El músico asegura que ha ido tomando distancia del enredo de sustancias y celebrities que lo llevaron a compartir la tapa de Paparazzi con Celeste Cid, luego de una resonante internación que, él lo jura, no fue más que un susto, un movimiento preventivo. El rock, sus revientes y las estrategias para hacer de eso una vida feliz, en este reportaje.

Son las cuatro de la tarde y, echado en un sillón de tres cuerpos en el living de su PH del Abasto, Joaquín Levinton se acomoda una chalina animal print que le gira un par de veces el cuello. El ambiente es amplio, oscuro y silencioso. Hay un par de Mac encendidas, gadgets que parecen esporádicos, una gran perra blanca, un cañón que saca la imagen de las pantallas y la proyecta sobre una pared lateral. Levinton dice que está tranquilo, más prolijo, tocando regularmente con Sponsors, la banda que armó después de la separación de Turf, mientras experimenta con un programa de radio en FM Palermo.

 

Levinton viene escribiendo las letras del cancionero radial argentino en su fase pop rock sónica desde los 20: y ya tiene 37. Conoce como pocos la anatomía del hit y como pocos, también, la respeta. Ha alcanzado la cima del artista popular que mete un tema y ese tema rota, por todos lados rota hasta que emerge de su crisálida y alcanza su condición más alta, su olimpo suficiente y se vuelve cantito en las canchas. Le pasó a Víctor Heredia con su “Sobreviviendo”, que todavía sobrevive en las tribunas.

 

Les pasó –tantas veces les pasó– a los Auténticos Decadentes. Y le pasó a Joaquín Levinton en 2004 con “Pasos al costado”, uno de los varios cortes que salió de Para mí para vos, el cuarto disco de Turf, la banda con la que Levinton lo construyó y lo destruyó todo: llegaron a telonear a los Rolling Stones en sus shows de River del 98. Hoy, no se hablan.

 

–¿Cómo hiciste para sobrevivirte?

 

 

“Sobreviví sabiendo mezclar los químicos”.

 

–Con un poco de suerte. Y sabiendo mezclar los químicos. Sponsors lleva dos discos grabados. Dice que le puso ese nombre a la banda porque sueña con el momento en el que, desde un móvil, la periodista que los entreviste diga: “Aquí estamos con los Sponsors”. El track ocho de A todo trapo, su último disco, es un Levinton explícito, se llama “Drogarse y coger”, y si la querés cantar, la podés cantar así: “Los vecinos se reían, ja ja ja ja/ El ladrón y el policía, uy uy uy uy/ Pero cuánto pagarían, por un día de mi vida/ y drogarse y coger”. Después repite “drogarse y coger” varias veces, las suficientes hasta que ya no te preguntes cómo hace una estrella de rock de los setenta a la que le tocó nacer a contraépoca en el siglo XXI para pasarla bien, sentirse bien, estar bien y llamarse Joaquín Levinton.

 

En El Planeta Urbano de abril Gustavo Cordera plantea una mirada sobre la cocaína que se desmarca de las facilidades  que otorga la condena inmediata. Es decir, trata de pensarla , con los riesgos que eso supone, porque nadie piensa el mal absoluto como no sea para crucificarlo en el altar del futuro y el progreso, donde las drogas, especialmente la cocaína, no tienen nada que hacer. Dice Cordera que, como experiencia, puede resultar un buen viaje interior, de profunda desinhibición y, por lo tanto, autoconocimiento.

 

Que el problema, como siempre, es la adicción. Quizá. Lo cierto, lo verdaderamente indiscutible, es que la unificación de voces públicas que ven en las drogas la perdición de la sociedad sin considerar las opciones individuales se agiganta cuando juega su carta fuerte, amenazante, asustadora: la carta de la apología. Pero Levinton se sacude velozmente el tema de encina con una línea simple, perfecta: “Las drogas son para disfrutarlas, no para padecerlas”. No es el Pity, Joaquín. Definitivamente no lo es.

 

–¿Qué hay que saber para que ese disfrute finalmente suceda?

