“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”, dice Aristóteles en Ética a Nicómaco.

La inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y el conocimiento para manejarlos. Es sentir, entender, controlar y modificar estados anímicos propios y de los demás. Daniel Goleman, psicólogo norteamericano, publicó en 1995 el libro La inteligencia emocional. Por qué es más importante que el cociente intelectual. Y provocó un cambio profundo: lleva vendidos cinco millones de ejemplares y fue traducido a treinta idiomas. Impactó en todas las teorías circulantes y se comenzaron a discutir pensamientos sin que nadie se pusiera colorado por que fluyan teñidos de razones no científicas.

Las habilidades prácticas que se desprenden de esta teoría son, al entender de Goleman, cinco, y pueden ser clasificadas en dos áreas: 1) inteligencia intrapersonal (interna, de autoconocimiento), a la que pertenecen la autoconciencia (capacidad de saber qué está pasando en nuestro cuerpo y qué estamos sintiendo), el control emocional (regular la manifestación de una emoción y/o modificar un estado anímico y su exteriorización) y la capacidad de motivarse y motivar a los demás; y 2) inteligencia interpersonal (externa, de relación), a la que pertenecen la empatía (entender qué están sintiendo otras personas, ver cuestiones y situaciones desde su perspectiva) y las habilidades sociales (que rodean la popularidad, el liderazgo y la eficacia interpersonal, y que pueden ser usadas para persuadir y dirigir, negociar y resolver disputas).

Esta edición de El Planeta Urbano está dedicada a aquellos que tratan de ver el mundo desde esta perspectiva. Y nadie mejor que nuestro columnista Brad Hunter para explicarlo: “Hay un poder que vive dentro de cada ser humano y se expresa a través del lenguaje inteligente de la emoción y que puede ayudar a cambiar las condiciones de este mundo. Vivimos en un universo que responde a la emoción y que, conectado a la conciencia, promete que en el mismo instante que creamos en el corazón nuestros buenos deseos, estos ya comienzan a manifestarse. Sólo debemos inteligentemente terminar de materializarlos”.

Ojalá podamos. Ojalá lo logremos. Intentarlo, seguro, vale la pena.

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