Tres coleccionistas, por puro impulso, compraron las primeras obras de artistas emergentes de los 90 hasta la fecha, completando un panorama de inmenso valor para la historia de arte la plástica argentina.

Instalada la modernidad, hablar de arte fue y es hablar de mercado. Y por consiguiente, de coleccionismo. Pero ¿qué sucede cuando un coleccionista desoye o ignora las consignas de un mercado cada vez más caprichoso y discutido? ¿Por qué un coleccionista posa su mirada en la obra de un artista no consagrado, o incluso desconocido, y decide comprarla? Si dejando de lado la cuestión del gusto la respuesta no es “la concreción de algo productivo a partir de una emoción”, que bien podríamos traducir como inteligencia emocional, nos podemos encontrar en un aparente sinsentido.

 

Un claro ejemplo de la emoción puesta al servicio del arte es la muestra Algunos artistas. Arte argentino 1990-hoy, que se presenta en Fundación Proa, donde se exhiben las inusuales colecciones de Gustavo Bruzzone, Alejandro Ikonicoff y Esteban Tedesco. En ella se ven obras con gran diversidad de formas y materiales, hay uso de objetos (la carcasa de un calefón, un tocadiscos, un banco, peluches, etc.) y variedad de temas (el juego, lo infantil, el humor, la ironía) de una década controvertida.
El teórico Rafael Cippolini, en el ensayo inédito Aficciones peligrosas, escrito para el catálogo de la exhibición, plantea la relación entre obra y coleccionista como parte integrante de un ecosistema estético que debe su existencia a las elecciones personales de sus actores. Cippolini distingue maneras de coleccionar: invertir en obras consagradas o apostar por “piezas y artistas con poca o nula confirmación, de dudoso o inexistente prestigio, invariablemente desconocidos por el mercado”, valorando así un muy particular recorte de la escena artística.

 

Los tres coleccionistas mencionados integran este último grupo. Gustavo Bruzzone comenzó su colección cuando su amigo Daniel lo instó a que amoblara su nueva casa con algún cuadro “verdadero” en lugar de los clásicos posters que allá por los 90 decoraban muchas paredes. Todavía hoy Daniel se sorprende de la repercusión que su consejo “comprá un cuadro” tuvo en su colega. Lo que comenzó como una simple sugerencia se transformó rápidamente en pasión y más tarde en una propuesta capaz de recuperar el arte argentino de la década del 90, haciendo foco, principalmente, en la movida de espacios alternativos como la Galería del Rojas o la regalería/ centro de reunión Belleza y Felicidad, que estaba en una antigua farmacia de Almagro.

 

La primera obra que Bruzzone compró fue de Beto de Volder; la segunda, de Miguel Harte; la tercera, de Sebastián Gordín, luego perdió la cuenta del orden: el arte lo había conquistado. La fascinación había comenzado cuando, beneficiado por un tiempo libre en su agenda, decidió tomar un taller de pintura en el Rojas, por aquel entonces dirigido por Jorge Gumier Maier, y se sumergió en debates en torno de conceptos como “arte light”, “arte rosa” o “arte guarango” (encabezados por Jorge López Anaya, Pierre Restany y el mismo Gumier Maier). En dicho taller Bruzzone descubrió un mundo completamente diferente a los ambientes tribunalicios propios de un camarista y comenzó a conocer y entablar relación con los artistas. Nombres como Pablo Suárez, Carlota Beltrame, Pablo Siquier, Dino Bruzzone, Benito Laren, Fabián Burgos, Magdalena Jitrik, los nombrados Harte, Volder y Gordín y muchos otros, se hicieron para él cotidianos y, más tarde, amigos.  “Fue así como de repente me enteraba de que una obra se estaba deteriorando o que tal artista iba a destruir su obra y me apuraba en ofrecerles comprar”, asegura Bruzzone, que al mismo tiempo fue el encargado de registrar en video muchos de los acontecimientos culturales del momento.

 

“Había quienes me decían que estaba tirando la plata, que me estaba equivocando”, recuerda el juez. “En una oportunidad alguien me contó que un coleccionista de renombre le había comprado una obra a uno de mis artistas amigos. Feliz por él lo llamé para preguntarle quién había sido. ‘Ese coleccionista sos vos’, me respondió él. Ahí tomé conciencia de cómo era considerado en el ambiente.”

 

En cuanto a las obras que Proa presenta de la colección de Esteban Tedesco, tienen que ver con la década de 2000. Tedesco sigue como sabueso la labor de estos artistas y cuenta con piezas claves. La colección de Alejandro Ikonicoff, por su parte, incluye obras (dibujos, fotografías, videos e instalaciones) que fueron presentadas en lugares de exhibición como Jardín Oculto, 713 Arte Contemporáneo, Crimson, Appetite y Rosa Chancho.

 

La importancia de estos actos privados y tan íntimos como elegir qué comprar para ubicar en la propia casa radica fundamentalmente en el hecho de cómo una reacción impulsiva y emocional de un momento fue capaz de generar, a su vez, una acción razonada de cuidado, conservación y valoración de las primeras obras de artistas, otrora ignotos hoy muy reconocidos, que de otra forma se hubieran perdido.

 

 

 

Los 60 no son los 90, Rosana Fuertes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Italpark, Dino Bruzzone

 

 

 

 

 

 

 

 

Ydishe mame, Miguel Harte