Hombres de barba perilla y moño. Señores de modales delicados, aficionados a la moda y las buenas costumbres: el último grito de la modernidad es la vuelta del dandismo.

A fines del 1800, una curiosa secta empezó a extenderse entre la alta sociedad de París, con todo el secretismo de aquellos que conspiran para mantener un misterio: eran escritores, críticos literarios, artistas, diseñadores de moda. Uno de ellos, siempre ácido, los bautizó “prodigiosos mirmidones”.

 

Según el amado y maldito escritor Charles Baudelaire, estos hombres merecían compararse con aquellos labradores de la mitología griega que araban sin descanso un terreno pedregoso. Pocos años más tarde, a ese varón urbano preocupado por la estética como una manera de mostrar su rebelión ante lo más convencional del mundo, convertido casi en héroe solitario, se lo conoció como “dandi”, del inglés “dandy”. Según la escueta definición de la Real Academia, “un hombre que se distingue por su extremada elegancia y buen tono”. Pero los dandis son mucho más que eso. Y hoy están de regreso. Hombres de barba perilla y moño, señores de modales delicados, aficionados a la ropa singular y las buenas costumbres. Toda una definición para individuos excéntricos, refinados y raros, tipos que agitan la bella provocación de lo diferente.

 

“Para los artistas de fin del siglo XVIII y el siglo XIX, redescubrir la libertad mental de Grecia fue una revolución”, explica el crítico cultural Daniel Molina (@rayovirtual): “Baudelaire fue el primero en usar la palabra ‘modernidad’”. El autor de Las flores del mal definió el dandismo como “el último resplandor de heroísmo en la decadencia”. Una joya entre la mugre.

 

Una última pieza de baile antes del naufragio. En 1863, el dandismo marcaba el final de la era burguesa y el mundo mecanicista de la revolución industrial, juzgado como “feo” y de mal gusto por los artistas sensibles. Desde entonces fue un fenómeno masculino, una bella forma de subversión. “Para los muy libres, el dandismo puede seguir siendo ese destello final, ese relumbrón rebelde, que dura no sabemos hasta cuándo”, define el libro Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo, recién publicado por Leticia García y Carlos Primo en España. A diferencia del esnob, que se viste y actúa para ser admitido entre la high society, el dandi hace lo propio para escandalizarla.

 

Podría decirse que uno quiere entrar mientras que el otro desea salir. Y en esta época de crisis moral y cataclismo económico, el dandi tipo regresa para mostrarnos lo más patético de la alta suciedad, para deslumbrar como una flor maligna en un basural. “El dandi es una figura heroica, libertaria, solitaria y romántica que resiste al proceso de uniformidad propio del capitalismo burgués. Un individuo versus la masa. Es alguien que construye su ‘yo’ desde la apariencia y el discurso como forma de distinción.
Una singularidad que resiste atómicamente la universalidad”, dice el filósofo Luis Diego Fernández autor del libro Furia & clase, que tiene como protagonista a un dandi que “atesora marcas, calidades, etiquetas y las despilfarra”, y docente del curso Dandismo. Filosofía y estética de una rebelión individual, que se dicta en EF, Escuela de Filosofía. “El dandismo es una nueva forma de ‘nobleza’ autoimpuesta por hijos de la clase trabajadora (ningún dandi era noble ni tenía dinero, de George Brummell a Oscar Wilde y Albert Camus). Una aristocracia autoexigida y antiproductiva. Una sexualidad no reproductiva, sino artificiosa y placentera. En el fondo, una crítica a los valores de la familia, el dinero y la producción: un elogio del ocio, el placer y el libertinismo.”

 

La vida como obra de arte

 

Como un acto final de rebeldía en el imperio de la televisión basura y la comida chatarra, el dandi contemporáneo se envuelve con la bandera de la excentricidad en respuesta a la uniformidad de las marcas, los aparatos y los logotipos. Si es cierto que “un jogging es un signo de derrota, cuando perdés el control sobre tu vida te comprás un jogging”, al decir de Karl Lagerfeld, un reverenciado dandi posmoderno, el exotismo sólo está reservado para unos pocos “corsarios de guante amarillo”, según la definición de Honoré de Balzac. La estética como único fin.

