Aunque en su debut como productor ganó un Oscar, no se durmió en los laureles. Actualmente está trabajando en seis films argentinos y en cuatro españoles, mientras prepara el estreno de Metegol, la primera película de animación dirigida por Juan José Campanella.

Desde que se inició como productor en El secreto de sus ojos –hace cuatro años– Axel Kuschevatzky intervino en la realización de 18 filmes. Puesto a recordar el hecho, se queda sin aliento. “Tardé algunos años para darme cuenta de que me había preparado toda la vida para esto; y no lo supe hasta que Juan José Campanella pensó que yo sería un buen productor.” ¿Llegó por casualidad a tocar un premio Oscar con sus propias manos?
Nada pasa porque sí. Previo a este espaldarazo, Kuschevatzky ya había incursionado en el periodismo cinematográfico fundando la revista La Cosa, un espacio editorial en el que volcó una pasión que le venía desde la cuna. “Mis padres tenían una ‘doble vida’; veían películas de la Nouvelle Vague y Bergman en una época (década del 60) en la que estaba mal conceptuado ver cine de entretenimiento. Pero al mismo tiempo a mi padre le encantaban los musicales de Hollywood, y mi mamá era fanática del terror y la ciencia ficción. Yo heredé las dos cosas.” Eso explica por qué rechaza los prejuicios, sin alejarse de su condición esencial de espectador. “Nunca dejé de serlo, y con esa mirada asumo cada proyecto”, explica entusiasmado.

 

–¿Por qué razón la gente sigue yendo al cine?

 

 

–Porque le ofrece una experiencia emocional colectiva única que no se da en el mundo privado. Hay un momento durante la proyección en el que sentimos que somos dueños de nuestra existencia. Es decir, el cine no se agota en el entretenimiento, también propone reconectar al espectador con la raza humana.

 

–¿En cuántos filmes está trabajando en este momento?

 

–(Piensa) En diferentes niveles, estoy trabando en seis argentinos y en cuatro españoles.

 

–¿En todos como productor?

 

–Sí. Pero yo soy un productor en relación de dependencia, con cama adentro.

 

–¿Cuál es su rol específico?

 

–En primer lugar soy empleado de Telefé, razón por la cual todo lo que hago, lo hago porque una estructura me lo habilita. Yo no junto mi dinero para hacer las películas, sino que la empresa me da las herramientas para hacerlo. En ese sentido, me ocupo del proceso creativo; desde las primeras versiones del guión con guionistas y directores hasta el casting, pasando por la financiación.

 

–¿Siente que su mirada es crucial para llevar una historia a la pantalla grande?

 

–Para nada. Pero si alguien puede señalar aspectos de una película que conspiren contra su venta, el inversor se siente más seguro. No tengo la fórmula del éxito, pero sí una mirada entrenada.

 

–¿Entrenada para qué?

 

–Quizás para darme cuenta de qué necesita un filme para tener identidad propia. Eso no significa que el producto final sea bueno ni, mucho menos, que funcione en las taquillas (risas).

 

–Entonces, no existe el éxito asegurado.

 

–El único secreto real del cine es rodearse de gente talentosa. Lo que baja el riesgo es el talento del otro. El tipo inseguro que arma un equipo sin vuelo creativo termina pagando esa decisión porque el producto tiene menos calidad. Y el espectador está más entrenado de lo que la gente del medio quiere creer. El público se cría viendo películas, entiende rápidamente todo y reclama en función de lo que ve. A través de las redes sociales se muestran muy exigentes, y si no les gustó la propuesta piden que se les devuelva el dinero.

 

–¿Y cómo contesta esa demanda?

 

–No tengo respuesta para eso (risas). Porque hay un valor subjetivo en juego. Como para el espectador las películas existen primero en un plano emocional y luego racional, yo no puedo hacer nada para que guste o no un trabajo en el que laburé. Con la crítica pasa lo mismo; a veces ven lo mismo que yo y otras veces no.

 

–Si se sabe que un film rara vez cubre sus costos, ¿cómo convence a un inversionista de participar en él?

