No todo tiempo pasado fue mejor, pero ¿quién supera la música de los primeros setenta? Por allá arriba Lou Reed, Led Zeppelin, David Bowie y otros hacían cosas geniales. Más cerca, Caetano y Chico adquirían su mejor brillo. Y por acá había rock. Blando, duro, intelectual o chabón, pero mucho y del mejor. Y ni hablar de Pappo.

Una de las nuevas teorías respecto de la música moderna estipula que la mejor música ya se hizo, concretamente entre 1971 y 1975. Teoría apoyada entre otras celebridades por Homero Simpson, Charly García, Nick Hornby, David Bowie, el Zorro Quintiero y, sin ponerme a esa altura, de ninguna manera, un servidor, quien les habla, yo mismo.

 

Es lamentable pero de certeza comprobable. Abono esta teoría con unas de las más iluminadoras palabras que me dirigió, hace muchos años, en la vieja Galería del Este, el inolvidable Federico Manuel Peralta Ramos.

 

Mirándome a los ojos y ante mi insistente disconformismo juvenil me dijo: “Querido, todos los días la naturaleza, Dios, la vida misma, quienquieras, te da una lección. Inevitablemente, todos los días, después del cenit, viene el ocaso. Es inexorable, inmediatamente después de llegar a lo más alto, comienza el ocaso, se viene la noche, despacio, sin sobresaltos. Y ahí sí, en la noche, todos bailamos”.

 

Después del cenit, el ocaso; no es tan grave. La decadencia puede durar siglos, si no mirá el cristianismo, en una saludable decadencia desde hace 2.012 años. O a los Stones, que ya llevan 30 años haciéndose viejos y aún dan batalla.

 

Como decía Liza Minnelli en Cabaret, cuando llegaban los nazis a hacer mierda todo, asomada a la puerta, más hermosa que nunca y sacudiendo las pestañas: “Divina decadencia…”, dando por terminada la historia feliz del Berlín de preguerra.

 

O cuando Lennon en el 70, después de la muerte de un negro en el show de los Stones en Altamont a manos de unos pandilleros, y después de que el clan Manson, unos hippies que vivían en una comunidad de Los Ángeles pregonando la paz y el amor libre, pasados de drogas entraron en la mansión de Roman Polanski y mataron a todos, incluida la divina Sharon Tate embarazada de siete meses, le dice al mundo la famosa frase “The dream is over”, el sueño terminó. El sueño de la generación hippie se acabó ahí. Casi de golpe, a menos de un año del cenit del sueño hippie que fueron los tres  días de paz, amor y música en Woodstock.

 

Pues bien, ¿a qué viene todo esto? A que aquí, en Buenos Aires, si bien no podría llamarse el cenit del rock argentino, ya que los 80 fueron más productivos y creativos, esos años 70, años hippies y de ingenuas locuras, han dado lo suyo en dosis a la altura (en calidad, no en cantidad) de lo que pasaba en los centros culturales dominantes de la época, Londres, Nueva York y Brasil, por ejemplo. 

 

Musicalmente hablando, el mundo estaba cambiando y nunca más en la historia se daría tan al unísono esa efervescencia creativa en tantos lugares diferentes.

 

En Nueva York, Lou Reed grababa el genial Berlin, el sucesor de Transformer, nada menos, y del otro lado del Village los New York Dolls, de la mano de Malcom McLaren, fundaban el punk unos años antes que los Pistols rompieran todo, gracias a Dios. Y entretanto Dylan se metía en el cine y no sólo actuaba en Pat Garrett & Billy The Kid sino que componía la banda de sonido con “Knockin´on Heaven´s Door”.

 

Mas acá, en Brasil, además del brillo que adquirían Caetano, Maria Bethânia, Chico Buarque y otros siguiendo los pasos del maestro Jobim, que andaba masomenos por Stone Flower,Ney Matogrosso les rompía el cerebro a todos los pacatos que quedaban con sus Secos & Molhados, una especie de Abuelos de la Nada precursores de todo lo que vendría una década después; Cazuza marcaba a tempo de rock a los cariocas con Barao Vermelho y Os Mutantes darían al mundo la locura hermosa de Rita Lee y los hermanos Baptista por si fuera poco.

 

En Uruguay, en esos años, Rada, Fattoruso hermanos y Airto Moreira arman las valijas y partían hacia USA para formar OPA, que lo parió.

