El ex líder de Los Piojos no se cansa de llenar estadios -agotó 5 Luna Park- en su nueva etapa como solista. Enigmático y reservado con la prensa, apenas concede un tour intimista por sus shows a nuestro experimentado cronista rockero. El resultado, en estas páginas.

Folk nacional y popular de base jauretcheana y banda sonora del rollinga argentino que no se olvida de la gesta de Malvinas en sus borracheras de Quilmes Cristal. Rock que suena a rock hecho por alguien que tiene la anatomía artística del que ha nacido en el pesebre iluminado de una banda de estadio, y que conoce lo que es cantarle a un River, a un Vélez. Palabras claves: murga, faso, fasolita. Otras palabras claves, la palabra Maradona. Son las diez de la noche de un martes víspera de feriado y este tercer Luna Park de Ciro y Los Persas también está completo.

 

El show arranca con Ciro bajando de un grotesco avión de la primera guerra mundial pero hecho con cartulinas. Igualmente, su público se lo perdona todo porque esto no es público, esto es feligresía. Tiene 44 años, es joven para haber alcanzado este grado de canonización popular.

 

Las chicas que esta noche le llenaron el Luna son ex piojas ex grupis ex fans que a los 20 lo seguían a todos lados subiéndose a lo bondis y escondiéndose el porro en la bombacha, pero que un día se pusieron grandes y ahora tienen un laburo en blanco, pagan alquiler, alguna ya se hizo madre; todas ellas son parte del entramado de tribu y carrocería simbólica que Ciro viene levantando desde que en el último respiro de los 80 armó Los Piojos, aquella gran banda de los barrios que se vino de El Palomar para hablarnos de la patria, esa rareza.

 

Durante más de 20 años, Los Piojos compusieron un entramado de connotaciones discursivas efectivo, potente y claro. El sonido stone en mixtura con la murga del Río de la Plata, más el lamento melanco suburbano de la armónica, el instrumento que Ciro recibió de regalo a los doce años, de parte de su padre. Y la dicción nacionalista del tipo que escribe, musicaliza y graba versos como estos: “Quisieron de este país, hacer la pequeña Europa/ gaucho, indio y negro a quemarropa fueron borrados de aquí./ Yo le pido a San Jauretche que venga la buena leche”.

 

O lo seguían las masas o no era, porque la declarativa de un artista como Andrés Ciro Martínez no es para La Trastienda. De hecho, basta con escuchar en vivo Pacífico, con ese tempo arremetedor, su fenomenal muro de sonido y la impronta sinfónica de un tipo que está pensando en que lo escuchen todos en todos lados todo el tiempo: lo que Ciro tiene para decir necesita de los grandes espacios.

 

Ciro ha sido también un constante observador social, uno de esos artistas que escucharon mucho Lou Reed y Bob Dylan pero que un día caen en una fiesta electrónica y salen de ahí escribiendo rimas en las servilletas porque no la pueden creer: un impactado. “Como Alí”, la tesis que Los Piojos presentaron sobre el mundo de las fiestas electrónicas y sus drogas, es una de las grandes canciones en el arranque del rock argentino siglo XXI. El tipo que escribe “tengo los dedos supersensitivos/ tengo los ojos de Darín” es un tipo que está haciendo literatura.

 

La patria minitah, con cierta impostura de arrabal rockero y mucha fe en la remera que se pone, también le dio un territorio original al tipo que ahora está ahí parado sobre el escenario presentando 27, su segundo disco solista desde mediados de 2009, cuando Los Piojos anunciaron el final. Y para darle una línea a lo que siempre ha sido (a lo que siempre ha cantado), Ciro anuncia su canción homenaje a los héroes de Malvinas que se llama exactamente así, “Héroes de Malvinas”, y que le da pie para invitar al escenario a un grupo de ex combatientes, algunos con sus viejos uniformes, otros de perfecto civil, mientras es desplegada una bandera que va de un extremo al otro y en cuyo centro está el número 649, la cantidad de soldados argentinos caídos en combate.