 

–No marearse, aprender a manejar el goce. Yo, por ejemplo, jamás en toda mi vida tuve bajón. Nunca, ni una vez. Soy un tipo que agradece la vida que tiene, y me despierto todos los días feliz de despertarme, de saber que arranca otro día en mi vida, que generalmente son de fiesta. Eso mismo, un día en la vida de Joaquín Levinton, a ver si paga rías o no por él. Adormecido hasta bien entrada la tarde, películas por la mitad en las Mac y después de las seis, seis y media , trabajar, en el sentido de  hacer,  en el sentido de crear, componer, buscar qué. Levinton me muestra con entusiasmo infantojuvenil un video en el que se ve a dos Papá Noel, dos papa noeles, uno de riguroso  blanco y rojo, el otro de amarillo y azul. Son Levinton y Cucho Parisi, el cantante de Los Auténticos Decadentes. Dice Joaquín que lo grabaron en el verano. Los papa noeles están en una playa de la costa bonaerense, bajo los arbustos que crecen en la base de un médano, y cantan canciones espaciales mientras un grupo de diez, doce niños, se les acerca y, todos sentaditos en ronda, s e ponen a escucharlos. La canción, todavía sin masterizar, habla de la fantasía, de las estrellas, de la imaginación que habita la cabeza de un chico de siete años. Y el proyecto de ambos artistas se llama, un poco previsiblemente, Proyecto Joacucho. En eso, y en su programa de radio bautizado La tortuga veloz, Levinton pasa el tiempo que no está tocando en vivo.

 

–Va por FM Palermo, pero estamos por pasar a la Metro. Lo que hacemos es invita r a músicos de las colectividades. Nosotros los esperamos en el estudio vestidos con sus ropas típicas.

 

–No entiendo.

 

–Claro, si vienen de la colectividad mexicana, nosotros estamos vestidos de mariachis. Cuando vinieron los cubanos, estábamos vestidos como Fidel. Con los suizos nos vestimos de tiroleses.

 

–Ajá. Siempre dentro de un estudio de radio.

 

“Soy un tipo que agradece la vida que tiene, y me despierto todos los días feliz de despertarme”.

 

 

–Siempre. No nos importa que la radio no se vea. Nos vemos nosotros. Nos alcanza con eso. La fase experimentación en la vida artística de Levinton ha tomado impulso, se ve. Después de pasar revista por las fotos que van dejando los programas de La tortuga veloz, Levinton me calza unos Sennheiser y me dice “agarrate, escuchá”. Lo que suena es una salsa electrónica que va subiendo de tempo hasta convertirse en un muro de sonido arrollador. En el fondo de la mezcla, alguien canta.

 

–Es un peruano que conocí y que cantaba como los dioses. Yo lo hacía entonar algo y lo grababa sin que él se diera cuenta. Después mezclé, edité y armé esto. ¿No es tremendo? Habíamos dicho: un día en la vida de Levinton. Bueno, la verdad es que no se parece a no hacer nada, no se parece a quedarse tirado ahí en la ilusión psicotrópica de las cosas, no se parece a drogarse y coger.

 

–Eso es sólo una canción que busca lo que buscan todas las canciones en la historia del rock and roll.

 

 

–Que es…

 

 

–Que la escuches y pases un buen rato. Eso es todo. Timbre. Levinton me deja solo y cuando vuelve lo acompañan dos tipos de barba, sonrientes, que saludan rápido y se meten en el cuarto de al lado desde donde, al rato, comienzan a salir sonidos dispersos, todavía sin ninguna cuadratura que los contenga: todavía. Eso parece un piano. Eso parece una guitarra. Me entero: son dos ex músicos de Reynols, la banda más experimental que haya dado el rock latinoamericano desde la llegada de Colón para acá. Son, también, los tipos con los que hace su programa de radio de las colectividades y los disfraces que nadie ve porque en la radio nadie ve nada, sólo ellos ven. Cambia de nervio, Levinton, con la llegada de sus invitados. El chico de complexión jaggeriana, adormecido, echado sobre el sillón, que me recibió una hora atrás pareciera ir sacudiéndose de encima la molicie de la última tarde para ganar vértigo, una especie de ansiedad. Al lado hay dos músicos que lo esperan para ver qué sale. Van a ser las seis, y otro día, otra noche, de Joaquín Levinton está por comenzar. No hace falta responder si pagarías por ella o no.

 

El track ocho de A todo trapo, su último disco, es un Levinton explícito. Se llama “Drogarse y coger”.