 

La vida como obra de arte. “El dandi, lejos de lo que vulgarmente se entiende (la complacencia, autoindulgencia o la vestimenta), opera como el exponente crítico desde una experiencia de lo transitorio y lo novedoso, donde la moda y la construcción de uno mismo, en rigor, son manifestaciones de un profundo distanciamiento moral y una crítica a la norma”, distingue Luis Diego Fernández. “Por eso, el dandismo se constituye como uno de los pocos momentos históricos donde la vida se concibe como obra de arte, continuador de la filosofía como arte de vivir en la antigüedad y la vida de artista del Renacimiento, y una figura de rebelión individual contra la mera productividad, por fuera de la regulación alienante: una auténtica moral estética.”

 

Con su impecable traje blanco de patrón sureño, el escritor estadounidense Tom Wolfe hace gala de un estilo algodonero para desnudar los más brutales vicios del Sueño Americano. ¿Hay dandismo ahora? Claro. “Cierto mundo del rock, como el ‘glam’ hasta que se popularizó en exceso, ha estado muy cerca del dandismo, si no en su propia entraña”, escriben los españoles García y Primo: “Andy Warhol, pese a su manía pop, tuvo muchísimo de dandi, incluida la frialdad. Y David Bowie, por ejemplo, inició su periplo con un neodandismo absoluto. Las mezclas de los rockeros elegantes –seda, terciopelo, casacas, pinturas, chales hindúes, anillos bereberes– son todo dandismo”.¡ Y aquí aparecen The Strokes, Babasónicos, Franz Ferdinand o hasta el hippón Devendra Banhart que, en su aparente desaliño, hace de su hirsutismo una pieza de alto diseño capilar.

 

Siempre melancólico, el dandi es la representación humana del canto de un cisne, agónico y trágico como todo romántico. El poeta maldito Lord Byron murió a escasos 36 años en Grecia, de paludismo pero también de hastío. No se dejaba retratar desde los 24, para quedar inmortalizado como un joven perenne y, aunque había viajado para ayudar a sus amados griegos en la guerra contra los turcos, en realidad huía de sus problemas amorosos y financieros, tan herido mortalmente de melancolía que ni siquiera la compañía de un hermoso paje casi adolescente podía amortiguar.

 

Es que el dandi encarna una última forma de protesta y, al contar con su propia noción del arte y la gracia, esa diatriba debe ser hermosa a pesar de que resulte chocante. Y aunque una concepción estoica del atuendo censure los afeites y los ornamentos excesivos, el dandi “se acicala y se adorna no para atraer sino para alejar a la gente de su lado”, según la precisa descripción del poeta español Luis Cernuda en su cuento “El indolente”, de 1929.

 

Si es cierto que la mujer elegante seduce pero el hombre elegante repele, el dandi también se distingue de la manada con colores estridentes y sombreros llamativos, con zapatos exóticos y accesorios brillantes. “Un hombre elegante es aquel que sigue escrupulosamente y con gusto una determinada moda”, compara el libro Prodigiosos mirmidones: “El dandi usa la elegancia, pero al mismo tiempo la rompe. Esmera su vestuario, pero no sólo admite sino que precisa de disonancias”. Un hermoso desacierto: a la mayoría de los dandis no les interesa el público masivo, porque buscan el aplauso mudo de las inmensas minorías. Aunque Baudelaire haya dicho que “hay que ser sublime sin interrupción, el dandi debe vivir y morir ante el espejo”, en realidad se trata de algo más que moda y figurines: es ideología.

 

A diferencia del esnob, que se viste y actúa para ser admitido entre la high society, el dandi hace lo propio para escandalizarla. Podría decirse que uno quiere entrar mientras que el otro desea salir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“El dandismo es una manera de vivir, una manera de estar siempre en la contra”, se jactan García y Primo. “De ahí que Albert Camus, tan lúcido, en su distinción entre revolucionarios y rebeldes, siempre a favor de estos últimos, acertara a ver en los dandis la imagen de la gran rebelión romántica”. El dandismo es una nueva forma de “nobleza” autoimpuesta por hijos de la clase trabajadora. Una sexualidad no reproductiva, sino placentera.