, yo no sé cómo hace mucha gente. Es como: “¡Matrimonio igualitario! ¡Buenísimo!” y de repente ¡Pum! Hipercorrupción, y entonces: “Bueno… ¡Pero el matrimonio igualitario!”. Y lo mismo del otro lado: “¡Bien! ¡Hicieron la bicisenda, qué copado!” y de repente… espiaban a todo el mundo, “bueno, pero… ¡la bicicleta! ¡la ecología!”. Yo prefiero que la bicisenda y el matrimonio igualitario bien; y que la corrupción y los espías, mal. No me hago amigo de nadie.

 

 

–Etiquetar es un vicio argentino pero usted se desmarca todo el tiempo, su estilo resulta bastante inclasificable.

 

 

–En general, las tiras suelen tener un registro de humor muy claro que se sostiene; las que son de humor abstracto o surrealista, las que son de observación o sociales y así… Pero con Macanudo yo de salida dije: “No, a mí me gusta todo tipo de humor” desde el más tierno e inocente hasta el humor negro, el absurdo, el político… quiero todo. Si te fijás las páginas de Quino cuando deja de hacer Mafalda, son todas ideas que no se pueden usar en Mafalda, surrealismo y cosas muy delirantes. Yo pienso que si él hubiese tenido esa posibilidad, por ahí hubiese seguido. Por eso a Macanudo la hice tan abierta y no sé cómo me las arreglé pero yo siento que puedo hacer todo tipo de chistes y es genial porque es el laburo que tengo que hacer todos los días, si se me cierra el cuartito me vuelvo loco.

 

 

–De hecho tiene varios cuartos, incursionó en artes plásticas, en cine, en música, incluso tiene potencial como entrevistador.

 

 

–(Se ríe) No, tengo potencial de hacerme el bobo y que sea medio gracioso.

 

 

–Sí, “en joda, en joda” va ganando terreno.

 

 

–Todo me pasó así: “en joda, en joda” y de repente era trabajo. Nada de lo que me pasó empezó como algo serio.

 

 

–¿Cuál es su exigencia de mínima cuando se mete en terrenos desconocidos?

 

 

–Mi premisa es que prefiero equivocarme violentamente y hacer un papelón público antes que quedarme diciendo que hubiera sido divertido. Me acuerdo de un momento en que estaba con Kevin en el escenario haciéndome el payaso y de golpe pensé: “Che, Quino no hace estas cosas… ¿por qué lo estoy haciendo?”. Entonces escuché las risas y entendí: “Ah, soy un adicto”.

 

 

 

Inspiraciones argentinas

 

Como parte de la campaña Vivir + Liviano Coca-Cola Light convocó a Ernesto Bertani, Fernanda Cohen, Nicola Costantino, Milo Lockett, Marcos López y Ricardo Liniers para crear obras inspiradas en diferentes regiones del país. Las obras, plasmadas en los empaques y en las etiquetas de una edición limitada, serán subastadas y con fines benéficos.