 

Todo es muy incómodo, por lo obvio, por lo esperable, aunque tal vez sea necesario. Sería más tolerable si la gente no cantar a que el que no salta es un inglés. 

 

Iba a ser aviador, Ciro, como tantos jóvenes de Ciudad Jardín, pero un daltonismo leve lo sacó de ese destino seguro y se tuvo que inventar otro. Ese invento lo tiene ahora recorriendo el país, rotando sus ampulosas canciones de guerra o esas otras baladitas para chicas lindas y solas y descorazonadas: el clip de “Mírenla”, el primer corte de este último disco, la tiene a Isabel Macedo haciendo de Isabel Macedo y a Ciro en trance de ser natacósmica, por ejemplo. Sólo una vez quedó envuelto en las redes del escándalo más mediático, cuando un culebrón dejó a Ciro, a la actriz Julieta Cardinali y a Andrés Calamaro envueltos en la misma zona de conflicto. El relato monocorde de que Julieta dejó a un Andrés por otro se fue instalando y cuando Ciro teloneó a Paul McCartney en 2010, Calamaro salió con eso de que el telonero argentino es alguien que resigna derechos de autor para figurar. Dos heridos de la misma ninfa que todavía se deben una cerveza.

 

“Suavemente la hoja tiresé”, dice el lomo de las seditas Ombú con las que la muchachada arma sus porros bienaventurados desde que la marihuana era una droga que te llevaba a otras más peligrosas hasta hoy, que la marihuana no le mete miedo a nadie. Otra línea hacia las profundidades de su historia coloca a Ciro en el comienzo de esa discusión, no como panelista frente a cámara (siempre se cuidó de la estelaridad frente a la prensa), si no como autor de “Verano del  92”, más conocida como  “Fasolita querido”, el track que cierra 3er arco, tercer disco de estudio de Los Piojos, año 96, y que dice, sencillito: “Voy a quema r la piedra de tu locura/así no hay amargura y se va el dolor”.

 

 

No siempre la discusión la instala el que quiere instalarla, ni el que se peina y se maqui lla par a sentarse a las mesas de los programas. A veces la discusión la abre, la cierra o simplemente la estimula el artista que se hace cargo del tema y lo multiplica bajo la forma de su canción. “Suavemente la hoja tiresé”, cierra el coro que Ciro escribió y que todos cantamos, seguimos cantando. Falta, esta noche, una versión de aquel himno.

 

 

El final del show no es el final de cualquier show. Ci ro, antes que nada, va a dar aviso de su larga carrera de bises: no lo van a sacar de ahí arriba tan fácilmente. Después pide, enérgico, autoritario: “Luces. Banderas”.

 

 

LUCES. BANDERAS.

 

 

El Luna Park se ilumina de blanco y los que llevaron trapo lo levantan, se identifican, son Florencio Varela, San Cristóbal y las chicas de Hurlingham. Caraza, Villa Lynch y Lomas. Cañuelas. Devoto. Y el resto del mundo de los barrios que pide ser nombrado y normado, y que Ciro hace aparecer como si tomara lista, como si pasara el presente frente al pelotón que agita desde el campo. Cuando todo está listo para el saludo final, cuando todo indica que esto terminó, Ciro se vuelve a colgar la guitarra y sus músicos regresan desde las profundidades de los camarines y todo comienza por última vez una vez más. Hay algo en Ciro que se parece a una resistencia: este chico no se quiere ir. Incluso cuando se abren las puertas. Incluso cuando hay gente en la calle, ya saliendo, preguntándose qué te deja en Caballito, en Catán, Ciro sigue ahí, ahora solo con su armónica, único en su altar, con los más fieles aún adorándolo y cantándole las estrofas que Ciro se pone a tocar: Oíd mortales el grito sagrado libertad, libertad, libertad. Cuando Ciro se despide, el himno nacional queda resonando en el aire del Luna. El que se fue ahora, se lo llevó en el tarareo de la noche.

 

 

 

Tiene 44 años. Es joven para haber alcanzado este grado de canonización popular.