Aunque el cuerpo desnudo es moneda corriente en los medios masivos, el arte erótico no perdió vigencia sino que se intensificó. Pinturas, esculturas y videoarte erótico tienen su espacio privilegiado en las bienales y se abrieron museos del género en Venecia, Miami y Nueva York.

La cabeza se inclina hacia atrás y hacia el hombro izquierdo, que se encoje. El brazo, algo contraído, intenta sostener el cuerpo. El esfuerzo parece vano. La pierna izquierda ya ha cedido a la gravedad. A juzgar por el rostro, la boca entreabierta, los ojos cerrados, la conciencia se ha ido.

 

 

Casi podría decirse que se escucha un gemido. Ella explicará “(…) Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite ni se contente el alma con menos que Dios”. Ella, Santa Teresa de Jesús, pasaba a ser así, y sin quererlo, protagonista de una de las principales representaciones del arte erótico de todos los tiempos.

 

 

El Éxtasis de Santa Teresa, escultura que el barroco Gian Lorenzo Bernini realizó basándose en el Libro de la vida escrito por la santa, reflejada la pasión en sus dos acepciones: padecimiento y afición vehemente. Significados estos que transitaron toda la historia del arte, desde un primerísimo momento en la antigüedad y hasta nuestros días. Un rápido repaso nos traslada al mundo dionisíaco de las cerámicas griegas, a la Villa de los Misterios en Pompeya, al Shunga japonés, a las representaciones del mundo antediluviano del Bosco o al Infierno medieval. Y, ya en la modernidad, a las obras de Tiziano, Tintoretto, a la Escuela de Fontainebleau, a Boucher y Fragonard en el Rococó, a Goya y su maja, a Manet y su Olimpia, al origen del mundo de Courbet, o a los explícitos grabados de Achille Devéria, para así llegar al siglo XX y recordar las fotografías de Mapplethorpe, las películas de Warhol, las inquietantes fotografías coloreadas de Jan Saudek o la elocuente serie “Made in Heaven” de Jeff Koons, donde despliega posiciones con su –por aquel entonces– mujer Ilona Staller, la Cicciolina.

 

 

¿Cuál es, entonces, el lugar que el arte erótico ocupa en la actualidad, en tiempos en los que un cuerpo desnudo es moneda corriente en los medios masivos? Todo parece indicar que no sólo no ha desaparecido, sino que se ha intensificado: pinturas, esculturas y videoarte erótico tienen su espacio privilegiado en ferias de arte y bienales, y en los últimos años se han abierto museos contemporáneos de este género en Venecia, Miami y Nueva York, al margen de que galerías e instituciones tradicionales ceden su espacio a muestras temporarias con el objetivo de sacudir un poco el morbo a los espectadores.

 

 

Para la investigadora Cynthia D’Amore, autora de Entre Caníbales, un proyecto curatorial que indaga lo erótico en lo visual, la escritura, la música y el cine, muchos de los artistas contemporáneos “tienen pequeñas series en las que exploran la temática erótica. Algunos, como Irana Douer, utilizan el fanzine –pequeña revista de bajo costo– como un medio de distribución, y más tarde concretan exhibiciones individuales (Culpa, de Douer, inauguró en Moebius, en 2012).” Para D’Amore la gran mayoría se acerca al erotismo en forma tímida, son pocos los artistas que están trabajando la temática en forma integral, tal es el caso del japonés Nobuyoshi Araki con sus fotografías bondages o de la alemana Ellen von Unwerth, otrora modelo, mundo del que extrae material para su trabajo fotográfico de mujeres entre pin ups, esclavas, sadomasoquistas o prostitutas. Más audaces aún son los que encaran lo erótico como un proyecto más integral: en Buenos Aires, la artista Daniela Luna, supo abrir paralelamente a la galería Appetite, un espacio específico del tema llamado Tanto deseo.

 

 

El foco de las obras está puesto principalmente en la mujer, siguiendo la tradición de artistas como Richard Kern. Un ejemplo es la muestra Bauiernoss, del argentino Anatole Bauiernoss (que se está llevando a cabo en Carmen Sandiego Galería) donde una sugerente fémina es sorprendida en su intimidad en muy diferentes situaciones. El espectador es aquí un voyeur que, llevado por la música y algunos textos escritos por el propio artista, es invitado a espiar un bello cuerpo en toda su plenitud o fragmentado –como lo hace también el marplatense Yamandú Rodríguez–, fetichizando determinadas partes de su anatomía. Aquellos que trabajan la figura masculina lo hacen, por lo general, haciendo cierto hincapié en su miembro viril, por lo que se destacan los artistas que se detienen en pequeñas porciones del cuerpo no tan tenidas en cuenta. Otro lugar ocupan las relaciones de pareja, donde se busca más sugerir que explicitar.

 

 

 

Las nuevas tecnologías, por su parte, han facilitado considerablemente la difusión de estas obras, muchas de las cuales llegan a conocimiento del público primero a través de redes sociales o de revistas online. Uno de los ejemplos más claros es la revista Colada, editada por la fotógrafa argentina Lulu Jankilevich, donde el placer se “lee” en sus múltiples formatos artísticos: poesía, dibujo, pintura, fotografía, video. Blogs y páginas similares, con advertencia pero sin censura, acercan a un público ávido, un arte que no sólo sorprende, sino que también desbanaliza nuestra sexualidad.

 

 

 

 

En blanco y negro y la mujer del inodoro, de Anatole Bauiernoss. Abajo, en color, Jeff Koons.