Todas las personas poseen vicios y virtudes. “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”, dijo Jesús. Aquí, un análisis de estas características humanas en nuestro lado del mundo.

El primer significado de virtud fue energía, y el de vicio, impotencia, debilidad. Se oponen pues como la plenitud y la carencia, como el poder y la sumisión”, describe el filósofo contemporáneo español José Antonio Marina en su libro Pequeño tratado de los grandes vicios. Jean-Paul Sartre escribió en El ser y la nada que “el vicio es siempre un fracaso”.

 

Los vicios y virtudes no son otra cosa que hábitos que incitan a actuar bien o mal, entendiéndose por malo aquello que produce dolor, malestar o insatisfacción. Los buenos hábitos nos hacen más libres, nos permiten crecer, nos elevan. Los malos hábitos nos esclavizan, nos detienen, nos empujan hacia abajo.

 

En distintas investigaciones que se han hecho con turistas extranjeros que visitan el país, una de las cosas que más les llama la atención es nuestra calidez. Los argentinos tenemos la capacidad de construir empatía muy rápido. Nos gusta hablar. Somos cercanos, afectuosos, demostrativos. En muy pocos países del mundo los hombres se saludan con un beso en la mejilla como sucede aquí entre los amigos e incluso en ciertas relaciones laborales de confianza. El abrazo está siempre pronto. Construimos una cultura fuertemente gregaria.

 

Nos gusta reunirnos, visitarnos, compartir, salir juntos. Nuestra comida más típica, el asado, lo expresa de manera evidente. Nadie prende la parrilla para comer solo. Ese gran rito nacional que se transmite de generación en generación bien habla de quienes somos. Somos afectuosos y sociables. A mi modo de ver, dos grandes virtudes que hacen de la vida moderna un ámbito menos áspero. Otra de nuestras grandes virtudes es la capacidad de adaptación. Somos esencialmente darwinianos. Nuestra habilidad para registrar los giros inesperados del contexto y reaccionar en consecuencia no deja de sorprender a propios y extraños.

 

Detectamos antes y estamos psicológicamente preparados para modificar radicalmente patrones de comportamiento y conductas arraigadas. Lo que para otras sociedades es la excepción, aquí es la norma. No nos asusta cambiar. Estamos acostumbrados a hacerlo. La repentización, la sensibilidad, la flexibilidad y la creatividad son componentes básicos de esta condición adaptativa que Charles Darwin definió como el secreto de la supervivencia de las especies.

 

Una cultura fuertemente apasionada es per se una cultura volátil, que se deja llevar más por los impulsos del corazón que por la frialdad cerebral de la razón. Kant, uno de los padres del racionalismo y por ende del pensamiento occidental moderno, consideraba a la pasión directamente como locura, porque tiene la capacidad de dominarnos por completo, de abducirnos, de alejarnos definitivamente de la razón. Sin embargo, otros vieron en ella una fuerza poderosamente positiva: “Jamás se hizo ni puede hacerse nada grande sin las pasiones”, propuso Hegel. En el mismo sentido, Paul Ricoeur creía que en la pasión late una intención trascendente y Adam Smith validó su impronta de fuerza motora al definir que los hechos históricos más relevantes sólo podían explicarse atendiendo a “los sentimientos y la agitación de la mente”.

 

José Antonio Marina abordó con precisión la esencia de la pasión. Al explorar en su Pequeño tratado de los grandes vicios las motivaciones humanas más oscuras, hurgó en los intrincados y oscuros caminos que conducen al hombre a la soberbia, la envidia, la avaricia, la ira, la lujuria, la gula o la pereza. Tras su profunda investigación sobre estas patologías o desviaciones a lo largo de la historia de la humanidad, concluyó que lo que separa a las virtudes de los vicios no es más que una cuestión de grado. Aquello que en cierto nivel es virtud, una vez cruzado cierto umbral se vuelve irremediablemente vicio. “Los rasgos que hacen atractiva la pasión son la intensidad y la energía. Los que la hacen peligrosa son esa misma energía, que resulta difícil de controlar, y su exclusividad obsesiva. Toda pasión es monotemática. (…)

 

Creo que la palabra pasión debe definirse como una conmoción afectiva vehemente, intensa, con gran capacidad movilizadora, que se adueña tiránicamente de la conciencia y que hace perder el control de la conducta. Incluye características buenas y malas, que hacen a la pasión a la vez atrayente y terrible. Las pasiones son poderosas impulsoras de las sociedades”, afirma Marina. Y pone el acento aquí en lo que entiendo resulta un punto nodal en la comprensión de la idiosincrasia argentina.

 

Si las pasiones son impulsoras de las sociedades, ¿qué es lo que está haciendo nuestra naturaleza extremadamente apasionada con nosotros? ¿Hasta dónde somos lo que somos gracias a ella? No seríamos los mismos si en lugar de abogar por la flexibilidad nos volviésemos rígidos, ni tampoco si trocáramos nuestra calidez y afectuosidad por una frialdad cerebral y distante. Limitaríamos nuestra imaginación y creatividad si nos aferráramos a repetir fórmulas de manera “razonable”, y nuestra vida se volvería mucho más tediosa, quizás insoportable, sin esa repentización capaz de convocar un asado entre amigos a media tarde para concretarlo esa misma noche. Brota aquí la otra pregunta que se cae de madura: ¿es nuestro extremo apasionamiento la causa mayor de nuestros males?

 

Lo que Marina nos enseña en su investigación y reflexión es que las pasiones bien conducidas, gestionadas, monitoreadas por nuestro yo racional, condicionadas por la moral y la ética, enmarcadas por reglas consensuadas y transparentes, pueden hacer de nosotros algo mejor. En cambio la pasión “descontrolada”, esa que se apodera de nosotros sin dejarnos espacio alguno para la reflexión consciente, sólo nos puede arrojar hacia abajo.

 

Nuestro extremo apasionamiento, en un punto, nos está jugando en contra. Por confiar demasiado en nuestra creatividad, nos da cierta pereza la constancia. Guiados por una saludable vocación de grandeza, tal vez perdemos de vista la necesidad de construir pilares que le den sustentabilidad de largo plazo a nuestras ambiciones. Contando con nuestra virtuosa capacidad de reacción, caemos en el vicio de la inconsistencia. Sabemos gozar, disfrutar, festejar. Pero esa virtud que eleva nuestro espíritu nos arroja violentamente contra el fondo cuando nos dejamos guiar por el exceso sin reparar en las consecuencias.

 

Nos cuesta demasiado encontrar el equilibrio, darnos el tiempo necesario para la reflexión, ejercitar la paciencia, creer en los procesos de mediano plazo. En definitiva, combinar nuestro natural apasionamiento con la dosis justa de razonamiento. Debemos aprovechar esa energía vital tan poderosa que tenemos, y que tantas veces nos levantó cuando muchos nos daban por caídos sin retorno, para conducirnos en un sentido que nos entusiasme y nos convoque por mucho tiempo, y no sólo por un rato. Tendemos como sociedad al predominio casi total de la emoción, a la ansiedad, al tránsito entre los extremos, sin reparar que la sabiduría de todas las culturas milenarias coincide en que ningún extremo es bueno. Todas abogan por encontrar “el justo medio”. ¿Será ese el tiempo por venir en la Argentina del futuro?