LA PASIÓN NO PUEDE DURAR…

A diferencia de la acción, aseguran los filósofos, la pasión no depende de la voluntad ni de la libre elección del individuo, por lo que queda de entrada y  sin duda al margen de la consideración racional. La pasión es una afección  que experimenta el individuo y de la que no puede sustraerse fácilmente.

Podemos definirla como un estado afectivo que experimentamos de forma intensa, que no ha sido elegido por nosotros, y que se asocia siempre a la  sensación de estar sometido a un influjo que nos domina. La oposición entre  las pasiones y la razón es un lugar común en la tradición filosófica, y aquí  está la base para la recreación de tanto drama que hizo grande a la cultura  occidental desde el principio de los siglos.

“La pasión (del latín pasio-onis) es la acción de padecer”, dice sin dudar en  su columna Malele Penchansky. “Por algo la cultura occidental y cristiana  levanta como paradigma mayúsculo lo que conocemos como La Pasión de Jesucristo. Hablamos de un estado de sufrimiento atroz que atraviesa un sujeto; en el caso bíblico, Jesús, convertido en doliente pasivo hasta su muerte  en la cruz, en nombre del amor.”

“Una cultura fuertemente apasionada es per se una cultura volátil”, agrega  nuestro especialista en marketing, Guillermo Oliveto. “Que se deja llevar más  por los impulsos del corazón que por la frialdad cerebral de la razón. Kant,  uno de los padres del racionalismo y por ende del pensamiento occidental  moderno, consideraba a la pasión directamente como locura, porque tiene  la capacidad de dominarnos por completo, de abducirnos, de alejarnos definitivamente de la razón.” Sin embargo, no hay que olvidar, otros vieron en la  pasión una fuerza poderosamente positiva: “Jamás se hizo ni puede hacerse  nada grande sin las pasiones”, propuso Hegel.

Esta edición de El Planeta Urbano está dedicada a esa gente que hace de  la pasión su sello, tan personal que la hace distinta a todos. Son esos que  pueden padecer con un estoicismo supremo, sin chistar. Joaquín Sabina lo había intentado explicar con sus términos tan saturados  de sentido común, a su manera: “Cuando le dije que la pasión como definición no puede durar, cómo iba yo a saber que ella se iba a echar a llorar”.

Y completa sus versos con lo que es casi una declaración jurada: “No seas  absurdo, me regañó, esa explicación nadie te la pidió así que guárdatela, me  pone enferma tanta sinceridad”. Sí, demasiado sentido común: nada más que una verdad puede matar una  pasión. Cosas que pasan. Por suerte. Y que nunca nos falte.

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