 

En Londres, mientras tanto, Bowie armaba los Spiders From Mars; los Faces con Rod Stewart y Ronnie Wood juntos dieron al mundo “Oh La La”; Paul, su Band on the Run; George brillando cada vez más fuerte, y Led Zeppelin con Houses of the Holy, más Genesis con Gabriel y Collins relúcidos apareciendo con Selling England by the Pound.

 

¿Y acá? OK, acá había mucho rock en las calles, en una Buenos Aires que todavía no lloraba desaparecidos, que todavía creía en un mundo más justo, lejos del sida y de las drogas de diseño, una Buenos Aires en blanco y negro, sin internet, ni celulares, ni nada.

 

Pero con mucho rock. Rock para los blandos, con Sui Generis haciendo Confesiones de invierno. Rock para los intelectuales de la mano del inmenso Spinetta de Artaud. Rock para la liberación con Muerte en la catedral, de Litto Nebbia. Rock chabonazo con Vox Dei y Es una nube, no hay duda.

 

Y rock poronga, en punta, rock para rockers, power trío rock, rock para el cuore: Pappo’s Blues, carajo. Es que en el 73 llega el Pappo’s Blues volumen 3. Para mí el cenit de Pappo y el punto más alto al que puede llegar un trío. Eran sencillamente geniales. Pappo venía de dos discos, el 1, el del Viejo, el de “¿Adónde está la libertad?”

 

El que hizo prestar atención a ese guitarrista que se soltaba de Los Gatos. El segundo, el de la tapa con esos dibujitos casi animados, más grosso, con “Desconfío” y “El tren de las 16”, por ejemplo. Ambos con tríos diferentes.

 

Y llegó el 3, con Pomo Lorenzo en la batería y Machi Rufino en bajo acompañando al Carpo. Una base soñada que después formaría, casi inmediatamente, Invisible con un Spinetta lustrado, brillante hasta enceguecer. Y es que Pappo volumen 3 ya impactaba desde la tapa de Juan O. Gatti, responsable de todas las tapas geniales de esa década, por ejemplo la de Artaud. Hoy diseñador de la cartelería de Almodóvar, esa tapa es un ajedrez lisérgico que aún hoy miro y no llego a ver todo lo que tiene. Recuerdo el vinilo, con una tapa doble con fotos de la banda en el interior, callejeramente lujosa. ¡Y la música! Un compendio de todo lo que Pappo era capaz de ofrecer como violero, y una muestra inacabable de que fue el más grande guitarrista que dio el rock argentino. Y un compositor con mayúsculas, un disco en el que el surrealismo y las veredas de La Paternal conviven como si hubiesen sido inventados para Pappo.

 

Un comienzo exageradamente virtuoso con dos minutos de una stratocaster prendida fuego, con “Stratocaster boogie”, dejando bien en claro desde el comienzo que no habrá sutilezas en este disco surrealista. Después llega el “Pájaro metálico”, un poco de metal precioso para entrar en calor, con la banda en poderosa y aceitada armonía.

 

Y de ahí al primer himno del disco, a la primera declaración de principios con “Sucio y desprolijo”, con el estribillo que gritaba “No cambia nada estar un poco sucio si mi cabeza es eficaz”. ¡Ay esa parte de los hippies, qué setentista todo! Ahí llega entonces “El sur de la ciudad”, una canción que mucho no dice a esta altura del disco, pero que presagiaba al genial “Sándwiches de miga”, la letra más surrealista del rock en español. Empieza con “no puedo evitar que vengan hasta mí los sándwiches de miga”, una frase que, según me contó Pappo, la dijo Machi en un ágape al que habían concurrido bastante colocados. Junto a “Mañana por la noche”, de Color Humano, también de ese año, el surrealismo porteño en estado puro. “Estoy tan cansado, que me voy a suicidar mañana por la noche, si mi abuela me deja, me voy a suicidar mañana por la noche…”. Cuanta creatividad, mi Dios.

 

 

Y por si fuera poco había un lado dos con el radial “Trabajando en el ferrocarril” y el excelente blues de “Siempre es lo mismo, nena”, y “El brujo y el tiempo” y “Caras en el parque”. El Pappo más excelso al alcance de todos.

 

El gran don que me dio la divina providencia fue el desvirgar mis oídos ese año 73. Algo que me hizo mucho mejor como persona. Adiós, hasta luego.

 

 

 

 

 

 

 

 

En el 73 llegó Pappo’s Blues volúmen 3. El cenit del carpo.