 

–¡No tengo la menor idea! (risas). En realidad, lo primero es encontrar un mecanismo que le garantice el recupero, porque el tipo que ama el cine no tiene ganas de quemar la plata. Si se es una persona confiable y clara para transmitir lo que se busca, hay más chances de convencer a un inversor. Muchas veces, quien pone el capital podría hacerlo para construir un edificio –de hecho, muchos ya lo hicieron– y la única razón por la cual acompañan un proyecto cinematográfico es que les gusta el cine. En ese contexto, yo debería funcionar como un garante de que el producto sea auténtico (risas).

 

–¿Y usted, cómo se convence a sí mismo?

 

–Observando qué tan interesante es un proyecto, el director, el guionista, etc. Confío en la calidad de todos ellos y decido acompañarlos. No tengo objetividad. Si elijo un proyecto es porque me enamoré de la propuesta.

 

Me equivoqué muchas veces y veo los futuros errores como situaciones positivas. De todas maneras, el sello lo pone el director.

 

–¿Qué diferencias nota en la manera de producir en la Argentina, España y Estados Unidos?

 

–Los grandes estudios de EE.UU. trabajan con una mirada 360° del negocio. Disney, por ejemplo, edita 16 productos al año entre los que la narrativa es sólo una parte. Para nosotros la película es todo; no pensamos en hacer un muñequito de Ricardo Darín en Tesis sobre un homicidio, o el Guillermo Francella sin bigotes de El secreto de sus ojos.  Tampoco nos juntamos en un comité de 30 personas a discutir si el proyecto cumple con las reglas de marketing. Por eso es que en algún punto nuestras películas surgen del deseo de narrar una historia y no de la necesidad de una compañía de llenar casilleros de una planificación anual.

 

–¿Cómo califica el nivel del cine argentino con respecto al de otros países?

 

–Es altísimo en todos sus componentes. Salvo casos puntuales, está muy por encima del que se produce en el resto de Latinoamérica. En el exterior notan un especial refinamiento en la producción local, pero nuestro público suele tener una concepción muy limitada sobre lo que se hace acá, sin tener en cuenta que todos los años se estrenan alrededor de 120 películas nacionales; la oferta es demasiado vasta como para emitir un juicio de valor taxativo.

 

–Es periodista, guionista y ahora productor, ¿le interesaría dirigir?

 

–No es una fantasía que tenga en este momento. Me generan mucha admiración los directores cuando observo su nivel de compromiso y concentración. Yo tiendo a la dispersión; por eso puedo involucrarme en muchos proyectos al mismo tiempo. Si tuviera que hacer una película por año me moriría de angustia; prefiero acompañar a varias y no estar encima solamente de una mientras espero que surja otro proyecto. Al fin y al cabo hacer una película es la historia de una obsesión, una idea fija que un grupo de personas mantiene durante un año y medio o más. Y hay que tener la suficiente convicción para mantenerla durante todo ese tiempo para que el producto no se deforme.

 

–¿Cuál es la mayor enseñanza que adquirió siendo productor?

 

–Corroboré que las películas jamás las hace una sola persona; es un trabajo en equipo que existe porque hay gente que tiene fe. El desafío para mí es estar a la altura de ese compromiso. Eso no asegura que todas las películas que hagamos vayan a ser buenas, pero sí que serán nobles. Así si son fracasos, por lo menos serán fracasos honrosos (risas). Lo bueno es que cada filme ofrece una nueva oportunidad.

 

Camino al Oscar

 

Axel comenzó su carrera como guionista y periodista especializado en cine. Es ciudadano argentino y polaco. Estudió Redacción Publicitaria y llegó a la televisión siendo un adolescente, cuando respondió sobre cine de terror en un reconocido programa argentino de preguntas. Desde 2004 ha sido el coconductor del preshow de la entrega de los Oscars, para Turner Network Television (TNT). Fue productor asociado de Las viudas de los jueves, Un cuento chino, Sin retorno, Fase 7 y Metegol, entre otros títulos. El secreto de sus ojos recaudó más de 33 millones de dólares a nivel mundial y es la primera película argentina editada en Blu-ray.

 

“Soy un productor con cama adentro”.